(Artículo publicado el 3 de octubre de 2009)

El desenfreno que caracteriza los gastos del gobierno del estado, la complicidad que le brindan los diputados del PRI y la continuada anemia cívica de su partido forman el espinazo del escándalo que hemos comentado con una serie de impresiones en dos artículos precedentes.

Ivonne Ortega Pacheco ha solicitado al Congreso que le autorice un crédito de 1,870 millones en una iniciativa que es confesión virtual del patatús en que están postradas las finanzas públicas a pesar de la notoria abundancia de ingresos, que han ascendido en 23 meses a una cumbre de cuarenta mil millones que sus administradores tratan de reducir en demoradas limosnas de información.

Con mansedumbre de rebaño, los legisladores priístas se han valido de su supremacía numérica para aprobar a tontas y a locas, a golpe de montón, la solicitud escuálida, sin entraña técnica y jurídica, de cargarle a Yucatán esa cruz que llevará a cuestas 25 años o nadie sabe cuántos más si la dirección de la economía estatal sigue por el camino descarriado que va.

La táctica de descartar sin contemplaciones, a la brava, los argumentos fundados que vertebran la oposición al préstamo, oposición que ha sido oportuna, clara y copiosa; Esa táctica, repetimos, ha tenido la solidaridad impenetrable de las figuras y los figurones que están hoy en el pandero del PRI.

En este refrendo que hace, en su regreso al poder, de una costumbre que le ha merecido el sambenito de agencia de reclutamiento de domésticos del señor gobernador —o gobernadora— , el PRI decepciona al ciudadano de buena fe que había confiado en que aprendida la lección con su derrota de 2001, agradecido de la nueva oportunidad recibida en 2007, el partido había iniciado su maduración como servidor respetuoso de la ley, agente de la democracia y gestor del bien común.

Con la salvedad aislada de un artículo de Dulce María Sauri Riancho, que presenta un examen serio de las deficiencias que pueblan el documento que solicita el crédito, el alto mando y las infanterías del PRI han guardado un silencio sepulcral mientras sus diputados convierten el recinto del H. Congreso del Estado en una capilla de adoración perpetua a la pastora

Pastora despistada porque parece que no acierta a sentir de dónde sopla el viento, por dónde sale o se pone el sol en el camino del gobernante. En el escándalo que nos ocupa, por ejemplo, busca quitarse de encima a sus críticos con la promesa de “que en tiempo y forma” les dará, sobre los secretos del endeudamiento progresivo, las revelaciones que a su hora no les ha querido dar.

Aparte de que la fórmula manoseada de “en tiempo y forma” equivale en nuestro argot político a que lo voy a hacer cuando me dé la gana, si es que me da, la señora no se fija en que lo que dice es lo contrario de lo que hace. Que está tan fuera de tiempo como lo está de forma. La forma era la iniciativa en la que pidió autorización para contratar el préstamo. El tiempo fue el momento de entregarla a la Legislatura. Así lo estipulan las consagradas reglas del juego.

Pero a lo que estamos consagrados es a remar contra la corriente. Cuando el mundo cercano y lejano se aprieta el cinturón, cuida el peso, ahorra el dólar o exprime el euro para ver cómo sale del bache global, nosotros nos vamos de farra en farra con un gobierno botarate que encaja en un diagnóstico del ex presidente estadounidense Ronald Reagan: “El gobierno no es una solución a nuestros problemas. El gobierno es el problema”.

El problema nuestro no es la ruina del henequén, el despojo del chile habanero o los rostros descompuestos de la crisis. La cara fea, el problema de Yucatán es un gobierno en que los mandantes les hacen los mandados a la mandataria y su corte. Un sistema en que las cosas se hacen al revés. ¿Están a gusto los yucatecos con trato semejante? Conviene responder a esta pregunta en las elecciones que empezaremos a preparar en este mes de octubre. Elecciones en las que, todos opinan lo mismo, no estará de por medio la suerte de Mérida o Tizimín sino el destino de Yucatán quién sabe por cuánto tiempo.

La crítica no es una pelusa que los gobernantes y sus partidos se puedan quitar de la manga con leve golpe de tres dedos. La crítica al patatús financiero y sus causas debe recibir en las casillas la atención que hasta ahora no encuentra ni en Palacio, ni en el Congreso, ni en el PRI. Cuando las autoridades ignoran al ciudadano el voto es la demanda de amparo. La urna es el tribunal de apelación.— Mérida, Yucatán, 2 de octubre de 2009.

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