(Primera Columna publicada el 17 de julio de 2001)
En sus dos primeros fallos inatacables y definitivos sobre el Décimo Distrito -por el camino que vamos pueden llegar a seis, ocho o más fallos- , el Trife tiene una manera de decir las cosas, o no decirlas, que recuerda a la antigua Grecia. Es un lenguaje críptico, sibilino, más fácil de entender por las pitonisas que interpretaban los mensajes de los dioses en los oráculos helénicos que por los yucatecos, que nos quedamos sin dioses desde el acto de fe de Maní y sin adivinos competentes desde la muerte del enano de Uxmal.
Al Trife le hemos preguntado dos veces quién debe ser el diputado por el Décimo Distrito: si Lízbet Medina Rodríguez, candidata de la alianza PAN-PRD, o Freddy Monforte Braga, candidato del PRI.
La pregunta no es ociosa. Lízbet ganó las elecciones, pero el Tribunal Superior Electoral la madrugó: la despojó del triunfo, cuando ya no podía defenderse -lo hizo adrede- y se lo regaló al candidato del PRI. Sin embargo -donde las dan las toman-, Lízbet madrugó al Tibunal, tomó posesión antes de que el despojo fuera válido y gracias a ella, a su presencia, hubo quórum y se pudo celebrar la sesión de apertura o instalación del nuevo Congreso. La historia es muy conocida, tanto por nosotros como por el Trife.
La Columna no se atrevería a decir que el Trife dio respuesta a nuestras dos preguntas, una presentación por el PAN y la otra por Lízbet. Mejor decimos que en sus alusiones, o referencias a ambas preguntas, el Trife nos dio dos palabras claves para descifrar y armar sus rompecabezas: “consumado” e “irreparable”. ¿Quién madrugó a quién? Puesto que la ley duerme, ¿qué madrugada vale? Los chapados a la antigua afirman que lo consumado e irreparable es el fallo del Tribunal Superior Electoral que anuló la votación del pueblo y le obsequió la diputación al candidato del PRI.
Los amigos del cambio contestan que lo consumado e irreparable es que la sesión de apertura del Congreso ya se efectuó, que es válida, que el Trife la reconoce como válida, que no podría ser válida sin la presencia de Lízbet -con ella se formaba la mayoría necesaria para poder celebrar la sesión- y que esta validez es prueba contundente de que Lízbet es la diputada.
Los amigos ven dos omisiones en ambas sentencias del Trife: ninguna dice que el diputado debe ser Monforte. Los chapados no se han dado cuenta de estas omisiones o hacen lo posible por no verlas.
Te preguntarás lector ¿qué le cuesta al Trife hablar claro? ¿Por qué anda por las ramas? ¿Por qué tanto rodeo? Tus preguntas serán muy razonables. Esta falta de claridad en los escritos triferianos, aparte que alborotan el gallinero, le restan seriedad al Trife. Si ahora organizamos un concurso de Cortes en Yucatán, el Trife no ganaría el concurso de “Miss Simpatía”. Ni siquiera el de “Miss Fotogénica”. A nadie le gusta que le enchufen a un insuperable en una curul, sobre todo si te lo endilgan en nombre de la ley, porque eso significa que te lo hacen a propósito.
Concurso o no, la imagen del Trife en Yucatán ya no es la misma. Como que antes lucía más. O no la vimos bien o ahora está medio estropeada.
Cuando se le habla… ¿Dónde estás que no te veo? ¿Por dónde andas que no me oyes? Cuando responde, no se le entiende. A la Columna le recuerda a los antiguos griegos -mucha ruina-, pero también a los tiempos de la Biblia. ¿Te acuerdas, lector, de la parábola de las diez vírgenes, que nos relata San Mateo (25, 1-13)? Las cinco vírgenes prudentes permanecieron despiertas, en vela. Las cinco insensatas se durmieron.
El Trife no es virgen prudente. Le avisaron que venía el ladrón, le dijeron por dónde, a qué hora -a las vírgenes no les dio San Mateo tanta información- y todavía así se durmió y permitió que le robaran el Décimo Distrito. Podemos decir que el ladrón llegó, golpeó a la puerta y el Trife le abrió.
Sí, le robaron a los yucatecos, es cierto, pero más le robaron al Trife, porque es el supremo guardián de la ley electoral en México.
Porque se durmió en el cumplimiento del deber. Por indiferencia o negligencia o -mejor lo dejamos en “o”- permitió que en sus narices el Tribunal Superior Electoral de Yucatán atropellara todas y cada una de las leyes y buenas costumbres que dijo que iba a atropellar, como esa de dejar indefensa a una dama. Ya ni caballeros hay por allá.
Como ves, lector, esto no es un cuento de hadas. El Trife no tiene una varita de virtud que pueda vestir de diputado a un impostor. Sus sentencias tampoco pueden lavar ni planchar la ropa sucia que el Tribunal Superior Electoral está enviando al Congreso. Este es un cuento en que los ladrones le ganan a la policía, mientras se le tuerce el brazo a la ley para que haga el papel de alcahueta.
No es saludable que se obligue a la ley a representar papeles de celestina, en que se le ponga al servicio de la mentira, la injusticia y la mala fe, como se le quiere poner en el Décimo Distrito. Se le desacredita como medio para resolver las diferencias.
Este descrédito puede abrir la puerta a la acción directa u otros sustitutos indeseables. Al leer este cuento, la Columna se acuerda de San Mateo, de las pitonisas griegas, del enano de Uxmal y también del procurador Pilatos (en estos cuentos siempre hay un Procurador por alguna parte. Hay cierto olor que los delata).
El gobierno de Vicente Fox no se podría lavar las manos en la muerte de este justo. El ladrón del cuento puede ganar porque lo han tratado muy bien. En todas sus fechorías anteriores, el Poder Judicial Federal, la Secretaría de Gobernación y la Procuraduría General de la República lo trataron con el guante blanco, la negociación interminable, la espera paciente, la contemplación alelada y la absolución total que lo han invitado a robar de nuevo. Si el desacato hubiera tenido escarmiento, alguno siquiera, el Tribunal Superior Electoral no se habría lanzado al asalto. Lo hizo envalentonado por la impunidad que le han ofrecido y comprobado, por la apatía federal -¿qué otro nombre darle?- que le ha permitido sobrevivir como ave de presa mientras sus antiguos compañeros de vuelo son fósiles de museo gracias a la reforma constitucional, desobedecida en Yucatán, que los extinguió en el resto del territorio mexicano.
¿Cuánto tiempo estará en vigor la impunidad que arma las manos de los atracadores? Ya que nadie les quiere hacer justicia hoy, es justo que los yucatecos tengan mañana la última palabra. La última, inatacable, definitiva palabra.
