REYNOSA, Tamaulipas (AP).— Decenas de migrantes hacen dos largas filas para recibir las bendiciones de unos sacerdotes católicos visitantes que oficiaron una misa en el refugio Casa del Migrante de esta ciudad.
Una vez concluidos los servicios religiosos, varios se amontonan nuevamente alrededor de los tres jesuitas, preguntándoles sobre los próximos cambios en la política de Estados Unidos que pondrían fin a las restricciones de asilo de la era de la pandemia.
Se espera que eso resulte en que aún más personas intenten cruzar la frontera con Estados Unidos, lo que se suma a unas cifras de detención de migrantes ya inusualmente altas.
“Todos ustedes van a poder cruzar en algún momento”, asegura el padre Brian Strassburger a los casi 100 asistentes a la misa. “Nuestra esperanza es que con este cambio va a ser menos tiempo. Mi consejo es, tengan paciencia”, agrega el cura en español, mientras un migrante haitiano traduce a lengua criolla (creole).
Cada vez es más difícil transmitir ese mensaje de esperanza y paciencia, no solo para Strassburger, sino también para las monjas católicas que administran este refugio y los líderes de numerosas organizaciones religiosas que desde hace mucho tiempo han asumido la mayor parte del cuidado de decenas de miles de migrantes en ambos lados de la frontera.
Los migrantes que están en este refugio, en su mayoría de Haití, pero también de Centroamérica y América del Sur —y, más recientemente, de Rusia— desconfían profundamente de los rumores agitados sobre la nueva política. Un juez ordenó que la restricción conocida como Título 42, que sólo afecta a ciertas nacionalidades, finalice el miércoles. Pero la restricción de asilo, que se suponía que se levantaría en mayo, aún está en litigio.
Los líderes religiosos que trabajan en la frontera son cautelosos con lo que está por venir. Esperan que las tensiones sigan aumentando si se imponen nuevas restricciones. Y si no, tendrán dificultades para albergar a un número cada vez mayor de recién llegados en albergues que ya saturados y reubicarlos rápidamente en un entorno político volátil.
“La gente está llegando porque le falta poco a que se vaya a abrir el puente. Pero no creo que Estados Unidos va a decir, ‘OK, todos!’”, afirma el pastor evangélico Héctor Silva, quien tiene 4,200 migrantes abarrotados en sus dos refugios en Reynosa, y aún más abarrotados frente a sus puertas.
Las embarazadas tienen las mejores oportunidades de ingresar legalmente a Estados Unidos para solicitar asilo y hay un número asombroso de ellas en refugios.
Les toma hasta tres semanas, bajo libertad condicional humanitaria. Las familias esperan hasta ocho semanas y los adultos solteros pueden tardar tres meses, explica Strassburger en la Casa del Migrante, a donde viaja desde su parroquia de Texas para celebrar misa dos veces por semana.
La semana pasada el centro albergó a casi 300 personas, en su mayoría mujeres y niños, en literas apretadas con colchonetas entre ellas.
Los hombres esperan en las calles, expuestos a la violencia de los cárteles, afirma la hermana María Tello, una monja de las Hermanas de la Misericordia y quien dirige la Casa del Migrante.
“Nuestro desafío es poder servirles a todos los que llegan, que encuentren un lugar digno de ellos”, dice.
