(Artículo publicado el 6 de noviembre de 2009)
Los secretarios de un gabinete presidencial no dimiten por gusto o voluntad propia. Casi siempre los dimiten. “Tenemos la honda pena de participar que el señor secretario ha presentado ayer su renuncia irrevocable al cargo que desempeñó con el beneplácito de la nación”. En la altiplanicie como en las ínsulas baratarias y las penínsulas apartadas, las bodegas de los mandatarios están repletas de beneméritos descontinuados y asesores que nos cuestan un ojo de la cara.
Por aquella verdad política tan frecuente, la verdad de que se van los que no estaban enterados de que se iban ni tenían intenciones de irse, sorprendió el 14 de enero de 2008 la noticia de que Beatriz Zavala había renunciado como secretaria de Desarrollo Social. Sorpresa porque se pensaba que había desempeñado con acierto las comisiones que le confiaron en Los Pinos y estaban al día los programas de la Sedesol.
Sorpresa también porque se acababa de ver en la televisión a la señora Zavala como cara y voz de la federación entre los desastres y las víctimas de las inundaciones de Tabasco. Felipe Calderón fresco, recién llegado, estrechando manos y abrazando niños llorosos. La secretaria, con el rostro fatigado por las jornadas entre las aguas del Grijalva, respondiendo con prontitud, sin evadir una, las preguntas de los reporteros, de manera que, en medio de la tragedia, flotaba la impresión de que el gobierno federal conocía qué estaba pasando y sabía qué tenía qué hacer.
¿Algún pecado oculto, algún desacierto incógnito condujo a la renuncia súbita, tanto más sorprendente cuanto que la mujer era y es, lo haga bien, mal o peor, un activo cotizado en gabinetes y gubernaturas que suelen estar acaparados por hombres?
La conjetura favorable a la senadora, deslizada, no confirmada, fue que su partido la reclamaba con mayor disponibilidad y libertad de acción en vista de las campañas electorales que se avecindaban. En Los Pinos se observó un silencio riguroso. El silencio que protege los asuntos intocables que se deben quedar en secreto.
El 15 de enero, también de golpe y porrazo, vino el anuncio de que renunciaba el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña, y lo reemplazaba nada menos que el niño bonito del régimen, Juan Camilo Mouriño. El 16 de enero el señor Ramírez llamó a la señora Zavala y le pronosticó que algún día saldría a la luz la verdad sobre sus forzadas renuncias.
“Excélsior” la publicó en reportaje que su edición del martes tres de esta semana de noviembre de 2009 presenta en primera plana. La verdad es: una maniobra de la presidencia de la república y el alto mando del PAN para acelerar el tránsito del joven Mouriño hacia la candidatura presidencial del partido.
Maniobra que tuvo como objetivo inicial la Sedesol. El lugar idóneo para enriquecer el capital electoral del delfín de Los Pinos era la secretaría que reparte entre gobernadores, alcaldes y delegados el dinero federal para la obra pública y los programas que generan la gratitud del pueblo. El mecanismo ideal para que Juan Camilo, simpático, bien parecido, empezara a vivir también en olor de popularidad. Sólo había un problema: Beatriz Zavala. Un obstáculo removible.
Por cortesía tal vez, no por necesidad, don Felipe solicitó la esperada colaboración de Ramírez Acuña para dar al repentino golpe de timón el aspecto de una meditación oportuna y sabia. El señor Ramírez se dio el taco de poner precio y condición a su respuesta afirmativa: que me devuelvan las facultades que le quitaron a Gobernación para engrandecer los poderes del jefe de la oficina presidencial, Juan Camilo, y fortalecer su alcurnia meteórica de supersecretario de estado y eminencia gris del gabinete.
Ramírez desempeñó quizá el papel de la criada respondona. Como no le dieron lo que quería se fue… o lo fueron para entregar Gobernación al joven Mouriño y despejarle de molestias e incomodidades su desplazamiento hacia el solio pontificio, en un cambio de estrategia que modificó el ajedrez político con un enroque distinto. Como ya no era factible devolverle a la señora Zavala el cargo, premiaron a Ernesto Cordero, el íntimo del presidente panista Germán Martínez, hoy defenestrado, y supuesto protector del bribón político acusado de invertir los caudales públicos de la Lotería Nacional en beneficio privado de su partido.
Dos años después Ramírez Acuña cuenta todo o casi todo —¿habrá algo más en el fondo?— en un reportaje que es otro paso al frente de “Excélsior” en el retorno que ha emprendido hacia el estrellato que una vez tuvo con Julio Scherer entre los periódicos capitalinos y puede volver a tener con la directiva actual.
Si la senadora despojada chistó o no chistó, eso no lo sabemos. Lo que parece es que Beatriz se disciplinó a la ingratitud de Los Pinos, al silencio que daba cariz de castigo a una estrategia soterrada de escalafón político. Por cierto, Colosio era presidente del PRI cuando lo nombraron secretario de la Sedesol, en otra movida asordinada, para proyectarlo hacia su trágica candidatura presidencial del PRI. La historia se ha repetido. Descansen en paz Luis Donaldo y Juan Camilo.
Los enroques y renuncias confirman que Yucatán es un bien disponible, descartable, para los señores del Centro. Tanto en el PAN como en el PRI los intereses de Yucatán son negociables. Carne de transacción. Pistas de lanzamiento. Trampolines para triples saltos. Peones sacrificables para conquistar una torre, derribar un alfil, ensillar un caballo negro o, si es necesario, dar un jaque al rey o al reyezuelo en turno. Sacrificaron a Beatriz Zavala como fueron sacrificados Dulce María Sauri y otros capitanes locales en los altares nacionales del PRI para canonizar a Ivonne en otra estrategia de golpe y porrazo, de sopetón, que algún día, Dios mediante, nos proponemos destripar.— Mérida, Yucatán, 5 de noviembre de 2009.
