(Artículo publicado el 14 de noviembre de 2009)

El papel de Llorona ya no le sienta. Ya es hora de enterrar a los muertos, quitarse el luto, secar las lágrimas y guardar el pañuelo. Es la manera en que el Partido de Acción Nacional en Yucatán debe dar la cara a las elecciones según opinión personal muy nuestra.

El análisis de la derrota, sus causas y sus responsables tiene trazas de cuento de nunca acabar. Las referencias cotidianas a la división interna, el divorcio de los semidioses, los pleitos domésticos, las pugnas por el hueso y otras rencillas intestinas en el PAN yucateco han entrado en franco camino a un masoquismo que ha perdido el interés que pudo haber tenido, incluso para el político que explota la destripación de cadáveres porque no puede vivir o prosperar fuera del morbo.

La llamada pasarela de los precandidatos a la presidencia municipal de Mérida, iniciada en estos días, corre el peligro de volverse velorio, rosario de pésame que ahogue en llantos y suspiros, ya tan vistos y tan oídos, en recriminaciones y anatemas, ya tan sobados y manipulados, que ahogue y asfixie, repetimos, el planteamiento saludable de ideas, planes y proyectos para gobernar a nuestros municipios e integrar el congreso.

Está cumpliendo un año el examen de conciencia en que los panistas se abrieron de capa y dieron entrada durante dos días a todas las críticas y opiniones sobre los reveses electorales de 2006. Se hizo una disección pública de los órganos vitales del instituto político y sus disfunciones. Nunca habíamos visto y no hemos vuelto a ver que un partido se desnude y promueva que lo toquen, lo revisen, lo ausculten, lo pongan al revés como un calcetín. Es un mérito que habrá que recordar y tener en cuenta.

No es recomendable que se estanque en un presente perpetuo, ni menos se relegue a un futuro indefinido la obra quirúrgica de descartar, depurar y recomponer, de manera que no pesen como lastre quienes se hayan negado a entrar al aro. Creemos que está vencido el plazo de dar disculpas y pedir perdón. Ya la letanía fúnebre de recitar las debilidades y los defectos, las revueltas y las desuniones en el seno del PAN debe correr a cargo de sus adversarios políticos e ideológicos. A ellos corresponde la crítica y censura a los panistas. A éstos el derecho de juzgar si la respuesta es necesaria, prescindible o de plano inconveniente. Con el sistema destructor de seguirse atacando a sí mismo en un canibalismo insaciable el PAN va a dilapidar en infiernitos su pólvora electoral.

No se predica que el PAN cierre los ojos al pasado, no. Que vuelva hacia atrás la mirada, sí, pero sólo para encontrarse de nuevo con su espíritu fundacional y recobrar el ímpetu generoso que hizo de ese partido el forjador eminente de la democracia en México gracias al criterio patriótico de que la participación electoral no tiene como fin prioritario la conquista del poder sino la siembra y difusión de principios y convicciones, de modos de pensar, ser y actuar que hagan a México mejor.

De acuerdo con sus cantos de cuna, con su fe de bautizo, el objetivo fundamental de los candidatos panistas en las próximas elecciones no es la conquista material de las alcaldías y las diputaciones: su meta primordial es la expresión y proposición de las formas de gobernar, administrar y legislar que nos urgen para que el estado se levante de sus postraciones y sus municipios puedan avanzar en el progreso con dignidad, decencia y concordia.

Devuelvan los candidatos panistas a la opinión pública la confianza en que sus candidatos ponen primero el bienestar de Yucatán y después la prosperidad del partido y sus legítimas aspiraciones al poder. Cuando los factores políticos se colocan en este orden se pueden perder batallas, pero no la guerra. No hay fracaso para el candidato que ve por los intereses de los demás antes de mirar los propios. No hay derrota: sólo un paso al frente para empezar adelantado la vez siguiente.

No se confunda esta filosofía electoral con un fatalismo derrotista: muy lejos se está de proponer una resignación pasiva o un dejarse llevar navegando a la deriva de las circunstancias del momento. Se pregona la militancia activa en la lucha por el bien común a cualquier hora y desde la trinchera que sea, no nada más desde las recintos del poder. Sea cual fuere el resultado de un comicio, con esta consigna no hay apaga y vámonos: hay ven y sígueme. Vamos, que no hay tiempo qué perder y sí mucho qué ganar. El hoy se hace mañana en la conjugación de un solo tiempo: servir. Quien eso busca nunca pierde.— Mérida, Yucatán, 13 de noviembre de 2009.

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