Sin proponérselo, Ligia Alfaro Gómez consiguió tener un puesto de tortas a una esquina de su casa en el fraccionamiento San Lorenzo, en Umán.

Era un anhelo, pero no estaba entre sus planes, al menos no de manera inmediata y mucho menos de la forma como se dio.

“Siempre me ha gustado cocinar y me motiva que la gente que prueba lo que preparo se enamore de mi comida. Me motiva cuando me dicen que está rico lo que cociné”.

Tiempos atrás había trabajado con una amiga en un puesto de tortas en las puertas de la fábrica de Maseca, pero tuvo que dejarlo porque se le dificultó trasladarse hasta el lugar cuando se quedó sin vehículo, además que atravesó otras situaciones.

“La ‘cosquillita’ de vender y tener un extra para la casa, porque el dinero de mi marido apenas alcanza, permaneció; pero la cuestión económica me detenía porque no tenía para invertir”.

Lo intentó en su casa, cuando su hija le dijo que preparara tortas y que ella las promovería con sus compañeros de trabajo. “Yo preparaba y ella las llevaba, pero luego pasaron situaciones y ya no me funcionó”.

Así estuvo casi un año, viviendo nada más con el sueldo de su esposo hasta que un día los dueños de la tienda “Dioni” (a una esquina de su casa), que habían construido un local le preguntaron si quería vender allí.

Ligia no lo dudó, pero como no tenía dinero para invertir, los propietarios de la tienda le dijeron que no se preocupara, que ellos le daban los insumos y ella ponía la mano de obra, así ganaban todos.

“Me preguntaron cuándo podría empezar y les dije que cuando ellos quisieran, entonces el señor me dijo que no le gustaban las personas que respondían ‘cuando usted quiera’, pues le parece que no tienen ganas de trabajar; pensé que era mi momento y que si no aceptaba nunca lo iba a intentar y entonces le respondí: mañana mismo”.

Fue así como Ligia, sin proponérselo, se vio de pronto preparando tortas de jamón y queso, huevo con longaniza, huevos con salchichas, trapo viejo, asado y carne molida, así como panuchos y salbutes a precios económicos.

“Mi idea siempre fue vender a precios accesibles, aunque solo le gane un peso a cada torta, pues sé que hay mucha gente trabajadora que no tiene la posibilidad económica de pagar una torta tan cara”.

La mayoría de sus clientes son obreros que trabajan en las fábricas y talleres que abundan por esa zona y que han encontrado en las “Tortas doraditas de la tía Lichi”, un producto rico y a buen precio; pero también, a mes y medio con el negocio, se ha ganado la confianza de varios vecinos.— IVÁN CANUL EK

Negocio Tortas

El local donde labora la señora Ligia Alfaro, en la calle 22 con 22 Diagonal, abre de lunes a sábado de 6 a 11 de la mañana.

Otras ocupaciones

Tutora de cinco de sus nietos, ha tenido que sacrificar visitas familiares o salidas con sus hermanas, además que los domingos le sirven para atender su casa.

Sueños

“Me siento satisfecha y más cuando la gente me dice que está rica mi comida. Eso me pone contenta”, señala Ligia quien sueña con tener su propio negocio en la que la gente pueda ir a desayunar o “a tomar un cafecito”.

Orgullo

“La verdad estoy contenta, pero lo mejor que me ha pasado es que mi nieto, que tiene espectro autista, me ayuda. Lo que menos me imaginé es que él me ayudase, pero él me acompaña y despacha las tortas y cobra. Ha sido mi ayudante en ese aspecto y me llena de orgullo porque, dentro de sus limitaciones, veo que le ha servido mucho”.

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