(Artículo publicado el 17 de octubre de 2009)
Una caravana de siete camionetas Explorer 2010 llegó al estacionamiento de la Cámara de Diputados en la ciudad de México. La cierta sorpresa y natural curiosidad de la gente que las vio o supo del lujoso suceso se asociaron en una sonrisa cuando trascendió quiénes eran los dueños: los siete diputados federales yucatecos del PRI. Una sonrisa dibujada por un sentimiento de resignación sustentado en la experiencia vivida y revivida: “Era de esperarse. No se le puede pedir peras al olmo”.
Esta impresión inicial, impresión nada más, sobre la flamante flotilla conjunta se ha abierto en un abanico de versiones en torno a un escándalo. El escándalo que ha armado la prensa metropolitana al informar que se trata de siete regalos de Ivonne Ortega Pacheco con valor declarado de más de dos millones de pesos.
Escándalo que se ha multiplicado porque se sitúa la compra de los obsequios en fechas muy pegadas al 18 de de septiembre: uno o dos días antes. O algunas horas después. El 18 de septiembre, en un minuto, los diputados del PRI en el Congreso local adeudaron en 25 años al pueblo yucateco al aprobar la solicitud de un crédito de 1,900 millones enviada por la gobernadora. Coincidencia, o casualidad, que hizo más amplia aquella sonrisa y la delineó de picardía: “Claro. Gallina que bebe huevo, ni que le quemen el pico”.
El abanico de versiones incluyen, desde luego, las protestas de inocencia de los presuntos regalados: todos alegan que cada uno compró su camioneta con sus ahorros. El gobierno del estado los apoya. La gobernadora estaba en su paseo en turno. Cuando regrese y comente, si es que lo hace, probablemente lo haga como quien no quiere la cosa: siete camionetas no merecen tantos gritos en el cielo. Son la aguja en un pajar.
En eso estaríamos de acuerdo: los gastos del gobierno son un pajar intrincado, apelotonado de agujas que no vemos pero sentimos, como sentimos en carne viva los ahorros de los diputados.
La mayoría de las demás versiones tienen un denominador común: la indignación. El presunto regalo ha caído como pedrada en ojo de tuerto debido a consideraciones que trataremos de resumir pero no agotar:
1. La credibilidad de los diputados del PRI anda por los suelos: suelen decir lo contrario de lo que hacen.
2. Digan lo que digan, es significativo que hayan unificado sus gustos para adquirir —por compra o donación— la misma marca. Las siete “Escapes” son iguales. Uniformes. Vienen del mismo lugar y van al mismo destino. Tienen el carácter de un símbolo de lo que sus dueños son. Un anticipo de lo que sus votos serán. La carrocería de los siete pecados capitales.
3. Hay un sentido extraviado de la oportunidad. ¿Por qué las estrenan en montón? ¿Al mismo tiempo? ¿Cuando quizá no habían cobrado aún su primer sueldo? ¿En una ostentación que choca con la austeridad demostrada y exhortada por gobernantes y empresas de la ciudad y el mundo para salir de las angustias y las penurias de las bancarrotas y las deudas de la crisis? En el debut simultáneo de las camionetas puede viajar, como pasajero indeseable, un criterio imprudente, temible si llega a la curul de un Congreso. No olvidemos que “a la mujer del César no le basta con ser buena: debe parecerlo”.
4. El argumento de que no se trata de un regalo, porque la factura está a nombre de cada diputado, nos invita también a recordar. Una vez, en el Congreso, don Francisco Bulnes calificó los baños de pureza de los diputados oficiales con una declaración famosa: “Señores, yo los acusé de ladrones, no de imbéciles”. Nadie esperaría —todavía— que la factura hubiera salido a nombre de la señora Ortega.
5. Son camionetas que en un abrir y cerrar de ojos superan los 100 kilómetros por hora. A esa velocidad se irá al crédito de los 1,900 millones a… ¿A dónde?
6. La opinión más generalizada es que, con sus alegatos, los diputados del PRI tratan de tapar el pozo después que se ahogó el niño.
Son seis versiones e impresiones, conjeturas y comentarios pescados en el agua que lleva el río. “Río que suena, agua lleva”. Río en que quien es libre de pescar o no pescar, según su leal saber y entender.
Un recuerdo más: cuando la Inquisición obligó a Galileo a admitir que estaba equivocado, que la Tierra era el centro inmóvil del universo, el astrónomo italiano agregó en voz baja la frase célebre: pero “a pesar de todo se mueve”. Ante las protestas de inocencia y los baños de pureza de los diputados del PRI, Galileo diría “pero ahí están las camionetas”. “El cuerpo del delito”, añadiría Sherlock Holmes. “Cherchez la femme”: que busquen a la mujer, agregaría monsieur Poirot, el detective de certeras intuiciones que sin falta encontraba a los culpables en las novelas de Agatha Christie. “Que busquen a la mujer” y lo demás, como reza el evangelio, “se dará por añadidura”.— Mérida, Yucatán.
