(Primera Columna publicada el 16 de marzo de 2001)
En medio del jaleo en que se ha metido, el gobernador tiene momentos de buen humor con salidas curiosas. Anteayer, por ejemplo, le preguntaron lo que piensa sobre las intenciones federales de desaforarlo y detenerlo.
-Eso sería “muy deseoso” para el Diario de Yucatán -contestó.
La Columna entiende que el señor Cervera oiga pasos en la azotea. No es el único que los está oyendo. Pero no son nuestros pasos.
Comprendemos también que don Víctor oiga campanas. Están sonando. Pero no las tocamos nosotros.
El desafuero del jefe del Ejecutivo y su reclusión en el penal, al margen de los motivos que haya acumulado para merecerlos, no son el objetivo ni el deseo de las noticias y los editoriales de este periódico sobre el desacato.
Como en todos los sucesos sobre los cuales informa y orienta, el Diario busca la verdad, para que su publicación invite y estimule a la sociedad y sus autoridades a la práctica y la defensa solidarias de la justicia, la ley y las buenas costumbres que suscriben el civismo, la ética y la moral.
Nuestras páginas han brindado al gobernador, durante siete meses, excelentes ocasiones de rectificar la insubordinación que lo ha puesto en trance de desfuero y peligro de prisión. Los textos íntegros de las resoluciones del Tribunal Federal Electoral, los análisis del Colegio de Abogados y sus ex presidentes, el criterio de la Coparmex meridana, los comentarios editoriales -cotidianos y concretos- y la crónica informativa y gráfica de la reacción nacional, que condena en forma abrumadora el desacato, son testigos de nuestro deseo de convencer al señor Cervera de que su desobediencia a la Federación, usurpando los títulos de la soberanía estatal, es contraria a la ley, la razón, el bienestar del estado y el interés de la nación.
El Ejecutivo ha desperdiciado todas las oportunidades por un complejo que la patología política se encuentra en los gobernantes egresados del PRI, con las consabidas y escasas excepciones. Es el complejo del miedo a rectificar. Consideran una señal de debilidad lo que debe ser un honor y una prueba de sensatez. El horror escénico a la rectificación encadena a los gobernantes a sus desaciertos.
El complejo no es la causa única de que el señor Cervera oiga pasos en la azotea. Le ha sentado mal, como pedrada en ojo de tuerto, la deslealtad de sus colaboradores: entregados al servilismo, por deficiencias hormonales o apetitos económicos, lo adulan y le siguen la corriente, cuando no lo empujan, en vez de cumplir ese compromiso primario de la lealtad que es mostrar el error para poder corregirlo.
El señor Cervera ha padecido también la falta de ayuda de los dirigentes de la sociedad y sus instituciones que pudieron -quizá estén aún a tiempo- encauzarlo con una sugerencia, un consejo, una opinión, pero han optado por guardar un silencio y observar una neutralidad que han sido y son, para el gobernante, pretexto o estímulo para incidir y reincidir en un comportamiento que la República denuncia como subversivo.
El Diario no pensó, ni planeó, ni practicó el desacato. Es un guiso cocinado exclusivamente por el señor Cervera y sus diputados. Si se puede, que no culpen a otros de la indigestión y sus consecuencias.
Este periódico tampoco es promotor de las pachangas legislativas de un Congreso convertidas en incubadora de consejeros de juguete, fabricadas en serie como figuritas de pastorela, o atraídos, como moscas al panal, por los sobornos degradantes que denuncian un diputado en la primera página de esta sección. Este periódico no tiene deseos, ni pocos ni muchos, de informar que el gobernador está desaforado. Prefiere, seguir buscando la noticia de que el Ejecutivo, en un acto de cordura, en una rectificación que le honra y se le aplaude, depone su rebeldía sin causa y libra a Yucatán de pagar el precio exorbitante de un desacato que no tienen más porvenir que el desastre.
