Columna 7 Por Franklin Recio (*)
En 1779, un movimiento arrancó en las fábricas textiles en Inglaterra. Los trabajadores de los telares se sintieron amenazados por la popularidad de los telares automáticos. Las hordas de luditas —como se llamaron en esa época— empezaron a quemar y destruir los molinos y telares, así como otros equipos industriales por todo el país hasta que fueron controladas por el ejército y se sentaron a la mesa de negociaciones. Las razones que aludían eran que los telares automáticos estaban quitándoles el empleo.
El día 1 de Mayo pasado se hicieron señalamientos respecto a que los robots y otras formas de automatización van a tomar los trabajos de los humanos, dejando a estos últimos en la calle. Este tipo de discurso es común desde hace muchos años y tiene un nombre, “la falacia de los Luditas”, el cual alude a que una innovación tecnológica introduce una reducción en la demanda de trabajo en un sector, el cual hará que bajen los salarios en general hasta el punto en que nadie quiera trabajar. Sin embargo, es una falacia, porque solo se ve un lado del argumento —la perdida virtual de trabajos—, sin apreciar la evidencia acerca de las ventajas para la economía en su conjunto en la mejora en eficiencia y productividad.
Un problema tiene que ver con el nivel de habilidades del trabajador. Por ejemplo, un impacto de introducir robots industriales es el aumento de los sueldos de aquellos trabajadores con habilidades más altas. Otro efecto es que la introducción de una innovación en los factores de producción termina por mejorar el nivel de empleo general. Recientemente, en los EE.UU., por ejemplo, se ha mostrado empíricamente que las innovaciones de las empresas manufactureras han tenido efecto positivo en el número total de empleos, a pesar de que trabajos específicos como poner tornillos en un automóvil son cada vez menos.
Como respuesta, podría tomarse el camino de detener o incluso prevenir las innovaciones por ley. Incluso un cambio ligero en las políticas de estímulo a las innovaciones parece tener efectos catastróficos en el nivel de desarrollo, como lo comprobaron los seguidores de Mao en la China comunista. Una segunda opción es trabajar menos horas por semana o menos días, con lo que las empresas tendrían que ampliar la base de trabajadores para cubrir la producción, traduciéndose en una compensación del nivel general de empleo. Y una tercera opción llama a educar y capacitar a los trabajadores para mejorar su nivel de habilidades.
Un factor fundamental de ciertos trabajos sigue siendo la creatividad, la innovación y la capacidad de organización de la gente, que son características que las máquinas difícilmente podrán competir. Invertir en la gente , así como en I+D e innovación, seguirá siendo la solución más completa en el largo plazo.— Mérida
Candidato a Doctor en Análisis Estratégico y Desarrollo Sustentable por la Anáhuac Mayab.
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