(Artículo publicado el 21 de septiembre de 2002)
En nuestro artículo anterior nos referimos al templo de Júpiter, el de Roma, donde se efectuó la sesión extraordinaria del Congreso convocada por el abogado Cicerón para salvar a la República, con sus discursos, de la conspiración del corrupto Catilina. Cuatro discursos que han pasado a la historia con el nombre de catilinarias para calificar escritos memorables por su crítica demoledora. Escritos como la carta que Rubén Bolio Pastrana dirigió al Colegio de Abogados.
En otro templo de Júpiter, pero en Atenas, enseñaba su filosofía Diógenes el Cínico. Entonces cínico significaba lo contrario que hoy. El cinismo venía de Cinesargo, barrio donde estaba el alma madre de ese movimiento intelectual que fustigaba los vicios de los atenienses y sus gobernantes. Le decían Cinesargo porque una vez un perro blanco… Pero esa es otra historia.
Ha trascendido que cuando Diógenes no predicaba encendía una linterna, y al mediodía, cuando el sol rajaba las piedras venerables de la Acrópolis, se iba Diógenes con la linterna a explorar a pie las calles de la ciudad.
¿Qué buscas, Diógenes? Célebre era su respuesta: “Busco a un hombre”.
Claro: un hombre recto, decente, que dice lo que siente y no siente lo que dice.
¿Qué buscaría Diógenes si viniera a Mérida con su linterna? ¿Un abogado? Se cansaría. Están abstenidos. ¿Un juez? Necesitaría dos linternas. Están negados. ¿Un magistrado? Le daría la noche… Esas noches oscuras del alma que nos describen San Juan de la Cruz.
Ya que hablamos de magistrados, ni con la linterna de Diógenes encontraríamos en la carta que escribieron a Patricio Patrón Laviada las violaciones a la soberanía del Poder Judicial.
Acusan a don Patricio y al jefe municipal panista Edgar Ramírez Pech de decir en una verbena que el Poder Judicial es una vergüenza para Yucatán.
De acuerdo: es una vergüenza. Nos tarde que Diógenes diría lo mismo en las verbenas, las kermeses y los barrios. Calle por calle. El, que era tan ríspido, que no tenía pelos en la lengua, tal vez diría que el Tribunal Superior es el mayor enemigo de los yucatecos. Pero eso es cuestión de Diógenes, no nuestra, que tenemos melenas en la lengua y preferimos abstenernos de opinar porque de cuidados ajenos están los perros flacos.
Pero decir que el Poder Judicial es una “vergüenza” no significa violación de ninguna soberanía. No hay usurpación de atribuciones. Tampoco invasión de jurisdicciones. Ni sabemos que el gobernador haya impedido o siquiera tratado de estorbar a alguno de los magistrados en el desempeño de sus funciones. Opinar no es violar.
El señor Ramírez Pech tampoco conspira contra el Poder Judicial. Todo lo contrario. Quiere redimirlo, pero por las buenas. Quiere acabar con los jueces negadores e irracionales, incompetentes o venales, pero con la venia del Poder Legislativo. La solicitaría en una iniciativa de reformas a la ley. Cumplir una ley no es violar.
Diógenes, que era un cínico, preguntaría: ¿Qué soberanía? ¿Dónde está? Aunque apague su linterna, aunque salga de noche, Diógenes encontraría a la vuelta de la esquina el desacato, la estafa a Lízbet, el caso Medina Abraham y otras pruebas certificadas de que el Poder Judicial perdió hace tiempo su soberanía. ¿Cómo agredir lo que no existe? ¿Cómo violar lo que no hay? Algunas cartas son memorables por sus aciertos y otras inolvidables por sus desaciertos. Los que escribieron las cartas de los magistrados y de los abogados deben abstenerse de opinar.- ERA- Mérida, Yucatán, septiembre de 2002.
