Semana Santa o Semana Mayor, donde una vez más la comunidad católica ha asistido a los servicios religiosos preparados para recordar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

La Cuaresma, que se inicia con el Miércoles de Ceniza después de haber concluido en algunas ciudades de nuestro México las fiestas de carnaval. Festejos que forman parte de nuestras tradiciones donde la música y el colorido recorren las calles de diversas ciudades.

Del bullicio y algarabía de las festividades de carnestolendas, donde se pone de manifiesto la creatividad en la elaboración de carros alegóricos, o bien la participación de grupos de personas que forman una comparsa, se iniciaba otra etapa dedicada a recordar, a revivir pasajes de la vida de Jesús hasta llegar a la Semana Mayor, que nos transporta a recordar la Pasión de Cristo, todo lo que el Hijo de Dios vivió para redimir a la humanidad de sus pecados.

Pecados que otros cometieron, pero que un hombre justo y bueno, fue capaz de cargar con ellos por amor.

Maravilloso es recordar una época cada vez más lejana, pero que vive en nuestra memoria. Una etapa, la de nuestra niñez, donde se anidan los recuerdos más bellos de nuestra historia personal.

Recuerdos imborrables que pertenecen a un pasado y sin embargo, se han quedado no solo en la mente sino en el corazón. Y la Semana Santa es uno de esos bellos recuerdos.

Solía acompañar a mis adorables abuelas a los servicios religiosos. Llamaba mi atención observar las figuras cubiertas con lienzos de color morado durante el tiempo de Cuaresma. Era una señal de respeto, de duelo, según escuchaba decir.

Aunque por mi corta edad no alcanzaba a comprender muchas cosas, recuerdo muy bien el fervor que se sentía en las iglesias, así como el dolor al recordar la Pasión de Nuestro Señor.

No era el asistir a la iglesia por costumbre, sino por la devoción que cada persona sentía.

Con el tiempo comprendí que la fe se vive diariamente, no solo en un día determinado. Que la fe no es una moda, es algo muy personal que nace en nuestro interior y permanece en nuestro corazón. Nuestra fe nos acompañará hasta el último aliento de nuestra existencia.

Recuerdo muy bien las palabras de un sacerdote español, nuestro confesor en el colegio “si un día no saben cómo orar, recen el Padre Nuestro”.

En esa oración encontrarán todo lo que necesitan. No hay duda de que, lo que aprendimos de niños, nos acompañará siempre.

Por ejemplo, al salir de casa mamá nos encomendaba a Dios. El “Dios te bendiga” o “Dios te acompañe” no faltaba nunca. Como tampoco faltaba en no pocos hogares, la bella imagen del Ángel de la Guarda con la oración que repetíamos al disponernos a dormir.

Hoy, ya mayores, seguimos con el hermoso legado que nos dejó nuestra madre y abuelas. Hoy nos toca bendecir a nuestro esposo, hijos, y nietos. Porque como ayer y quizás hoy más que nunca, necesitamos todos de aferrarnos a nuestra fe.

¿Dónde está Dios? Hay quien se atreve a cuestionar cuando algo no anda bien en su vida. Quizás imaginan o comparan a un dios con una varita que se agita y resuelve problemas.

No se dan cuenta que Dios siempre está ahí, y en cualquier circunstancia. Que somos los seres humanos —convertidos en inhumanos por las atrocidades que se cometen en contra de hermanos— los que estamos haciendo más difícil la convivencia.

Hoy, el mundo se está enfrentando a momentos difíciles por culpa de la ambición por el poder, el odio que se siembra en los corazones, el desprecio a la vida humana que está dejando destrucción y muerte.

No hay respeto a nada ni a nadie. Como tampoco hay temor a Dios.

Hace poco más de dos mil años un hombre bueno llamado Jesús, fue traicionado y dio su vida por nosotros. ¿Cuántos “judas” existen hoy? Sin duda muchos y están en cualquier parte.

Los peores, sin duda los que se dan “golpes de pecho” (se escudan en la religión) se victimizan ante los demás y traicionan escudándose en la mentira, la envidia y en su mediocridad.

Periodista

Con el tiempo comprendí que la fe se vive diariamente (…) nos acompañará hasta el último aliento de nuestra existencia.

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