(Primera Columna publicada el 12 de mayo de 2005)
El 10 de mayo, cuando el reportero llegó a la Plaza Grande, don César Pompeyo rezaba el rosario en la banca de costumbre.
-Rezo por los que no tienen madre, periodista.
-Pues no va usted a terminar hoy -le advirtió al reportero y, respetuoso, se retiró, para no distraerlo de su pía actividad.
Ayer, 11 de mayo, Pompeyo seguía rezando el rosario, en la misma banca. Rezaba con suma aflicción.
-Ni que fueran tantos los huérfanos, don César. ¿Cuántas vueltas ya le dio a los misterios gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos?
-Yo sólo rezo los dolorosos.
-Por eso tiene usted esa cara. Ya párele. Cruce al Colón a tomar un helado. Lea usted el “Diario”…
-Si leo tu periódico, con las cosas que publicas me voy a pegar un tiro.
-Cuidado, no vaya usted a hacer eso. Lo van a acusar de homicidio, le van a dar 20 años y va usted a parar en la Suprema Corte. Es un viaje largo. Vamos, lea usted el “Diario”. Lealo.
-¿Para qué? No soy masoquista. Crisis en el Hospital O”Horán, ¿quién nos va a curar? Crisis del PAN, crisis de los borregos, crisis del henequén. ¿Qué vamos a comer? Crisis del agua potable: que desperdiciamos la mitad, que la otra mitad nos cuesta un ojo de la cara. ¿Qué vamos a beber? Crisis de las tarifas: la Comisión nos cobra una barbaridad por la luz. Ahí se nos va el otro ojo. Crisis de los maestros: plantones, perros calientes y juguitos en vez de clases. Así nos vamos a embrutecer. Crisis de Xmatkuil, crisis de la Contraloría: les damos nuestro dinero, con la falta que nos hace, y ni siquiera nos rinden cuentas. Nos van a dejar en la calle. Si nos dejan en la calle, crisis del tránsito: nos atropellan. ¿Ya viste las fotos de “La i”? Enfermos, muertos de hambre, muertos de sed, ciegos, embrutecidos, descontrolados, aborregados, en la calle, atropellados… Y luego me preguntas por qué tengo esta cara…
-Hombre, don César, parece letanía. No sea usted tan negativo. Mire, en eso de los borregos, don Xavier…
-Un momento, periodista. Se dice el pecado, no el pecador. No me remojes… Pronuncia bien: ¿hablas de Xavier o de Javier?
-No, si usted no se remoja, yo tampoco.
– Entonces, ¿quién se va a remojar? ¿Quién nos va a defender? ¿Benedicto 16?
-No le daría el tiempo. Bastante chamba tiene con los cardenales, obispos y monseñores que van contra la doctrina de la fe y nos quitan la esperanza. No hablemos de caridad, porque…
-Te vas a condenar reportero -advirtió don César, santiguándose-. En vez de tus blasfemias, ¿por qué no entrevistas a don Vicente ahora que anda por acá? A lo mejor él sí quiere remojarse.
-Don Vicente no se mete en nada. Ya lo vimos. La mafia… Bueno, no sería mala idea. La mafia sí se remojaría, don César. Ellos nos dan lo que queramos, pero siempre que nos controlen. Quedamos trincados para siempre, pero nos mantenemos. Tienen un montón de dinero. Fíjese cuánto le dan a las iglesias. Claro que es buen negocio: el evangelio les devuelve el ciento por uno…
-Reportero, se te va la lengua… Además de hambrientos, sedientos y quebrados, nos vamos a quedar excomulgados. Yo regreso a Chabihau. Allá sí puedo remojarme…
-Espere, don César, no nos podemos quedar secos, desconchinflados, desvestidos y alborotados. ¿Alguien tiene que ver qué está pasando con el hospital, con los borregos, con nuestro dinero? Piense quién podría ser, piense…
Los pensamientos envolvieron a la banca de costumbre con el silencio solemne en que nacen, crecen y se reproducen las decisiones fundamentales que modifican el destino de los pueblos. Algo insólito, porque nosotros no estamos acostumbrados a pensar. Por eso no actuamos. Nos quedamos donde nos ponen, donde nos dejan, donde nos meten, donde nos tiran, donde nos empujan, donde…
-¡Patricio! -gritó de pronto el reportero, como si fuera Cristóbal Colón -. ¡El gobernador! Nuestro representante. El sí nos puede decir qué está pasando. ¡Quién mejor que él para defendernos! Vamos a pedirle a Patricio que se remoje. Además, ya sabes usted cuál es su apodo. ¿Qué le parece, don César? ¿No se uniría usted a la demanda urgente, a la exigencia inaplazable, que un clímax de solidaridad cívica levante la voz, aquí, en la Plaza Grande, frente a Palacio, y le pida a…
El reportero giró la cabeza para mirar al señor Pompeyo, para ver la cara que ponía, vio que en la banca sólo había un rosario, con un misterio desprendido, con la cruz colgando. La banca estaba vacante. Don César había desaparecido.
