Retos para auxiliar a la población
Sobre la llegada del huracán “Gilberto”, José Casares Vales, exintegrante de la Coordinación de Desastres de la Cruz Roja delegación Mérida, recuerda: “No, a Yucatán no le toca nada, si acaso la colita, era lo que pensábamos muchos en ese entonces, antes de recibir el comunicado de alerta máxima de nuestro Comité Nacional de Desastres en el (entonces) Distrito Federal”.
“Horas antes de la entrada del huracán, y aprovechando que todos estaban en el edificio central de la benemérita institución por los ensayos del desfile del 16 de septiembre, decidimos acuartelar a todo el personal: socorristas, alumnos e instructores, operadores de ambulancia, recepcionistas, personal médico, de laboratorio y enfermería que se encontraban de guardia”, indica.
“La población en general incluyéndonos no esperábamos la magnitud y la fuerza destructiva de este poderoso fenómeno y lo más difícil para quienes tomábamos las decisiones fue que recibimos la orden del presidente del Consejo Directivo de la Cruz Roja de que nos mantuviésemos en la base por el alto riesgo”, señala Casares Vales.
El socorrista dice que en los momentos más críticos del fenómeno comenzaron a recibir llamadas de auxilio de gente atrapada en sus casas inundadas, personas cuyos techos de láminas habían volado e incluso por tanques de gas butano rodando por las calles…
“Recuerdo que recibimos la llamada de auxilio de una mujer embarazada que se encontraba en un refugio temporal y a punto de dar a luz. El coordinador autorizó que saliera una ambulancia exclusivamente con personal varonil por la seguridad y el protocolo”, relata.
La ambulancia solo avanzó dos calles, un poste atravesado sobre la vía detuvo su camino y tuvo que regresar a la base; por suerte, alguien tenía una camioneta en el refugio y la mujer fue trasladada a un hospital.
Casares Vales cuenta también que la Cruz Roja recibió un reporte de auxilio de que parte del techo de la estructura metálica de un refugio temporal, en una escuela cercana al Tecnológico de Mérida, se había derrumbado y que personas allí albergadas eran reubicadas a otro punto.
“Con poca experiencia para hacerle frente a este destructivo y poderoso fenómeno, el personal de guardia acuartelado trabajó tres días sin descansar de manera voluntaria”, apunta. “Sin bañarnos por falta de agua en los tinacos, casi sin comer por la escasez de alimentos y de agua para beber y la incertidumbre del personal por conocer cómo estaban sus familiares, ya que llegó el momento de quedarnos sin teléfono”, indica.
Pasado lo más fuerte se hicieron brigadas para evaluar daños, luego empezaron a recibir ayuda humanitaria y con apoyo de scouts de México salieron a repartir despensas.
“‘Gilberto’ nos hizo reconocer experiencias de diferentes particularidades que nos permitió mejorar muchas cosas cuando entró ‘Isidoro’ 15 años después”.— Luis I. Alpuche Escalante
