(Artículo publicado el 22 de octubre de 2009)
Entramos en nueva referencia a la profanación de la santa iglesia Catedral de Mérida por la plebe y el equipo de Televisa que llenaron el templo para participar en el rodaje, ante el Cristo de la Unidad y la imagen de Nuestra Señora de Yucatán, de escenas de una telenovela escabrosa, “Sortilegio”, que para numerosos yucatecos culminó en un sacrilegio.
El canónigo Carlos Heredia Cervera dijo en la iglesia de la Divina Providencia, en misa del domingo 11 de octubre, que fue él quien otorgó el permiso para la filmación de la telenovela y ofreció disculpas a los feligreses.
Rector y coordinador de la curia, el Padre Heredia mencionó dos de las razones para conceder la autorización. Una: Televisa había prometido que poca gente asistiría. La otra: promover el matrimonio entre dos personas de diferente sexo, porque otra telenovela terminó en “boda de homosexuales”.
Al informar de las declaraciones del sacerdote, este periódico, en su edición del martes 20, las presentó con el título de: “La arquidiócesis, arrepentida por el caso de ‘Sortilegio’”.
Quienes conocen a don Carlos no ponen en duda la veracidad de sus explicaciones. Nosotros tampoco: creemos que él dio el permiso, que él fue el conducto para otorgar el permiso. El conducto. El conducto de una decisión que, opinión nuestra también, no es de su incumbencia o cae fuera de su jurisdicción, como quiera que se diga, a menos que la arquidiócesis esté viuda por falta de arzobispo u obispo.
Quien conoce bien a don Carlos sabe también que es proverbial su lealtad al protocolo eclesiástico y los escalafones jerárquicos. Pensamos que no hubiera osado, de sus pistolas, otorgar una autorización que sólo debe corresponder al responsable y titular de la arquidiócesis y de la catedral: el señor arzobispo.
A principios de nuestra era se entendía por cátedra el lugar donde la Ley de Dios era publicada. Por extensión se llamó cátedra a la iglesia episcopal en la que el pastor predicaba el evangelio a los fieles. Desde los primeros tiempos se denominó catedral al asiento del trono del obispo, de donde procede la costumbre de designar la dignidad episcopal con el nombre de silla o cátedra.
De la mano de la historia, nos parece correcto deducir que la decisión de abrir la Catedral a “Sortilegio” estaba reservada al señor arzobispo, o en ausencia de éste, al señor obispo auxiliar.
Aunque nos parece que el permiso se debió de negar a pocos o muchos, pues la objeción no era de número sino de evangelio, la disculpa que ha pedido honra al canónigo Heredia, porque está acompaña de pesar y humildad, pero creemos que debe ser aceptada únicamente a título personal. Don Carlos no representa a la arquidiócesis, como indica sin acierto, a juicio nuestro, el título de este periódico. La expresión debida de la pena, la disculpa y el propósito de enmienda corresponde al titular, al responsable de la cátedra.
Suponemos que la fidelidad a la verdad que, según quienes lo conocen, suele distinguir al Padre Heredia lo ha inducido a señalar dos de las razones que lo llevaron a ser el conducto del permiso insólito e infortunado. Pero reparemos en que precisa que son “dos de las razones”. Es una vez más de nuestra cosecha reiterar que los presuntos, principales motivos de la rendición del templo no fueron los secundarios que el Padre Heredia identifica. Tan secundarios que tienen olor a excusa buscada y hallada a posteriori. Pretexto para escapar del atolladero por la puerta de atrás.
En nuestra referencia anterior al escándalo de la Catedral propusimos que las verdaderas razones de la entrega de la Casa del Padre a los sacrílegos de Sortilegio fueron la sumisión a una solicitud del poder y el dinero. Solicitud que dadas las circunstancias políticas que nos imponen tenía el carácter de una exigencia. Exigencia de un poder o dinero que tienen cara, nombre y apellido: los titulares y responsables de Televisa y el gobierno del Estado. Juntos o revueltos, porque ni de lejos ni de cerca nos atrevemos a discernir dónde comienza uno y dónde termina el otro.
Vamos a disentir de nuevo. La arquidiócesis no tiene por qué arrepentirse ni ofrecer disculpa: debe recibirlas. La arquidiócesis son los laicos. Los laicos son los usuarios mayoritarios de la Catedral. A ellos se les ha de pedir perdón.
Nos unimos al beneplácito por la sinceración individual del Padre Heredia. Nos apena que su disculpa pueda significar que la soga se rompe por lo más delgado, porque será fácil que se vuelva a romper en éste o en otros casos en los que se pretenda disponer del nombre y de los bienes espirituales y materiales de los católicos yucatecos, sin respeto a los valores de su patrimonio.
El abecedario de la real academia indica que catedral no tiene i, pero el alfabeto de la ética obliga a poner los puntos sobre las íes en este sacrílego sortilegio que profanó la Catedral.— Mérida, Yucatán, 20 de octubre de 2009.
