(Artículo publicado el 21 de mayo de 2006)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
Cuando dos ciclones se fusionan, sea que uno alcanza al otro, sea porque sus trayectorias se encuentran, ambos pierden fuerza. Es una observación de expertos en meteorología que puede tener validez también en las tormentas que se generan en el seno de la Iglesia Católica.
El Vaticano ha escogido el viernes 19 de mayo, día del estreno mundial de la película “El Código da Vinci”, para anunciar su fallo sobre las acusaciones a Marcial Maciel Degollado. Se dirá que es una coincidencia. No se debe descartar que sea una medida calculada para restaurarles espacio y diluir el impacto de dos escándalos que han puesto en el ojo del huracán a las dos ejércitos católicos de mayor poder e influencia: el Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
Cuando el presidente mexicano Porfirio Díaz buscaba desviar la atención pública de un problema, en el Sureste por ejemplo, propiciaba otro en el Norte. Divide y vencerás. Solas en su momento particular, las perturbaciones del Código y de Maciel prosperarían en aguas cálidas, favorables. Juntas compiten, se neutralizan ante un foro global ávido de lo nuevo. Un escándalo encima de otro tiene arrugas de vejez. Es un modo de ver las cosas, hay otras, pero no es ocioso recordar que la diplomacia vaticana, por prudente y astuta -es receta del Evangelio- tiene fama de ser la número uno.
El Opus Dei ha navegado con pericia las crestas de su crisis. Rompió los secretos que velaban las actividades de la congregación y la convertían en blanco de los francotiradores que apostados en las azoteas del rumor, las verdades a los medios y la invenciónada de historia, disparan al aire seguros de armar ruido y causar daño.
El Opus dio un golpe de timón. Se abrió de par en par a las preguntas, a todo lo que usted quiere saber sobre el Opus Dei y nadie se lo había querido decir. Juan de la Mora, su jefe de prensa en Roma, dio la orden de romper el silencio impuesto desde su fundación en 1929 por Josemaría Escrivá de Balaguer. Romperlo sin excepción, sin prohibición. El tabú se quedó atrás.
Con el debido permiso y las facilidades consiguientes, John Allen, periodista estadounidense destacado en la capital italiana, hurgó en las entrañas de la congregación, cuando entraba en apogeo la controversia sobre el Código, y escribió a fines de 2005 su libro “Opus Dei: una mirada objetiva detrás de los mitos y la realidad de la más polémica de las fuerzas de la Iglesia Católica”.
Thomas Bohlin, jefe de la orden en los Estados Unidos, se reunió con reporteros de “Time” en Nueva York, en una sesión de varias horas. Con el título de “El Opus del Código”, la revista dedicó a la entrevista el trato extraordinario de la portada y nueve páginas de su número del 24 de abril. Riqueza, tácticas, objetivos, penitencias, dirigentes, censuras: fue una demolición de misterios. Los francotiradores del Opus se han quedado cortos de blanco y parque. Se han quedado con las fantasías antiguas sobre Jesucristo y la Magdalena, que cada cierto tiempo aparecen y desaparecen.
No ha habido rectificación del rumbo en la Legión. Ni en los capitanes ni en la infantería. Se han anclado en la estrategia de amurallarse en torno al Padre Maciel para aislarlo de las denuncias de cuatro décadas, como si no existieran, mientras construían al mismo tiempo en torno a la figura de su fundador un culto impresionante a su personalidad. En vez de la refutación, el elogio masivo como arma contra las acusaciones.
No son afortunados algunos conceptos de la reacción oficial legionaria al fallo compasivo de la Santa Sede que por razones de edad y salud se concreta a prohibir al Padre Maciel el ejercicio público de su ministerio, según lo ha entendido la generalidad de los informadores del suceso. “Ante las acusaciones en su contra, él afirmó su inocencia y… optó siempre por no defenderse de ninguna manera”. El papel de víctima callada favorece, dentro de la Legión, la solidaridad filial inculcada a machamartillo, pero no promueve en el exterior la absolución pública que nada más obtiene un inocente cuando, seguro de que no tiene culpa, no sólo permite que lo investiguen y lo juzguen sino que lo exige. El refrán sobre la mujer del César dice que no basta con que asegure que es honesta: debe demostrarlo.
¿No defenderse de ninguna manera? Vamos a admitirlo como una verdad a los medios. A suponer que el fundador no sabía, porque no quería saberlas o se las ocultaban, todas las represalias que han sufrido sus denunciantes como parte de una contraofensiva anónima que ha librado sus grandes batallas en los pasillos de los centros de poder.
La verdad sobre el Opus Dei es cosa pública. El escándalo ha beneficiado a la milicia de Escrivá de Balaguer. Tuvo el valor y el acierto de salir a la calle y dar la cara. La verdad sobre los Legionarios de Cristo y el Padre Maciel se ha quedado en casa, guardada en la caja fuerte bajo las siete llaves del silencio, el secreto, la sospecha, la compasión como último recurso.
Josemaría Escrivá está en los altares. Dios quiera que Marcial Maciel no se quede en la enésima pregunta.- Mérida, Yucatán.
