(Primera Columna publicada el 22 de marzo de 2007)
En la Plaza Grande, César Pompeyo esperaba ayer al reportero con una carpeta azul en la que se leía, con letras grandes, rojas, dos palabras: “Desacato II”.
—La segunda edición de una película de terror, don César? ¿La segunda temporada de una serie de suspenso sobre una conspiración siniestra?
—Es una colección de documentos sobre el nuevo hospital, reportero. Ese que tú llamas de Alta Especialidad y yo de Altas Manualidades, porque muchos han remojado las manos…
—Son los documentos que escondió el gobierno del Estado para que nadie sepa cómo, cuándo, dónde, quién…?
—¿Por qué no esperas a que termine de responderte a una pregunta para que me hagas otra? Sí, “Desacato II” es una segunda edición. Sí, es una segunda temporada. Sí, el argumento tiene lo suyo de suspenso, algo de siniestro y matices de conspiración. También de terror. Pero no: no son documentos esos secretos que, según las malas lenguas —y algunas buenas— encierran cifras que armarían un escándalo y nombres que provocarían una conmoción. La carpeta contiene una colección de papeles que podrían servir de prólogo a la verdadera historia del hospital. Comienza con un boletín de 2004, que consigna cuáles fueron las intenciones, los planos originales, y termina con las dos cartas que empiezan a descubrir las entrañas de “Desacato II”.
—Estamos en el Año de las Epístolas, reportero. Ya publicaste la primera carta del apóstol Fernando a los panistas y también la primera del apóstol Hugo a los mismos feligreses. Hoy miércoles nos diste a conocer el escrito del doctor Navarrete, pidiendo al gobierno del Estado que le revele ocho grandes secretos de la construcción del hospital, y la respuesta anonadante del secretario de Obras Públicas, ingeniero Manero: No te voy a revelar ninguno.
—Pero ¿dónde está el desacato, don César? En cuestión de jerarquía, más o menos están a la misma altura. Y yo diría que el cargo del ingeniero es más alto que el puesto del doctor.
—Eso es cierto, periodista, pero el doctor habla en nombre de don Felipe. Es como si un cura de aldea levantara los ojos y le dijera a Dios Padre: “Vete al diablo”.
—Eso no es un desacato, don César, es una blasfemia. Es inconcebible.
—Exacto, reportero: es inconcebible, así como están las cosas, que el gobierno del Estado se nigue a rendirle cuentas a Los Pinos, tanto más cuanto que la Federación fue la que dio el dinero para construir el hospital. Además tú precisas que no es un hospital del estado, sino federal. Yo no conozco al doctor Navarrete. No sé a quién le debe el puesto de director, si se lo dio el gobernador o se lo dio el Presidente, pero me pongo en su lugar: yo no aceptaría que me entreguen un hospital enfermo de secretos. Sobre todo si es un hospital para tres estados (Quintana Roo, Campeche y Yucatán).
—Ahora, don César, póngase en contacto con el lugar del ingeniero Manero. El alega que, de acuerdo con no sé qué ley, sólo a la contraloría del estado le corresponde averiguar qué es lo que ha pasado y está pasando en el hospital.
—Me es muy difícil, reportero, ponme en el lugar del señor Manero. Yo no haría lo mismo. Si mis cuentas están en orden, si lo que hice está bien, si no tengo nada qué ocultar, ¿por qué voy a cerrar el pico? A menos, claro, que haya un pico muy grande de por medio. Si yo estuviera en el lugar del señor Manero, no sólo contestaría las ocho preguntas del doctor Navarrete sino todas las que se le suceden al mundo entero. Que venga a investigarme cualquiera. Sería para mí una oportunidad de lucimiento. Yo no me refugiaría en la ley para eludir un deber que me señalan la ética y la moral.
—Tienen timba y jiribilla —prosiguió Pompeyo— esas ocho preguntas que manda hacer don Felipe sobre los secretos de una obra tan discutida como el Hospital de Altas Manualidades. Ya llegó a tal grado la inquietud sobre las presuntas “chafas” y las supuestas “transas” en la inversión de los 900 millones que nos está costando, que no vemos para la administración de don Patricio otro camino honorable que la respuesta cabal a cada una de las ocho interrogaciones. Una respuesta pública, de manera que no quede en el aire la menor sospecha de que hay gato encerrado en el hospital.
Invitado por el reportero, don Vittorio Zerbbera, siciliano que, como se sabe, vino a observar nuestros procesos electorales, doctor en mafias por la Universidad de Palermo, se levantó de la banca de costumbre, donde escuchaba el diálogo con interés creciente, alzó la mano y pidió la palabra:
—Yo tengo otra pregunta, la novena. Usted, signore Pompeyo, nos habla de “Desacato II”. ¿Cuál fue el primero? ¿Qué consecuencias tuvo?
Don César se le quedó mirando al siciliano, de hito en hito, y al fin le dijo:
—Quien menos debe preguntar eso es usted, señor Zerbbera. Se supone que lo sabe perfectamente bien, está enterado de todo. ¿Acaso no es usted experto en mafias?
