TIZIMÍN.— Una planta que hasta hace poco pasaba desapercibida comienza a encender alertas en la costa oriente del Estado. Se trata de la llamada “lechuga de mar” (“Scaevola taccada”), una especie invasora que ya representa un riesgo para la biodiversidad en puertos como Río Lagartos, San Felipe y El Cuyo.
De acuerdo con el maestro en ciencias José Antonio Chuc Canché, especialista en Biotecnología del Instituto Tecnológico de Tizimín, el problema radica en la rápida proliferación de esta planta, la cual altera los ecosistemas donde se establece.
“Es una especie que normalmente se encuentra en cenotes, pero en pequeñas cantidades no representa mayor problema; sin embargo, cuando se reproduce a gran escala comienza a afectar el equilibrio natural”, explica.
El especialista señala que esta planta absorbe grandes cantidades de nutrientes del agua, principalmente nitrógeno, lo que reduce la disponibilidad de oxígeno para otras especies acuáticas.
Además, tiene la capacidad de captar metales pesados, lo que, aunque podría tener usos potenciales, hoy representa un campo de estudio aún poco desarrollado.
“Está en proceso de investigación, pero hay pocos estudios. Lo preocupante es que ya afecta a plantas nativas y a la biodiversidad que existe bajo el agua”, añade.
También comparte información del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), que confirma que “Scaevola taccada” es originaria de Asia y fue introducida en zonas urbanas como planta ornamental, debido a su resistencia a la salinidad, la sequía y otras condiciones adversas.
Sin embargo, su capacidad de adaptación la ha llevado a salir de jardines y áreas urbanas para invadir ecosistemas naturales, especialmente dunas costeras.
En lugares como la isla de Cozumel ya se documenta su expansión acelerada, así como el desplazamiento de flora nativa.
Esta planta puede alcanzar hasta cinco metros de altura. Se reproduce con facilidad tanto por semillas —que flotan y viajan largas distancias por el mar— como por fragmentos de tallo, lo que facilita su dispersión tras tormentas, huracanes o incluso por actividades humanas.
Además, aves, mamíferos y reptiles contribuyen a su propagación al consumir sus frutos y dispersar las semillas.
Especialistas advierten que su crecimiento descontrolado no solo afecta la vegetación costera, sino que también podría alterar procesos ecológicos clave, como la polinización, al competir con especies nativas por insectos como las abejas.
Aunque la lechuga de mar posee propiedades medicinales, como efectos antibacterianos, antifúngicos y regenerativos, su expansión fuera de su hábitat natural la convierte en una amenaza ambiental.
