Recibimos el siguiente escrito de Francisco Javier Rodríguez Vadillo, expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos, A.C.:
ME LO CANTÓ RENI, EL TOH AZUL
Cuando hasta los inconformes quieren que Cecilia gane.
Después de publicar “La Rosa de Guadalupe, pero azul”, ocurrió algo muy peninsular: uno mueve tantito el avispero político y empiezan a cantar los pájaros.
Me cantó uno. Y no cualquiera.
Un toh de altos vuelos, azul turquesa, cola de péndulo e inconforme como Angry Bird. Para proteger el ecosistema político lo llamaré Reni.
No llegó con canciones de cuna. Llegó con tumbado, casi con trombón. Cantó fuerte: suficiente para despertar a una familia política que parece dormir con el aire acondicionado en dieciocho grados.
Traducido al castellano político, el mensaje fue sencillo: Aquí no se trata de destruir al PAN. Se trata de sacudirlo para que despierte.
Desde la banqueta podríamos pensar que vemos otra temporada de grupos enfrentados y personajes preguntando por “lo suyo” antes de imprimir las boletas de 2027. Pero Reni cantó otra cosa.
Quiere que al PAN le vaya bien. Quiere que Cecilia gane. Porque una cosa es dinamitar una candidatura y otra levantar la voz porque quien puede encabezar un proyecto necesita llegar fuerte, libre y sin compromisos amarrados a los tobillos.
El toh fue claro: Cecilia necesita ejercer liderazgo propio.
En buen yucateco: que no le estén agarrando la mano cuando quiera firmar.
Un liderazgo condicionado puede convertirse en administración de equilibrios ajenos. Y los ciudadanos no votamos usufructos. Votamos personas. Votamos líderes.
Reni dejó caer otra semilla: quien protesta debe hacerlo sin pedir nada para sí. Según entendí, estaría dispuesto a apartarse de cualquier posibilidad personal antes que su postura parezca berrinche por una candidatura.
Alguien critica y preguntan:
—¿Qué quería?
Si protesta:
—¿Qué no le dieron?
Y si renuncia a pedir algo, comienza el problema: hay que contestarle los argumentos.
No conozco las alcobas panistas ni deseo llevar su contabilidad sentimental. Bastante trabajo da la casa propia como para averiguar quién dejó de invitar a quién a comer panuchos.
Pero desde la banqueta se entiende algo: unidad no significa subordinación.
Un partido donde todos piensan igual puede parecer disciplinado hasta que descubrimos que solamente uno piensa y los demás levantan la mano.
Eso no es unidad. Es coreografía.
Y de coreografías políticas, hasta desde Palacio Nacional podrían venir a impartir clases.
El PAN perdió Yucatán en 2024 y conservó Mérida. Ese dato debería estar pegado con cinta canela en cada oficina partidista.
Porque mientras unos discuten quién controla cada pedacito del tablero, Morena, PRI, Verde —o cualquier adversario— no necesitan hacer demasiado.
Les basta pedir un pichel de jamaica con chaya fresca, buscar sombra bajo un chaká —cuidando que no sea chechén— y contemplar cómo los vecinos acomodan solitos pleitos, agravios y uno que otro misil verbal.
Por eso me llamó la atención la insistencia de aquel toh azul y enojado:
Cecilia debe ganar.
No porque alguien tenga derecho divino a ganar elecciones, sino porque Cecilia representa hoy un activo electoral evidente del PAN en Yucatán.
Precisamente por eso debería crecer hacia la ciudadanía y no quedar reducida a administrar facturas, compromisos o equilibrios internos.
Si el PAN pretende recuperar terreno, necesita abrir ventanas: que entre aire, que entren ciudadanos y que aparezcan personas capaces que no necesiten veinte años cargando portafolios detrás de algún dirigente para merecer una oportunidad.
La lealtad puede ser virtud. La obediencia automática, difícilmente.
Como arquitecto aprendí que una estructura con fisuras no necesariamente debe demolerse. Primero se revisa qué sirve, qué debe reforzarse y qué elemento soporta cargas que ya no le corresponden.
No hay que derribar la casa de los Pitufos. Pero tampoco basta pintarla de azul cada tres años y anunciar que quedó chulísima.
Y aquí aparece la paradoja: según el canto que llegó hasta mi ventana, uno de los pájaros que más ruido hace dentro de esa casa no quiere verla caer.
Quiere que gane quien hoy puede mantenerla en pie.
Sólo pide que pueda abrir la puerta sin solicitar permiso al cuarto de al lado.
Eso, al menos, me lo cantó Reni, el toh azul: peculiar en el canto, espectacular en el plumaje y con esa cola de péndulo que, por más que vaya de un lado al otro, siempre busca equilibrio.
Le agradezco a esa avecilla la amabilidad de compartir conmigo, generosamente y sin estridencias, su visión de la política. Uno no está en las ramas donde se toman las decisiones; apenas mira desde abajo y trata de entender el bosque entre tanto plumaje.
Yo soy apenas un simple mortal, espectador de esta fauna política, que escucha pájaros, observa políticos y conserva una costumbre ciudadana cada vez más incómoda: votar pensando.
