(Primera Columna publicada el 31 de mayo de 2008)
Hablando se entiende la gente. Se supone que hoy nos conocemos y entendemos cada día mejor: el teléfono celular y el internet, además de la prensa, han multiplicado los modos de ver, hablar y oír. La academia de la lengua autoriza que la palabra prensa agrupe a la radio, la televisión y los periódicos.
Hoy hablamos más, es cierto, pero parece que nos entendemos menos porque… Porque hablamos a tontas y a locas. O cuando hablamos no hay cuerdos y sabios alrededor. O no interesa nuestra palabra, ni infunde confianza, porque se siente o presiente que pensamos en nosotros, sólo en nosotros, cuando hablamos de los demás. Como tantas veces nos llega a chorros, en torrentes de cauces torcidos, la palabra se extravía, se pierde de vista o cae en oídos sordos.
Revisemos la memoria a ver si quedan algunos proverbios que nos guíen en una tarea prioritaria que los tiempos actuales exigen a los medios de comunicación: la redención de la palabra. Redimirla de la carga de pecados que la retrasa o la retoca en su tránsito a un destino al que tantas veces no llega. Revisemos:
“Quien habla, siembra; quien oye, escucha… Quien mucho habla, poco acierta o mucho yerra… Los que más se empeñan en hablar son muchas veces los que menos tienen que decir… Quien más habla, menos hace… Quien mal habla oye peor.
Hablemos bien los comunicadores para que nos oigan mejor. En la prensa, hablar bien no es sólo seguir las instrucciones de la gramática en busca de la claridad. La claridad, claro, es el primer objetivo de la conferencia, el discurso, la publicidad, el editorial, el reportaje. Para que tú convenzas primero hay que entenderte.
Pero en los medios de comunicación hablar bien significa asimismo, y sobre todo, que están honestamente al servicio del diálogo. En sus ondas, en sus pantallas, en sus páginas, hablar bien quiere decir que sin distinción de raza, credo religioso, posición social y filiación política, todos los pensamientos reciben una oportunidad adecuada de expresión.
A la hora que estamos viviendo en las dos patrias, la grande y la chica, la oportunidad que reciban los pensamientos diferentes de convertirse en palabras, en palabras que los expresen con lealtad y honradez, esa oportunidad, reiteramos, es un recurso insustituíble para que lleguemos al conocimiento suficiente, confiable y conciliador de quiénes somos y qué queremos. Podemos resumirlo en una sola palabra: información.
La información es la materia prima principal del progreso. Quien tenga la mejor información con mayor oportunidad tendrá el primer lugar en lo que haga. No es una propuesta de la columna. Es una conclusión a que llegó un congreso mundial de profesionales al analizar las perspectivas del mundo en el nuevo siglo.
Informar con lealtad y honradez, en busca del progreso material y espiritual de las dos patrias, México y Yucatán, ha sido el ideal, la misión de este periódico. Ha sido también nuestro único timbre de orgullo en 83 años al servicio de las convicciones y los objetivos que según nosotros son los que favorecen al bien común.
Las desviaciones o los distanciamientos que nos hayan apartado de nuestro ideal nunca han sido voluntarios. Puedes estar seguro, lector, de que siempre hablamos de buena fe, con la aspiración de que oigas y leas lo que convenga al hogar, a la familia, a la sociedad y sus autoridades. Si erramos, buscamos la enmienda inmediata con el cotidiano examen de conciencia y la atención oportuna y visible a nuestros críticos.
Otra será la ocasión en que se exponga aquí con amplitud nuestro aprecio a la crítica, la bienvenida franca que nuestros críticos reciben en esta casa editorial. La crítica, cualquier crítica, es al progreso lo que la escalera es al piso de arriba. Nos hace subir. La constructiva nos permite rectificar el rumbo. La que pretende ser destructiva también puede ser saludable. Procuramos no prestar tanta atención a quien nos critica, ni a sus intenciones: nos interesa lo que dice. Nos obliga a hacer un alto, para ver si vamos bien o hay algo que corregir. Las críticas, del color que sean, merecen una pausa que con frecuencia es fértil en resultados positivos.
Hoy sábado 31 de mayo, al entrar con esta edición en el año 84 de nuestra vida, dejamos en estas líneas un testimonio de cordial agradecimiento al buen público peninsular que nos acompañó y nos sigue acompañando. Su preferencia y su solidaridad integran, con la providencia divina, la trinidad a la que va dirigida esta acción de gracias que viene del corazón.
A los que piensan como nosotros; a los que creen que su criterio y sus puntos de vista, discrepantes de los nuestros, son los que convienen a los intereses superiores de la comunidad; a todos ellos, sin distinción de procedencias, los invitamos a hablar en nuestro periódico, a hacerse oír y leer en nuestra páginas, para concertar el diálogo fecundo que busca Diario de Yucatán para honrar el ideal y cumplir la misión que su fundador, don Carlos R. Menéndez González, le asignó el 31 de mayo de 1925 en el primer número: difundir la verdad y defenderla por los caminos de la independencia y la justicia, la concordia y el trabajo.
Un homenaje final, no por eso menos sentido, a la gente de casa: desde la heroica, vieja guardia que encabezó nuestro segundo director, don Abel Menéndez Romero, custodio impar que mantuvo incólume y acrecentó la herencia paterna, hasta los representantes de las mil cien familias que laboran con nosotros. A la memoria imperecedera de aquéllos y a la valiosa aportación de hoy van los votos de gratitud que cierran esta conmemoración conmovida del aniversario.
