VIENA (EFE).— La legalización del uso recreativo del cannabis, especialmente en Estados Unidos, aceleró el consumo y sus nocivos efectos sanitarios, mientras fabricantes de tabaco y alcohol entraron en un multimillonario negocio con campañas que presentan esta droga como algo moderno e inocuo.

Esa es la conclusión, y la advertencia, que hace la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (Onudd) en su Informe Mundial sobre Drogas de 2022, publicado ayer en Viena.

“El consumo de cannabis y la frecuencia de su uso aumentaron en los países y jurisdicciones estatales que legalizaron su uso no médico”, señala la Onudd.

Con “legalización”, la ONU se refiere a la autorización de la producción y uso para uso lúdico entre adultos en Uruguay, Canadá y 21 territorios de Estados Unidos los últimos 10 años.

Pese a los datos que apuntan a esa tendencia, el informe reconoce que se tardarán años en tener una visión más clara del impacto.

“No es posible distinguir lo que habría sucedido sin la legalización. Podemos decir que, probablemente, la legalización del cannabis aceleró esta tendencia de expansión”, señala Angela Me, coordinadora del informe.

En las zonas de Estados Unidos y Canadá donde se legalizó, el consumo ya venía aumentando gracias a que la autorización del uso médico hizo que la droga estuviera más disponible.

De hecho, la ONU señala que la legalización sería “el resultado, más que la causa, de la expansión del mercado del cannabis”, un proceso en el que coincidieron la disminución de la percepción de riesgo y el aumento del consumo regular.

El número de usuarios y la frecuencia de consumo crecieron especialmente entre los adultos, mientras que entre los adolescentes se mantiene estable, menos en lo que se refiere a la toma mediante la inhalación de vapores.

La legalización diversificó la oferta de productos, muchos de ellos muy potentes, como los comestibles y los concentrados.

Los niveles de THC, el componente psicoactivo, aumentaron en muchos productos comercializados, frente a la bajada del CBD, el elemento relacionado con las propiedades terapéuticas.

La imagen del cannabis como menos dañina que otras drogas choca con el hecho de que, aunque está detrás de solo el 4% de las muertes atribuidas a los estupefacientes, el 40% de los países la identifican como la droga que más trastornos ocaisona.

El consumo entre embarazadas creció en todo Estados Unidos, pero especialmente ahí donde se legalizó el uso lúdico.

En California los ingresos en cuidados intensivos relacionados con el consumo de cannabis aumentaron 56% entre 2016, cuando se produjo la legalización, y 2019.

Esa subida de las hospitalizaciones se ha registrado también en Canadá o el estado de Colorado, por ejemplo, aunque el informe señala también que ese crecimiento se ha estabilizado.

En Colorado, señala la Onudd, la proporción de suicidios en personas que habían tomado cannabis se triplicó entre 2006 y 2018. La legalización comenzó a aplicarse aquí en 2014.

El informe señala también que paralelamente al aumento del consumo y sus tendencias nocivas, en Estados Unidos ha aumentado la relación entre cannabis y la depresión.

Angela Me explica que estas tendencias en Estados Unidos y Canadá no necesariamente son extrapolables a otros países.

Por ejemplo, aunque en Uruguay, donde se legalizó en 2013, también ha aumentado el consumo, la diferencia es que no han proliferado los productos con alto contenido de THC.

Esa diferencia, asegura Me, está relacionada con las grandes empresas dedicadas a la venta de tabaco y alcohol que han visto una oportunidad de negocio en el mercado del cannabis en Estados Unidos.

“Hace 50 o 70 años, hubo un empuje agresivo por el consumo de tabaco. Y ahora reconocemos lo mucho que hay que hacer para proteger la salud pública. Bueno, eso está pasando ahora con el cannabis”, compara Angela Me.

La experta de la ONU destaca que hay campañas y muchos mensajes que dicen que el cannabis es saludable y que está de moda.

Por ejemplo, en Estados Unidos los jóvenes de 15 o 16 años toman más cannabis que tabaco, y se ha implantado la idea de que los cigarrillos ya no están de moda, pero el cannabis sí es aceptado.

La experta confía en que no haya que esperar décadas para, como sucedió con el tabaco, los envoltorios de los productos de cannabis lleven mensajes advirtiendo de sus efectos nocivos.

Me, además, advierte que esas corporaciones están buscando nuevos mercados: “Miran a Europa.”

La analista reconoce la contradicción que supone que las campañas por la legalización estuvieran impulsadas por la izquierda política y liberal, pero haya acabado beneficiando a empresas capitalistas.

El informe valora en 30,000 millones de dólares el valor del mercado del cannabis en Estados Unidos y advierte que, ante el potencial de crecimiento, la influencia de las grandes corporaciones aumentará.

En ese sentido, la Onudd dice que hay presiones para establecer monopolios y aumentar la oferta de productos dirigidos a un grupo de usuarios cada vez mayor.

El informe anual de la Onudd también advierte que fumarse un porro contribuye al cambio climático y esnifar una raya de coca en Londres contamina un riachuelo en el Amazonas.

La destrucción medioambiental por la producción y el consumo de drogas es un fenómeno poco estudiado pero creciente, que afecta sobre todo a países vulnerables.

Producir un kilo de cocaína, por ejemplo, genera 30 veces más CO2 que un kilo de granos de cacao.

Cada año, la producción de cocaína lanza a la atmósfera 8.9 millones de toneladas de CO2, equivalentes a las emisiones de 1.9 millones de automóviles.

A esas emisiones de efecto invernadero contribuyen los cultivos de cannabis en interior, que están ya sobrepasando a las plantaciones al aire libre, pues requieren de equipos de climatización y de iluminación que consumen mucha energía.

Con todo, el informe matiza que el efecto medioambiental de la industria de las drogas no tiene tanta relevancia a nivel global como el de la agricultura legal o la industria farmacéutica.

Pero el impacto sí es considerable en comunidades locales, en aspectos como la deforestación, la contaminación del agua, el suelo y el aire, especialmente en países con menos recursos.

Así, el cultivo de droga conlleva una deforestación acelerada de las reservas naturales, lejos del control gubernamental, en países como Colombia, donde cerca del 50% de la tala de árboles de las regiones de Putumayo y Catatumbo se realiza para la plantación de arbustos de coca.

En Catatumbo, las hectáreas de cultivos en zonas montañosas han aumentado un 272% entre 2015 y 2020, una muestra de la prosperidad de un negocio que genera por kilo de cocaína 590 kilos de dióxido de carbono, lo mismo que quemar 220 litros de gasolina.

En general, se estima que la mitad de los cultivos de coca en Colombia están en zonas con especial protección medioambiental.

También en Marruecos o Nigeria, el cultivo de cannabis ha provocado un impacto devastador en ecosistemas que ya de por sí son frágiles, afectando especialmente a la escasez de agua y la pérdida de biodiversidad.

“Esperemos que esta información sea utilizada por los jóvenes aquí en Europa, que son muy sensibles al medio ambiente, para pensar que, cuando se fuman un porro, están afectando a alguien”, declara a Angela Me.

La experta considera que las políticas medioambientales en países productores deberían incluir el factor droga en sus planes, y al desarrollo sostenible en las estrategias de eliminación de cultivos ilegales.

Según esta agencia de Naciones Unidas, mientras que el impacto medioambiental de drogas originadas en plantas, como el cannabis, la cocaína o la heroína, se da en países más vulnerables, el de las drogas sintéticas es más global, ya que pueden producirse en cualquier sitio.

Según el informe, el volumen de los residuos de la fabricación de drogas sintéticas, que suelen acabar en los mares y los ríos de los países productores, es hasta 30 veces mayor que el del producto final, que se consume principalmente en Europa y Norteamérica.

Calculando sobre la cantidad de drogas sintéticas incautadas durante 2022, la ONU estima en hasta 4,300 toneladas el total de desechos mundiales por año producidos por el éxtasis, las anfetaminas y las metanfentaminas.

“Está claro que las drogas tienen un impacto importante en el medio ambiente en las comunidades donde se producen. Hay un claro impacto en el suelo, en el agua e incluso en la cadena alimentaria, en los productos agrícolas y ganaderos”, alerta Angela Me.

En Bélgica y los Países Bajos se ha encontrado “la presencia de MDMA (éxtasis) en muestras tomadas de granos de maíz”, lo que se atribuye a la contaminación del suelo por residuos sintéticos, reseña el documento.

También se han encontrado graves daños de ecosistemas en Camboya y Myanmar causados por los disolventes usados para fabricar drogas sintéticas, un mercado de gran proliferación, con más de mil nuevas sustancias psicocativas en los últimos años.

En cantidades suficientes, los compuestos químicos arrojados al mar y a los ríos pueden matar el crecimiento de bacterias que proporcionan un tratamiento natural de las aguas y provocar dependencia de sustancias adictivas en los animales que las habitan y que acabamos comiendo, advierte la Onudd.

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