“El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa es el control sobre uno mismo” —Evagrius Ponticus

La Soberbia, la Avaricia y la Gula, tres de los siete pecados capitales, aplicados a las distintas áreas de la vida diaria que abarcan lo político, lo social, lo personal, lo moral, me parecen fascinantes.

Su análisis integrado a la historia de la humanidad, revela una profundidad insospechada que no se nota a primera vista, pues suele encasillarse al entorno religioso. Así ha sido durante el correr de los siglos.

Como humanos que somos, siempre hemos necesitado respuestas. Y en lo que a la fe se refiere, simplemente crees o no crees.

Pero analizando estos pecados tan llevados y traídos en todos los sentidos y por toda todo tipo de creyentes, con diferentes acepciones y significados, la verdad profunda de los mismos, es que son la única forma de contención social posible para la convivencia de los seres humanos.

Solo que habría que entenderlos con observancia menos critica y mirada mas humana y aceptante. Y sobre todo, con menos religiosidad empapada de escrúpulos.

La psicología puede relacionar los siete pecados con distintas conductas anómalas y/o enfermizas. Teníamos que entender desde el origen que no podíamos hacer lo que se nos viniera en gana sin consecuencias.

“Servían, en definitiva, para fomentar la auto-conciencia y el auto-control”. Y se enfocan totalmente en las ofensas a Dios y a uno mismo, sin embargo su alcance es universal y único. Por eso su estudio me encanta y me parece tan profundo y atrayente.

Son el cimiento firme de la convivencia social pacífica y productiva de la humanidad. No los pecados en sí, sino sus virtudes opuestas. Se les llama capitales porque producen descontrol y sobre todo, porque uno arrastra al otro.

La clase política mexicana navega en un mar de corrupción incuantificable. Ciertamente que esta desviación humana se ha extendido por el orbe entero, y sus tentáculos alcanzan las cimas mas altas de la política, la religión, lo personal y humano, lo famoso e intachable. Es como una epidemia a nivel mundial donde muy escasos países escapan a sus trágicos y nocivos efectos.

Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula envidia y pereza. Son 7. Son pecados. Son capitales. Y no es lo mismo cometerlos a nivel personal que a nivel político. Llevan una doble carga de “Crimen y Castigo”. Dostoyevsky nos comprendería a la perfección.

Entiendo la avaricia, como el cimiento de tanta criminalidad que quiere abarcar y acumular más de lo que se necesita. Es la locura por el dinero y todo lo material que éste proporciona: poder, y más poder, placer y más placer, tener, y más tener. Pero el exceso es tal, que colinda y se confunde con el pecado de la gula por insaciable.

Son siameses… no los puedes separar, moriría una sin la otra. El latrocinio es tan enorme, que permite al que lo comete, vivir sin pensar en trabajar jamás, no solo a él, sino a sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos… y choznos.

Amnesia garrafal, confusión criminal e imperdonable. Los recursos públicos son para bien usarse, para invertirse en obras y acciones de calidad, para engrandecer a nuestra patria y mejorarla, no para incrementar el propio y mal habido peculio.

Ahora, que si hablamos en profundidad, la soberbia es la reina en esta triada de avaricia y gula. De hecho ha sido considerada como la principal fuente de la que derivan los otros cuatro pecados capitales.

Su característica principal es el “deseo por ser más importante o atractivo que los demás, un egoísmo peligrosamente corrupto, anteponiendo los propios deseos, impulsos, anhelos y caprichos al bienestar de otras personas”.

El dinero, el presupuesto, las partidas secretas, los bonos, el erario en general, son convertidos en “La Cueva de Alí Baba y los 40 Ladrones”. La soberbia esta muy relacionada con la ahora tan publicitada personalidad narcisista.

Estos se creen mejores que las demás personas y muy por encima de ellas en todos los sentidos. Su visión de ellos mismos está alterada por un sentimiento de grandiosidad, y de ser poseedores de virtudes especiales que los convierten en lideres magistrales o reyezuelos soberbios y exigentes.

¿No es acaso lo que comprobamos sexenio tras sexenio en la conducta y actividades de los personajes, y funcionarejos que manejan cualquier cantidad de dinero presupuestal para su interés y propia conveniencia?

¿Puede alguien acusarme de mentir en este aspecto de la vida política y gubernamental a todos los niveles de este México doliente, profanado, necesitado, urgido de justicia y legalidad? Pruebas y datos duros de que hacen lo contrario sería la exigencia para poder retirar lo dicho, puesto que sin ellos, nada será inexpugnable.

Sería lo único creíble y convincente. Pero no existen. Todas las huellas del delito, están perversamente desaparecidas y entrañadas en un imposible laberinto de complicidades perfectamente desvanecidas, toleradas y encubiertas. Para nuestra desgracia. Ya nos acostumbramos al nefasto “sí roban, pero cuando menos hacen algo”.

Me parece que les resulta imposible, debido a una miopía moral, entender que por ellos mismos no tiene nada. Lo que es de Mexico nos pertenece a los mexicanos, no a sus favoritos, no a ellos mismos, no a su acendrado e inveterado nepotismo.

El poder llega. El poder se va. El mando llega. El mando se va. México no tiene dueños. México no es propiedad privada y mucho menos mal habida de absolutamente nadie, mas que de sus hijos por nacionalidad y patriotismo. Los que nos consideramos sus auténticos servidores. (Continuará).— Mérida, Yucatán.

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Abogada y escritora

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