pontificado de Juan Pablo II

En un día como hoy de hace 47 años, el domingo 22 de octubre de 1978, la Iglesia Católica coronó al cardenal polaco Karol Wojtyla como el Papa número 264 en la plaza de la Basílica de San Pedro en Roma, Italia.

Al día siguiente, la crónica de Diario de Yucatán destacó que la solemne “investidura tuvo la asistencia mundial más grande de la historia”, unas 300,000 personas.

El Diario también destacó la primera homilía papal de Juan Pablo II con su llamado “a abrir los sistemas económicos y políticos a Cristo”, al servicio de las personas, y su mensaje de la incertidumbre humana sobre “el significado de la vida sobre esta tierra”.

Según varios medios, unas 350,000 personas asistieron a la entronización del alemán Joseph Alois Ratzinger como el pontífice Benedicto XVI en 2005; unas 200,000, a la del argentino Jorge Bergoglio, Francisco, el “Papa del fin del mundo” y el “Papa de la esperanza”, en 2013, y unas 250,000 al inicio del pontificado del estadounidense Robert Francis Prevost, el actual Papa León XIV, en este 2025.

Con motivo de la efeméride, a continuación reproducimos las tres principales crónicas del Diario sobre la asunción del ahora extinto “Papa peregrino” en aquel 22 de octubre de 1978:

“Abran a Cristo las puertas de par en par”

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo 22 de octubre (UPI y Especial).— Cientos de miles de personas, encabezadas por dignatarios de todo el mundo —entre ellos los reyes de España, el Presidente de Polonia y el Premier de Francia— conformaron esta fría mañana otoñal el marco humano para la solemne entronización del primer Papa no italiano en más de 450 años, el antes cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia, Polonia.

El Papa Juan Pablo II asumió sus facultades papales plenas como líder espiritual católico en una simple misa de investidura celebrada al aire libre.

La misa, concelebrada con 125 cardenales bajo un cielo nublado en la Plaza de San Pedro, comenzó a las 10:01 a.m. (3:01 hora de Mérida).

El excardenal Karol Wojtyla de Polonia, elegido el lunes pasado como el Papa Número 264 por el Sacro Colegio de Cardenales, salió de la Basílica de San Pedro para oficiar la misa y fue saludado por un estruendoso aplauso por la mul­titud.

El palio blanco que simboliza la asunción formal del poder por parte del nuevo Pontífice fue puesto en sus hom­bros a las 10:10 a.m. (3:18 en Mérida) por el cardenal Pericle Felici.

El juramento de obediencia

Luego los príncipes de la Iglesia se arrodillaron a los pies del Papa uno por uno y le besaron el anillo de la mano derecha. El Pontífice, por su parte, les dio un beso en cada mejilla a la mayoría de los cardenales. A algunos purpurados, entre ellos Mons. Miguel Darío Miranda y Gómez, de México, el Santo Padre no le permitió arrodillarse, sino que él se levantó para saludarlos.

A medida que los cardenales se acercaban a la silla puesta frente al portal principal de la Basílica de San Pedro, se arrodillaban, le besaban el anillo e intercambiaban algunas palabras antes de retirarse.

Mirando desde el lado izquierdo del altar había dele­gaciones de 100 naciones, incluyendo al rey Juan Carlos y la reina Sofía de España, el príncipe Rainiero y la princesa Grace de Mónaco, y una delegación estadounidense en­cabezada por el asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski.

El Papa, de 58 años de edad, uno de los más jóvenes que ocupa el trono de Pedro en  los tiempos modernos, conversó detenidamente con el cardenal Stefan Wyszyński, Primado de Polonia.

Al saludar a Wyszyński, que pasó inmediatamente des­pués del cardenal Carlo Confalonieri, de 85 años, decano del Sacro Colegio de Cardenales, el nuevo Pontífice rompió una tradición de un siglo de recibir el saludo de los cardenales de acuerdo con su rango, pues el Pontífice le besó la mano.

La investidura tuvo la asistencia mundial más grande de la historia

Alrededor de 300,00 personas se apretujan en San Pedro.— Al Papa se le veía feliz.— Saludo a la juventud

CIUDAD DEL VATICANO. 22 de octubre (UPI, Excélsior y France Presse).— La misa de entronización del Papa Juan Pablo II tuvo hoy la asistencia internacional más grande da la historia: alrededor de 300 mil personas llegadas da diversas partes del mundo se apretujaron en la vaticana Plaza de San Pedro y la ceremonia fue transmitida en vivo a una audiencia potencial de mil millones de televidentes.

El marco de la ceremonia fue impresionante. El acto eclesial estaba enunciado para las 10 de la mañana (3 a.m., tiempo de Mérida), pero tres horas antes miles de personas buscaban afanosamente acomodo en la Plaza. Los más entusiasmados fueron unos 30 mil polacos, que agitaban banderas o intentaban platicar en su lengua con los italianos, quienes únicamente les contestaban “Felicidades”.

Pontificado de Juan Pablo II

Pero todo fue más emotivo cuando apareció el nuevo Papa, exactamente a las 10. Sonrió nerviosamente y levantó la mano derecha para contestar las ovaciones de la gente que lloraba, gritaba y lanzaban vítores al nuevo Vicario de Cristo.

Al iniciarse la misa, después de que le fue impuesto el palio, todos los presentes se pusieron de pie, inclusive los cardenales. Se iniciaba el acto solemne.

En su homilía, que leyó en once lenguas durante 40 minutos, el Pontífice fue interrumpido 45 veces por los aplausos de la multitud. Después, doscientos sacerdotes vestidos de blanco circularon entre los fieles y distribuyeron las hostias consagradas por el Papa para la Comunión. El Pontífice mismo dio la comunión a cientos de personas.

Euforia

Al finalizar la misa, Juan Pablo II descendió de su trono y se dirigió a la muchedumbre. Caminó unos 100 pasos y se acercó primero a un grupo de inválidos. Luego saludo a sus compatriotas, en medio de un ambiente eufórico. El Papa rompió así con el protocolo, en su deseo por acercarse a su pueblo.

También se acercó al estrado donde estaban las misiones diplomáticas. Todos se pusieron de pie y aplaudieron al Pontífice, quien sonreía. Se le veía feliz.

Un gesto suyo llamó poderosamente la atención: tomó en sus manos el báculo pastoral rematado por un crucifijo y lo levantó ante el gentío en un ademán que algunos interpretaron como saludo y otros como bendición.

Al tiempo de retirarse —ya estaban haciendo lo propio todos Ios cardenales, que regresaban al interior de la Basílica—, dos niños polacos se le acercaron. Uno le dio un ramo de flores y al otro le tocó la cabeza en forma paternal, en tanto los funcionarios del ceremonial le indicaban que ya era hora de retornar a sus aposentos. El momento era de la gran alegría para los presentes, quienes comprobaron una vez más la sencillez de Juan Pablo II.

La primera bendición dominical papal

Las misiones se levantaron de sus asientos cuando el Papa entró en la Basílica. La multitud esperó,  y fue cuando se anunció que su Santidad aparecería en su balcón para impartir su primera bendición dominical.

Nuevos aplausos. Todos veían hacia la ventana del estudio privado del Papa. Se abrió la ventana. Más aplausos. En su mensaje hizo un llamado a todos los jóvenes, a quienes llamó “la esperanza del mundo, de la Iglesia, mi esperanza”.

Y tal vez comprendiendo que esa multitud tenía ya muchas horas de estar a pleno sol, sin comer, en forma sencilla le dijo en italiano:

“Bisogno chiudero” (hay que terminar). “Es la hora del  almuerzo para ustedes y para el Papa”.  Rezó el tradicional Angelus dominical y se retiró.

Segundos después apareció un sacerdote y cerró la ventana. Así concluyó la jornada con la que inició su pontificado el otrora cardenal Karol Wojtyla.

“Abrid los sistemas económicos y políticos”, pide el Santo Padre.

Recuerdo de Pedro: tal vez habría preferido quedarse en su bote y sus redes.—  Texto de la homilía papal

CIUDAD DEL VATICANO, 22 de octubre (UPI).— El siguiente es el texto de la homilía que pronunció el Papa Juan Pablo II durante la misa de la investidura celebrada hoy en las escalinatas de la basílica  vaticana de San Pedro:

“Eres Cristo, la morada de Dios vivo”.

Estas palabras fueron dichas por Simón, hijo de Jonás. Sí, pronuncio esas palabras con su propia lengua, con una profunda convicción vivida y sentida, pero no es en la que tienen su fuente, su origen, “porque no fue la carne y la sangre que os reveló esto, sino  mi Padre que está en los cielos”. Esas fueron las palabras de la fe.

Estas palabras marcan el comienzo de la misión de Pedro en la historia de la Salvación, en la historia del Pueblo de Dios. A par­tir de ese momento, desde esa confesión de la fe, la historia sagrada de la salvación y del pueblo de Dios estaba destinada a tomar una nueva dimensión: expresarse a sí misma en la dimensión histórica de la Iglesia. Esta dimensión eclesiástica de la historia del pueblo de Dios se origina, de hecho nace, de esas palabras de la fe, y están vinculadas al hombre que las dijo: “Eres Pedro, la roca, y sobre ti construiré mi Iglesia”.

En este día y en este lugar nuevamente deben pronunciarse y escucharse estas mismas palabras: “Eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Sí, hermanos, hijos e hijas, estas palabras antes que nada.

Su contenido revela a nuestros ojos el misterio del Dios vivo, el misterio al que su Hijo nos  acercó. Nadie, en efecto, ha acercado a Dios vivo a los hombres revelándoseles, como Él lo hizo solo. En nuestro conocimiento de Dios, en nuestro viaje hacia Dios, estamos totalmente vinculados al poder de esas palabras: “Quién me ve ve a mi Padre”. Él, que es infinito, inescrutable, inefable, se nos  ha acercado en Jesucristo, el único Hijo de Dios engendrado por la Virgen María en el establo de Belén.

Todos ustedes que aún buscan a Dios, todos ustedes que ya poseen la inestimable buena fortuna de creer y también ustedes que están atormentados por la duda, por favor vuelvan a escuchar hoy en este lugar sagrado las palabras pronunciadas por Simón Pedro. En esas mismas palabras está la nueva verdad, realmente la última y definitiva verdad sobre el hombre: el Hijo del Dios vivo. “Tú eres el Cristo, Hijo del Dios vivo”.

Hoy el nuevo obispo de Roma inicia solemnemente su ministerio y la misión de Pedro. En esta ciudad, de hecho, Pedro completó y cumplió la misión que le encomendara el Señor.

 El Señor le dijo estas palabras:

“Cuando eras joven te ponías tú propio cinturón y te ibas donde querías, pero al hacerte viejo alargarás las manos y alguien te pondrá el cinturón y te llevará donode no quisieras ir”.

Pedro vino a Roma.

¿Qué más si no obediencia al mandato recibido del Señor lo guió y trajo a esta ciudad, el corazón del Imperio? Tal vez el pescador de Galilea no quería venir acá, tal vez habría preferido quedarse allá, sobre las playas del lago Genesaret, con su bote y sus redes, pero guiado por el Señor y obediente a su mandato, vino acá.

De acuerdo con una antigua tradición que encuentra magnífica expresión literaria en una novela de Henry K. Sienkiewicz, durante la persecución desatada por Nerón, Pedro quiso irse de Roma, pero el Señor intervino y al verlo, Pedro le preguntó: “¿Quo vadis, Domine?”. Y el Señor le contestó de inmediato: “Voy a Roma a que m e crucifiquen de nuevo”. Pedro volvió a Roma y se quedó aquí hasta su crucifixión.

Sí, hermanas e hijos e hijas, Roma es la sede de Pedro. A través de los siglos otros obispos lo han sucedido continuamente en esta sede.

Hoy un nuevo obispo viene a ocupar la silla de Pedro en Roma, un nuevo obispo lleno de trepidación, consciente de su indignidad. ¿Y cómo no podría uno trepidar ante la grandeza de este llamado y ante la misión universal de esta sede de Roma?

A la sede de Pedro en Roma sucede hoy un obispo que no es romano, un obispo hijo de Polonia, pero desde este momento él también se convierte en romano.

Él es un romano también, porque él es hijo de una nación cuya historia, desde sus primeros albores, y cuyas tradiciones milenarias están marcadas por un vínculo viviente, fuerte, inquebrantable y profundamente sentido con la sede de Pedro, una nación que siempre ha permanecido fiel a esta sede de Roma. Inescrutables son los designios de la Divina Providencia.

En siglos pasados, cuando el sucesor de Pedro tomaba posesión de esta sede, la tiara de triple corona fue puesta sobre su cabeza.

El último Papa en ser coronado fue Pablo VI en 1963, pero después de la solemne ceremonia de la coronación, él nunca volvió a usar la tiara y dejó a sus sucesores libres de elegir al respecto.

El Papa Juan Pablo I, cuya memoria es tan vívida en nuestros corazones, no quiso la tiara ni tampoco la quiere hoy su sucesor.

Este no es el momento de retornar a una ceremonia y a un objeto considerado, erróneamente, como símbolo de poder temporal de los Papas.

Nuestra época nos llama, nos urge y nos obliga a mirar al Señor y a hundirnos en humilde y devota meditación sobre el misterio del poder supremo de Cristo.

El segundo Concilio del Vaticano nos ha recordado el misterio de este poder y del hecho que la misión de Cristo como sacerdote, profeta, maestro y rey sigue su curso en la Iglesia. Todos, todo el pueblo de Dios, comparten esta misión triple.

Tal vez, en el pa­sado la tiara, esta triple corona, se ponía en la cabeza del Papa a fin de expresar con este símbolo el plan del Señor para su Iglesia, principalmente que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, todo “poder sagrado” ejercido en la Iglesia no es sino servicio.

Ser­vicio con un solo propósito: asegurar que todo el pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo y que siempre permanezca bajo el poder del Señor, un poder que tiene sus fuentes no en los poderes de este mundo, sino en el misterio de la cruz y la resurrec­ción.

El poder absoluto y sin embargo dulce y gentil del Señor responde a toda la profun­didad del ser humano, a sus altas aspira­ciones de intelecto, voluntad y corazón.

No habla en el lenguaje de la fuerza, sino que se expresa en la caridad y la verdad.

El nuevo sucesor de Pedro en la sede de Roma hoy hace una ferviente, humilde y con­fiada plegaria: Cristo, hazme ser y perma­necer sirviente de tu poder único, el siervo de tu dulce poder, el siervo de tu poder que no conoce el anochecer. Hazme un servidor de tus servidores.

Hermanos y hermanas, no teman recibir a Cristo y acepten su poder. Ayuden al Papa y a todos aquellos que desean servir a Cristo y con el poder de Cristo servir a la persona humana y a toda la humanidad. No teman.

Abran a Cristo las puertas de par en par. A este poder salvador, abrid los confines de Estado, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, la civili­zación y el desarrollo. No teman. Cristo sabe “lo que hay en el hombre”. Él sólo lo sabe.

Tan a menudo hoy el hombre no sabe lo que tiene adentro, en la profundidad de su mente y corazón. Tan frecuentemente está incierto sobre el significado de la vida sobre esta tierra. Lo asaltan las dudas, las que lo llevan a la desesperación. Pedimos por lo tanta, imploramos con humildad y confianza que dejen a Cristo hablar al hombre, pues Él sólo tiene palabras de vida, sí,  de vida eter­na.

Hoy precisamente la Iglesia entera celebra el “día de misiones” en el mundo, es decir, ora, medita y actúa a fin de que las palabras vitales de Cristo puedan llegar al pueblo y sean recibidas como mensaje de fe, esperan­za, salvación y liberación total.

Agradezco a todos los aquí presentes haber deseado participar en esta solemne inauguración en el ministerio del nuevo sucesor de Pedro.

De todo corazón agradezco a los jefes de Estado, representantes de autoridades y delegaciones de gobiernos por hacerme el honor de su presencia.

Gracias, eminentes cardenales de la Iglesia. Gracias, mis amados hermanos del episcopado; gracias, sacerdotes. A ustedes, hermanas y hermanos, órdenes religiosas y congregaciones, extiendo a vosotros mi gratitud.

Gracias, pueblo de Roma. Gracias a los peregrinos que llegaron aquí desde todas partes del mundo.

Gracias a todos ustedes que ven esta sagrada ceremonia por radio y televisión.

Flor de Lourdes Estrella Santana es Licenciada en Educación por la Uady. Ingresó a Grupo Megamedia en el año 2000. Ha sido reportera, redactora y editora. Escribe contenidos generales, especialmente sobre equidad de género, gobierno, educación y salud.