Dos sacerdotes organizan ayuda a damnificados
PROGRESO.— A los 32 años de edad, el padre Benigno Ku Pool, quien en septiembre de 1988 era vicario de la Purísima Concepción y San José, vivió los días más inolvidables de su camino sacerdotal.
Por esas fechas, el párroco Jacinto Adriano Wong Romero estaba de vacaciones y el joven sacerdote se quedó de encargado de la parroquia.
Cuando se confirmó que el huracán “Gilberto” azotaría Yucatán, el padre Beny, como lo conocían en este puerto, organizó a los integrantes de las Pastoral Juvenil y de adolescentes y juntos recorrieron las colonias para alertar a las familias y pedirles que desalojaran sus viviendas, en especial a quienes habitaban en la ciénaga, en casuchas de cartón.
—En mi camioneta salí a recorrer los barrios, a pedirle a las familias que dejen sus casas y se trasladen a la parroquia que había sido habilitada como albergue para damnificados. Recibimos como a 1,000 personas, otras ocuparon el edificio del Centro Médico Americano, en la esquina de la calle 82 con 33, el cual estaba en construcción.
Muchos no creían que azotaría un ciclón, recordó, pero el miércoles 14 de septiembre de 1988 el puerto era un caos, el huracán azotaba, era la primera vez que veía la fuerza destructora de la naturaleza.
Las puertas de la iglesia siempre estuvieron abiertas para recibir a los damnificados. Ahí se atendió a los enfermos e incluso el doctor Alfonso Ávila Prado asistió un parto.
Las familias permanecieron de tres a ocho días en la iglesia, agregó el padre Benigno, quien es originario de Tekal de Venegas y actualmente es párroco de Akil, en el sur del estado.
A todos se les dio de comer, de las congeladoras recibimos pescado y alimentos de los restaurantes que dejaron de operar por el mal tiempo, dijo.
Recibimos despensas del PAN y lo repartimos entre las familias necesitadas. El huracán nos dejó como herencia la solidaridad de un pueblo que se unió ante la adversidad —reflexionó—. Muchas personas llevaron ayuda a la iglesia. En aquel septiembre de 1988, las zonas pastorales colaboraron para no dejar abandonadas a los más necesitados.
Otro sacerdote que apoyó a la comunidad en esa fechas fue el presbítero Lorenzo Augusto Mex Jiménez, quien comparte con Diario de Yucatán como vivió ese día.
Asignado a la parroquia de San Antonio de Padua, en Tekit, el padre recuerda que en ese entonces no se tenía la suficiente información de la magnitud del meteoro.
“Era tan insuficiente la información, que la víspera del impacto estuvimos en la playa con un grupo de colaboradores de la localidad de Mama”, recuerda el sacerdote.
El clérigo rememora que la gente de Chelem llevaba en ese entonces un ritmo de vida normal, sin preocupaciones ni temores. Se sabía de la proximidad del huracán, como si se tratara de un norte, pero no había la suficiente información, señaló.
El día del impacto, las autoridades de la cabecera de Tekit hicieron alertas a la población, pero sin desalojos y, por si algunas personas necesitaban de albergue, se habilitaron algunas áreas del ex convento de Mama, donde finalmente se refugiaron las personas.
Al anochecer, el sacerdote antes de acuartelarse para cualquier contingencia, se dispuso a realizar lo que sería su último rondín.
Para esos momentos el pueblo ya no contaba con electricidad.
“Mis rondines los hacía en la camioneta parroquial, con mi lámpara, chaleco y botas de hule para andar bajo lluvia. Al entrar al exconvento de Mama para llevar galletas, café, azúcar y veladoras, la gente se acomodaba para pasar una larga noche en la penumbra”.
Recuerda que algunos ya habían hecho fogatas para calentar el agua y preparar café, y los niños estaban reunidos en grupos y platicaban. “Cuando me vieron asomar, uno de ellos gritó: ‘¡No tengan miedo, no nos va a pasar nada, ya está el padre con nosotros!’”.
En ese momento, sus planes de retirarse a descansar después de aquel último rondín, se vinieron para abajo.
“Aquella vocecita infantil hizo que cambiara mis planes y estuve en vela hasta después de la 1 de la madrugada” recorriendo las calles de la población para estar pendiente de alguien que requiriera ayuda.
La gente sabía que en aquel vehículo que transitaba las calles iba su párroco. Ningún otro vehículo circulaba a esas horas. Eso les daba seguridad, según le comentaron después.
Mex Jiménez platicó que en Tekit y sus alrededores, gran parte de la población dependía para su sustento del cultivo de maíz de temporal y desde el 15 de mayo, con la misa de bendición de semillas, se inició una campaña de oración para pedir que las lluvias fueran oportunas y suficientes para lograr una buena cosecha.
“Todos los días y en todas las misas se hacía la oración correspondiente, las lluvias fueron oportunas y permitían vislumbrar abundantes cosechas”, dijo el padre.
“Gilberto” con la fuerza de sus vientos, arrasó las superficies cultivadas y sumergió en el agua las ilusiones de un pueblo empobrecido que ese año esperaba levantar buenas cosechas.
La gente comentaba: “Fue tanta la fuerza de la oración del pueblo, que hasta un ciclón categoría 5 nos enviaron”. Fue poco lo que se pudo rescatar del maíz cultivado.
Al día siguiente del paso del huracán, el panorama era desolador, la población, dijo el sacerdote, comentaba los sucesos. La salida del Sol disipó los temores y las incertidumbres, las festividades patrias se cancelaron por disposición de las autoridades municipales y estatales
Si bien la afectación no fue tan catastrófica como en la costa, pero sí dejó daños de consideración en la agricultura.
“Pronto la situación se restableció y el noble pueblo tekiteño, con la laboriosidad que lo caracteriza, se puso de pie para sobreponerse a la adversidad, y la institución parroquial a caminar con el pueblo para animarlo, haciéndole ver que no hay peor desastre que cruzarse de brazos ante los desastres naturales”, comentó el padre.
Dijo que en las festividades religiosas el pueblo se fortalecía para volver a la normalidad, haciendo lo que le correspondía hacer, entendiendo que ante las fuerzas de la naturaleza, la información, la prevención, la solidaridad y la fe, son fundamentales..— GABINO TZEC VALLE / LUIS ALPUCHE ESCALANTE
Jornada Tekit
El padre Lorenzo Augusto Mex Jiménez recuerda cómo se vivió el huracán en Tekit.
Cultivos arrasados
“Gilberto”, con la fuerza de sus vientos, arrasó las superficies cultivadas y sumergió en el agua las ilusiones de un pueblo empobrecido que ese año esperaba levantar buenas cosechas, dijo. Fue poco lo que se pudo rescatar del maíz cultivado.
Panorama desolador
Al día siguiente del paso del huracán, el panorama era desolador, la población, dijo el sacerdote, comentaba los sucesos. La salida del Sol disipó los temores y las incertidumbres, las festividades patrias se cancelaron por disposición de las autoridades municipales y estatales.
Esperanza
“Pronto la situación se restableció y el noble pueblo tekiteño, con la laboriosidad que lo caracteriza, se puso de pie, y la institución parroquial a caminar con el pueblo para animarlo, haciéndole ver que no hay peor desastre que cruzarse de brazos ante los desastres naturales”, comentó el padre.
