(Primera Columna publicada el 10 de abril de 2007)

La votación fue unánime: el reportero, don Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be) y César Pompeyo acordaron prolongar sus charlas morales para analizar los “desórdenes” y “embrollos” con los que el gobierno nos asusta en el conflicto del Hospital Regional de Alta Discrepancia.

El planteamiento estuvo a cargo del periodista. El director del hospital, doctor Navarrete, le mandó una carta al secretario de obras públicas, ingeniero Manero, solicitándole un informe sobre las fianzas pagadas por contratos violados, multas, rescisiones, retenciones y otras penas aplicadas a los retrasos, precios inflados, modificaciones de los convenios a la mitad del camino, imprevistos y equivocaciones. El ingeniero se niega: no hay ley que lo autorice a informar al señor Navarrete y, por lo tanto, informarle sembraría “el desorden” y los “embrollos”. Las autoridades sólo pueden hacer lo que la ley les permite. Como diría García Márquez, el doctor no tiene quien le escriba. Don Vittorio dijo:


—Mamá mía, ustedes los mexicanos no han salido del absolutismo de los emperadores aztecas y los caciques mayas. En la mía Sicilia usamos en otra forma las leyes que el periodista menciona: para proteger al hombre de la calle contra la mafia, no a la mafia contra el hombre de la calle. Para amparar al chico contra los abusos y arbitrariedades del grande, no al grande para que abuse del chico. Nuestra lex romana, ratificada por el código napeolónico y el pleno del congreso internacional de juristas reunido en Estrasburgo, autoriza al ciudadano a pedir a las autoridades toda información que nuestra carta magna no le prohíba pedir. A menos, claro, que la información solicitada dañe a terceros. Il dottore Navarrotto ¿no es un ciudadano con derecho a pedirla? La ley de ustedes ¿no les permite proporcionar la información que no les prohíbe dar? Ustedes cuidan a las autoridades, nosotros cuidamos al pueblo.

—Tenga presente, don Vittorio —indica el reportero—, que en Palacio se alega que informar al señor Navarrete, no Navarrotto, provocaría un desorden…

—Todo lo contrario, caro amico. Rendir informes obliga a ordenar y desglosar cuentas, a enderezar cifras que estén de cabeza, a ponerlas al día ya fácil disposición de cualquier pagador de impuestos que quiera revisarlas. Contabiliza las fianzas, suma las multas, cuantifica las irregularidades para evaluar las equivocaciones…

—Aquí nos advierten que los errores y las equivocaciones del hospital son regularidades. No cuestan.

—En la mía Sicilia, a los que dicen eso los tiramos al Mediterráneo. ¿Aquí que hacen con ellos?


—Viene a verlos don Felipe. Por ahora. Pero quienes pueden responder mejor a su pregunta son los candidatos. Solicíteles a ellos qué piensan sobre las equivocaciones y las irregularidades. Vamos a ingerir seis años la opinión de uno de ellos.

—Ojalá la digieran —nos deseó Zerbbera—. Otra pregunta: ¿qué es eso de “embrollo”. En la facultad de mafia de la Universidad de Palermo no hemos investigado ese vocablo. Nos gustaría aprender a usarlo.

Pompeyo, coleccionista de diccionarios, lexicones y otros amansaburros, intervino en auxilio del reportero:
—Embrollo, don Vittorio, es una situación confusa, agitada o embarazosa, acompañada de gran alboroto y tumulto.

—Todo eso es lo va a provocar que los ilustrísimos signores Patrón y Manero le den al dottore Novarrata los informes que pide? ¿Tan graves son los secretos del hospital?
—Navarrete, don Vittorio, Navarrete. Puede haber otra razón para que no se los den. “Embrollo” significa también “conjunto desordenado, revuelto y enredado”.

—¿Así están las cuentas de la secretaría de obras públicas y el hospital? ¡Con razón las tapan! Los contratistas, los proveedores, los ingenieros, los diseñadores, los secretarios, ¡esos serían los terceros perjudicados!, ¿no?
—Tenemos otro motivo, don Vittorio. Hay por allá un convenio. Dice que el señor Navarone…

—Navarrete, don Cesáreo: Navarrete. Navarone son los cañones que nos apuntaban desde la costa de Italia. Anthony Quinn se los dejó a las nazis en aquella película de suspenso que le está confundiendo a usted. ¿Es el hospital otro drama de misterio no apto para cardíacos y menores de edad?
—Como le dije, don Vittorio, hay un convenio. Según Palacio, el documento señala que el médico no tiene derecho a pedir esos informes, porque su puesto no es estatal ni federal. No está ni aquí ni allá. Está en medio de no sé dónde. Así están las cosas por acá. De ese tamaño…

—Io no capisco, comendador Pompeyo. No comprende la mía testa, no ingresa en el mío entendimiento que el director del hospital no pueda recibir informes sobre su hospital. A los que dicen eso en Sicilia los tiramos también al Mediterráneo. Si los rescatan los arrojamos al Strómboli.

—Oiga, don César —retornó el reportero— me viene una idea: ¿qué tal si le solicitamos al Quirinal que nos permita enviar a Sicilia a los magistrados del Tribunal Superior?


—Cuando quiera tus ideas, periodista, te las pregunto. En Italia hay una ley que prohíbe la contaminación de las yeguas. En vez de sugerir medidas que nos pueden meter en un conflicto internacional, ¿por qué no nos informa de la visita del señor Calderón? ¿Qué se dijo?


—Que el Hospital Regional de Alta Especialidad es el orgullo de la medicina mexicana contemporánea. La joya de la corona. Que don Vicente y don Patricio nos han dado lo que nadie más tiene. Que valdrá la pena enfermarse si nos van a curar allá. Don Felipe vino a celebrarlo.

-¡Bravo! —aplaudió don Vittorio—. Que los árboles de los embrollos, los enredos y los desórdenes no les impidan ver el bosque frondoso del hospital. Son peccata minuta que sólo tienen qué ver con el oficio de gobernar, no con la ciencia de curar. Sobre estos pecados que nadie, ni siquiera los candidatos, recordará el pasado mañana, porque en la bolsa de los tus valores ya son otras acciones las que están alza; sobre estos pecadillos, disminuidos por la estatura encumbrada de los logros, se yergue imponente el policlínico de Altabrisa. ¡Bravo, bravísimo!


Devoto de Santo Tomás, profesional de la controversia, profesor de crítica, vocero de los inconformes, portavoz de los discrepantes, feligrés de la denuncia, artesano de la irreverencia, observador permanente de los gobiernos y antiguo, atento servidor de la oposición, César Pompeyo se quedó esta vez sin palabras. Se sintió que no estaba ni aquí ni allá. Que se había quedado en medio. En medio del clamor de las quejas y la vibración de los aplausos. Recordó al “Caminante del Mayab”: “¡Pobrecito de mí!”. O “¡Pobrecito de ti!”. No se acordaba bien de la canción.

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