ROMA (EFE).— El papa Francisco emprendió ayer, tras encontrarse con varias familias de refugiados ucranianos, su visita de dos días a Malta, donde tiene previsto acudir a la gruta donde la tradición católica indica que naufragó san Pablo, además de visitar un centro de migrantes pues el tema de la acogida estará muy presente.

 

En su discurso en el Palacio del Gran Maestre, sede de la presidencia, Francisco recordó a uno de los padres de la Constitución italiana y alcalde de Florencia, Giorgio La Pira, que se refirió hace sesenta años a la responsabilidad del área del Mediterráneo en el entonces “choque de intereses e ideologías” que sacudían a la Humanidad debido a un “increíble infantilismo”.

“Lamentablemente no ha desaparecido” y “vuelve a aparecer prepotentemente en las seducciones de la autocracia, en los nuevos imperialismos, en la agresividad generalizada en la incapacidad de tender puentes y de comenzar por los más pobres”.

 

También alertó del riesgo de que el conflicto en Ucrania se convierta “en una guerra fría ampliada que sofoque la vida de pueblos y generaciones enteras”.

También criticó que esta guerra “ha sido alimentada desde hace tiempo”, “se fue preparando desde hace mucho tiempo con grandes inversiones y comercio de armas”.

 

“El entusiasmo por la paz, que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, se debilitó en los últimos decenios, lo mismo que el camino de la comunidad internacional, con pocos poderosos que siguen adelante por cuenta propia, buscando espacios y zonas de influencia”, lamentó.

Y aconsejó volver a organizar “conferencias internacionales por la paz, donde el tema central sea el desarme, con la mirada dirigida a las generaciones que vendrán”.

 

Desde el corazón del Mediterráneo, Francisco quiso abordar uno de los temas que le empujaron a visitar esta isla: los flujos migratorios desde África en un país con mano dura contra la migración y que no acoge a los migrantes rescatados por los barcos de las ONG.

Recordó que, según la etimología fenicia, Malta significa “puerto seguro”, pero que “ante la creciente afluencia de los últimos años, los temores y las inseguridades han provocado desánimo y frustración” en este país.

En estos momentos, un barco de la ONG alemana Sea-Eye con 106 migrantes rescatados a bordo ha denunciado que sigue sin respuesta de las autoridades maltesas para poder conducirlos a un puerto seguro.

El Papa destacó que “el fenómeno migratorio no es una circunstancia del momento” por lo que exige “respuestas amplias y compartidas” y no pueden cargar con el problema “sólo algunos países, mientras otros permanecen indiferentes” y puso el ejemplo de los refugiados que están llegando desde Ucrania tras la invasión de Rusia.

Pero además criticó “que países civilizados puedan sancionar por interés propio acuerdos turbios con delincuentes que esclavizan a las personas” en una alusión a los pactos con Libia por parte de países como Malta e Italia, que permiten las devoluciones de los migrantes a ese país.

“El Mediterráneo necesita la corresponsabilidad europea, para convertirse nuevamente en escenario de solidaridad y no ser la avanzada de un trágico naufragio de civilizaciones”, aseveró Francisco, que mañana concluirá este viaje visitando un centro de migrantes.

Malta es el país 56 visitado por Francisco en un viaje que se tenía que haber realizado en 2020, pero que se aplazó por la pandemia, y es el tercer pontífice que lo hace, tras Juan Pablo II en 1990 y 2001, y Benedicto XVI en 2010.

 

 

Antes de desplazarse al aeropuerto, el Papa se reunió en su residencia de Santa Marta, en Roma, con tres familias de refugiados de Ucrania, procedentes de Leópolis, Ternopil y Kiev y acogidas por la Comunidad de San Egidio, entre las que había nueve menores, uno de ellos sometido recientemente a una operación cardiológica.

El Pontífice partió hacia Malta en un avión de la nueva compañía de bandera italiana Ita Airways, tras la desaparición de Alitalia, y aterrizó a las 10 horas (9:00 GMT) en el aeropuerto internacional de la esta isla europea.

 

En el viaje en el avión, Francisco dijo que tanto el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, como el alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, le pidieron que viaje a la capital para dar un mensaje de esperanza y él no cierra la puerta a esa visita, aún con todas las dificultades que eso supondría: “Sí, está sobre la mesa”, agregó.

Tampoco descartó el pasado viernes ante el presidente polaco, Andrzej Duda, que visite la frontera donde llegan los millones de ucranianos que huyen de la guerra provocada por la invasión rusa.

Como era de esperar, la guerra se coló de lleno en este viaje del Papa.

En su primer discurso dirigido a las autoridades a la llegada a la isla europea, Francisco constató: “Pensábamos que las invasiones de otros países, los brutales combates en las calles y las amenazas atómicas fueran oscuros recuerdos de un pasado lejano”.

Francisco, que en sus llamamientos no ha citado a Rusia ni a su presidente, Vladimir Putin, según los analistas para no condenar directamente al agresor y mantener una posición que permita abrir una negociación o mediación, ayer, aunque sin mencionarlo, habló de “algún poderoso, tristemente encerrado en las anacrónicas pretensiones de intereses nacionalistas, que causa y fomenta conflictos”.

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