(Artículo publicado el 28 de julio de 2009)
Un artículo de José Manuel Sierra Herrera sobre la construcción de 50,000 casas que se atribuye el gobierno de Ivonne Ortega, publicado el viernes 23, nos recuerda a don Abel Menéndez Romero, segundo director de “Diario de Yucatán”.
Los datos y cifras que el artículo aporta tienden a señalar que las estadísticas del Ejecutivo yucateco están más cerca de los 50,000 cuentos que de la realidad y proponen una verdad con etiqueta de comprobable: que la administración de la señora Ortega se busca adornar con viviendas financiadas y construidas en programas y con fondos del gobierno federal y el sector privado.
En sus editoriales sobre los informes de los gobernadores, don Abel subrayaba la importancia de ubicar con precisión en el texto qué obras e inversiones son de la federación y cuáles del estado.
Es una distinción conveniente porque permite conocer, apreciar y juzgar sobre bases seguras el trabajo y la trayectoria de cada uno de los gobiernos: el nacional y el local.
Lo conveniente para el ciudadano tiene carácter de un deber para el gobernante que, como todo administrador de bienes ajenos, está obligado a rendir cuentas claras y suficientes sobre el dinero que maneja: de dónde viene y a dónde va.
Una de las mañas más socorridas de las administraciones deshonestas es la de enmarañar sus cuentas en cifras globales en las que mezclan y revuelven las aportaciones de los presupuestos federales y estatales para que no se pueda saber qué pata puso ese huevo.
El objetivo del ocultamiento y la confusión suele ser mentiroso: que las autoridades del estado se luzcan con éxitos que corresponden a la presidencia de la república y sus dependencias.
La usurpación de méritos persigue dos engaños. Uno es acreditar lo bueno, o su mayor parte, a un partido político con fines electorales. Un partido que suele ser el oficial.
El engaño con las cifras globales, con las cuentas confusas, es también un método para disimular errores, fraudes y otras prácticas viciadas. El dinero federal sirve de muleta a la cojera del derroche y el dispendio. De careta de honradez al funcionario corrupto que desvía a sus bolsillos el erario estatal y cubre el desfalco con fondos de la nación. De disfraz a las partidas presupuestales engordadas y repartidas sin el debido permiso, según dicten el capricho o la fabricación cosmética de una imagen artificial.
La inauguración de las obras públicas y la entrega de apoyos económicos son manifestaciones frecuentes de la simulación premeditada. Al cortar la cinta de la obra que se pone en servicio, para la fotografía cómplice, el gobernador o el alcalde se dan un baño de aplausos y honores sin aclarar con qué dinero la hizo. O se apropian sin derecho de la gratitud del campesino pobre e ignorante cuando no le dicen de dónde proceden el crédito o la ayuda que le entregan.
Es oportuno poner hoy de relieve estos comentarios sobre la honradez, claridad y eficiencia en la actuación de los mandatarios ahora que Ivonne Ortega Pacheco se dispone a rendir su segundo informe. Qué buen ejemplo será que, al margen de la pompa y el boato, la gobernadora no caiga en la tentación de saludar con sombrero ajeno y permita que los gobernados den a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar.— Mérida, Yucatán.
