LA HABANA (AP).— La vida de la cubana Yuneisy Riviaux nunca fue fácil. Residente en una casa dividida entre varias familias cuyo segundo piso se derrumbó hace años, la mujer de 42 años es madre de dos pequeñas y está desempleada.
Y aunque creció con lo justo en el popular barrio de Centro Habana y pasó estrecheces mientras estudiaba para convertirse en maestra de niños especiales, jamás imaginó que llegaría un mediodía en el que no tendría almuerzo.




Apagones, recortes en la libreta estatal de la que los cubanos obtienen alimentos, carencia de agua por falta de bombeo y desabasto de medicamentos han convertido en una odisea la vida diaria de familias como las de Riviaux, su esposo Cristóbal Estrada y sus niñas.
“A mí me ha ido muy pero muy mal”, dijo Riviaux a The Associated Press una mañana reciente mientras jugueteaba con su hija Seinet, de dos años. “Un día más que otro puedo conseguir la comida, unas confituras para las nenas, un juguete. Pero otras veces no, como ahora mismo que tengo que morderme los labios y tragarme las lágrimas porque no tengo un almuerzo para darle a las niñas”, agregó.
Unas horas antes su esposo, de 61 años, le había hecho el desayuno a Edianet, de siete años. El refrigerio consistió en un trozo del pan que se entrega a todos los cubanos por la libreta de abastecimiento con un poco de mantequilla que les dejó un vecino. En el último apagón la familia perdió comida que tenía en la nevera.
“Mi esposo ahora mismo se va para el Cotorro”, un municipio a unos 20 kilómetros de distancia, explicó Riviaux. No tenía forma de llegar allá. El transporte público en Cuba está semiparalizado desde que Estados Unidos impuso el cerco petrolero.
Riviaux y Estrada tenían un pequeño puesto en su casa en el que vendían refrescos instantáneos y condimentos. Pero en febrero el hombre se sintió mal y acudió al hospital, donde le diagnosticaron un colapso pulmonar. La pareja gastó todo lo que tenía en medicinas.
“Tuvimos que sacrificar ese negocio para comprar los medicamentos y salvarle la vida”, explicó Riviaux. En el hospital y las farmacias no había insumos, por lo que tuvieron que comprar los medicamentos en el mercado negro.
Algunos días la mujer sale por las calles de su vecindario a vender pasteles dulces que prepara su hermana cuando consigue harina.
Para el mediodía Estrada aún no había regresado, por lo que Riviaux tuvo que prepararle a la pequeña de dos años un vaso de leche —de una donación de México— y un pedazo de pan.
La niña mayor almuerza en la escuela. A pesar de la crisis se mantienen las clases de primaria y secundaria.
“Antes de la Covid en Cuba había de todo”, recordó Riviaux. “Yo sé que golpeó al mundo entero, pero a nosotros mucho más”.
La pandemia significó la caída del turismo y coincidió con un ajuste de las sanciones estadounidenses. Además, una fallida unificación monetaria desplomó los salarios y una tímida apertura económica generó desigualdades.
La familia de Riviaux y Estrada, sin ingresos fuertes, quedó entre los sectores más afectados. Riviaux aseguró que la atemoriza la retórica de Trump. “Escuchamos la noticia de que Trump quería tomar el país y aquí en la casa dijimos oh, si Estados Unidos se mete ¿Qué sucederá?”, se preguntó.
Por la tarde, su esposo llegó con unos plátanos, unos cuartos de pollo y algo de dinero para comprar un kilo de arroz.
