(Artículo publicado el 22 de noviembre de 2009)
Camino del poder y la gloria, la supremacía en la corte de Carlos V y su amor secreto a la emperatriz Isabel, el joven Francisco de Borja, 18 años de edad, pasa en 1528 por la ciudad de Alcalá y se detiene a contemplar en silencio a un hombre cojo, al parecer enfermo, que varios oficiales de la Inquisición llevan a la cárcel.
Sin hablarle, Francisco sigue de largo a iniciar la carrera que comenzamos a resumir ayer y continuamos hoy con una síntesis de su personalidad poliédrica y refulgente:
El aristócrata: El origen de los Borja (Borgia en Italiano) se remonta a principios del siglo XII: en recompensa a su heroísmo en la reconquista de la España dominada por los moros, el rey concede a D. Pedro de Atarés, fundador de la familia, la posesión de Borja, ciudad que, situada en la región de Zaragoza, es mencionada ya un siglo antes de Cristo por el sabio griego Claudio Tolomeo.
El primer Papa Borgia, Calixto III, es “tataratío” de Francisco. Sus bisabuelos son el Papa Alejandro VI y el rey Fernando el Católico. Es sobrino de César y Lucrecia Borgia. Primo de Carlos V. Cuarto Duque de Gandía y Marqués de Lombay. Un árbol genealógico frondoso de frutos del bien y del mal.
El magnate: Hoy estaría a la vanguardia de la “VIP” (“very important people”) del mundo. En el apogeo de su trayectoria social y económica, en su ducado de Gandía (Valencia), habita fastuoso palacio rodeado de hidalgos, mercaderes y otros vasallos, unos 15,000, protegidos por murallas erizadas de 60 cañones. Su corte es de 130 caballeros y servidores. Su arsenal puede equipar a 50 hombres de armas y 600 arcabuceros. En su cuadra de primer jinete del reino hay 40 caballos de raza. Ningún otro “Grande de España” lo iguala en riqueza.
El político y gobernante: A él recurre Carlos V cuantas veces necesita de un hombre de fidelidad, honor y rectitud probados para resolver un problema delicado o ser su brazo derecho en el frente de batalla. El traslada a la catedral de Granada el cadáver de la emperatriz muerta en Valladolid. Es el preceptor del príncipe Felipe II. Mayordomo mayor de la infanta portuguesa que es la prometida del heredero de la corona. Como virrey de Cataluña, con sede en Barcelona, somete en cuatro años a los piratas, malhechores y nobles rebeldes que son el dolor de cabeza del monarca.
Tanto han sido demostrados su lealtad y feliz acierto en la dirección de los asuntos públicos, que el soberano lo llama a Madrid para ofrecerle el cargo de primer ministro de un imperio que comprende a España, los Países Bajos (hoy Holanda y Bélgica), Nápoles y extensa parte de Italia, las Islas Baleares, Cerdeña y las posesiones inmensas en las Indias Occidentales (América). Un imperio de tales dimensiones que “en sus dominios nunca se pone el sol”. A los 29 años de edad es el número uno de la corte imperial.
Los dos grandes: Es a los 29 años, en mayo de 1539, cuando sobreviene en su vida la voltereta repentina: en Granada abre el ataúd de la emperatriz muerta, para cumplir un requisito legal, y, al contemplar horrorizado el cuerpo podrido y desfigurado de quien fue reina de la belleza y amor secreto de su vida, pronuncia la frase célebre que haría a su vida girar en redondo: “No volveré a servir a un señor que se pueda morir”.
Ese mismo año de 1539, un hombre cojo, el que se había cruzado con Borja, sin mediar palabra, en Alcalá en 1528, se reúne con un puñado de sacerdotes para fundar la Compañía de Jesús. Trece años después se vuelven a encontrar, ahora para siempre, para servir al mismo Señor, los dos grandes jesuitas de todos los tiempos: San Ignacio de Loyola y San Francisco de Borja.
El neófito: Impedido por la peste de llegar a Barcelona y embarcarse hacia las Cruzadas, el soldado Loloya se había refugiado seis años antes, en 1522, en la gruta de Cataluña donde escribió sus “Ejercicios Espirituales”. La gruta de Manresa: parte hoy de un edificio imponente recorrido por nosotros en visita inolvidable. Gruta hundida en las inmediaciones de los escarpados peñascos que custodian el monasterio de Nuestra Señora de Montserrat en una guardia permanente de centinelas formidables. Si en Cataluña se había plantado la semilla de la Compañía de Jesús, si en Cataluña había florecido antes que en alguna otra parte, era lógico y natural que el virrey de Cataluña, Francisco de Borja, desengañado de los oropeles del mundo, se acercara a los jesuitas, buscara su amistad y, muerta su esposa en 1546, procurara ingresar como neófito en la Orden naciente.
El hombre fuerte: Loyola evalúa el impacto político y social de que el grande de los Grandes de España vista de pronto la sotana. Ignacio prescribe un período de prueba: “Madrid no está preparada” para el escándalo inesperado. No sólo Madrid —añade— : “El mundo no tiene orejas para oír ese estruendo”. El emperador pone el grito en el cielo. Al fin, como secreto fue su amor platónico a Isabel de Portugal, en secreto se hace jesuita. Viste de gala durante el día, en los asuntos de estado, y de hábito por la noche, en su soledad de religioso. Dos o tres años más tarde, cumplidos los tiempos y condiciones impuestos de mala gana por Carlos V y dispuestos con prudencia por Loyola, acomodados sus ocho hijos, se ordena sacerdote en 1551 a los 40 años. La sorpresa llena a España de estupor y corre como reguero de pólvora por el continente: el Duque de Gandía, el hombre fuerte del imperio, renuncia, se va de cura: el que era todo se hace nada de la noche a la mañana. La sensación de Europa.
Mendigo y predicador: Del palacio se retira a una ermita pueblerina. Es ayudante del cocinero: acarrea agua y leña, enciende la estufa, limpia la cocina, sirve la mesa y, si comete algún error, se tiene que arrodillar a pedirle perdón a la comunidad por su torpeza. De harapos sale a ejercer en la calle el oficio de mendigo o a predicar en las plazas. Cuando se lastima la cabeza, el médico, al vendársela, le dice: “Temo, señor, que voy a hacerle algún daño a vuestra gracia“. Francisco le responde: “Nada puede herirme más que ese tratamiento de dignidad que me dais”.
Ni Papa ni cardenal: Cuatro veces quieren nombrarlo cardenal: otras tantas se niega. Carlos V lo exige y el Papa Julio III lo complace, pero San Ignacio ruega al Vaticano: “Consulten antes con él”. Francisco no acepta el capelo. Otros tres Pontífices disponen su incorporación al Sacro Colegio: se esperaba ya que fuera el tercer Papa Borgia. Nueva intervención de San Ignacio hace posible la segunda negativa. Sus votos solemnes de humildad, sugeridos por Loyola como escudo, favorecen la tercera. Ante Gregorio XII ya no valen protestas, negativas y súplicas: por obediencia debe ser cardenal. La muerte de Francisco, el 30 de septiembre de 1572, lo salvó por cuarta ocasión del sufrimiento de una dignidad que no quería.
El jesuita: El orador eminente de la corte es ahora en el predicador que obra maravillas con sermones que Santa Teresa y San Carlos Borromeo acuden a oír… Perseguido por la Inquisición, que veta sus trabajos y hostiliza a la Compañía, traslada su elocuencia a Portugal… San Ignacio lo nombra Superior en España… No tarda, por irrevocable mandato pontificio, en asumir la jefatura de la Compañía como su tercer Prepósito General… San Pío V le entrega la defensa de Roma contra la peste y después la custodia de la ciudad… Dirige la Contrarreforma, la respuesta vaticana al protestantismo, en Alemania, Francia y Polonia… San Pío V le confía la batalla contra la peste en Roma y le entrega después la custodia de la ciudad… El mismo Papa lo pone al frente de la organización de la campaña contra la Liga turca que culminaría en el gran triunfo cristiano en la batalla naval de Lepanto…
Es el padre de dos instituciones cimeras de la Iglesia: funda el Colegio Romano, hoy conocido como Universidad Gregoriana, y también un colegio de cardenales que tomaría el nombre de Sagrada Congregación de la Fe… Crea los primeros noviciados de la Orden y los primeros 150 colegios para laicos, que inician los cuatro siglos fecundos en que los jesuitas asumieron la educación de la flor y nata de la juventud mundial… Fundador en su período de prueba, primer alumno y primer graduado, doctor en teología, de la Universidad de Gandía… A su celo apostólico se deben las primeras misiones jesuitas en América y sus primeros 60 mártires… Es el recopilador, revisor y director de la principal edición de las reglas de una Compañía que tiene hasta hoy los cimientos de Ignacio de Loyola y el edificio de Francisco de Borja…. En un artículo no caben los méritos de sus siete años de generalato en que puso su experiencia romántica, civil y militar de enamorado, guerrero, gobernante y estadista al servicio de un Señor que no muere.
El santo: El Papa Clemente X lo canoniza en 1670… Sus restos, que descansaban en la casa jesuita de Madrid, fueron quemados por los republicanos en 1931, pero encendidos para siempre, como faros de la cristiandad, estarán sus testimonios de humildad invencible en el seno de la grandeza mayor y en el uso del poder absoluto, como lección edificante para presidentes y gobernadores, cardenales, obispos y otros dignatarios prepotentes, ansiosos de gloria, ávidos de halagos y honores, hambrientos de poder y sedientos de riqueza… La Iglesia Católica se dispone a exaltar su trayectoria edificante con la celebración del quinto centenario de su nacimiento el 28 de octubre de 2010. El rey Juan Carlos de España preside el patronato que organiza los actos conmemorativos del año jubilar de San Francisco de Borja.
Terminamos con una cita de los sermones de San Francisco de Borja que, cinco siglos después, le viene como anillo al dedo a no pocos yucatecos: “En el juego se pierden cuatro cosas: el tiempo, el dinero, la devoción y, a menudo, la conciencia”.— Mérida, Yucatán, 22 de noviembre de 2009.
