(Artículo publicado el 25 de octubre de 2009)
Rey de carnaval meridano antiguo (fines de los veinte y principios de los treinta), en pleno apogeo del charleston y casi en vísperas del gran “crack” de Wall Street, y general vitalicio de la broma y simpatía, don Eduardo Patrón, “Joloch Primero”, tío abuelo del ex gobernador, inventó una manera sabrosa de pasarla bien.
—Don Eduardo, con todo el dinero que tiene prestado, ¿cómo puede usted dormir tranquilo?
—¿Y por qué no? ¡Que no duerman mis acreedores!
Joloch reveló a su hora el secreto de su paz interior, la fórmula feliz de su vida sincronizada con el buen humor: “Trabajo de cuarto para las doce a doce en punto. Nadie me debe nada y yo le debo a todo el mundo”. Naturalmente, todo el mundo estaba pendiente de su bienestar, de que no le fuera a pasar algo. El sistema jolochiana de vivir.
Casi ochenta años después Ivonne Ortega Pacheco está aplicando la técnica jolochense a la tarea cotidiana de administrar nuestros dineros: no le paga casi a nadie y le debe a medio mundo. Al otro medio ya le pidió un crédito. Y viaja de doce en punto a…
Según cifras oficiales expulgadas o pescadas aquí y allá en su segundo informe, en declaraciones aisladas o investigaciones del sector doliente, la deuda total de los yucatecos al 30 de septiembre de este año de manos largas se remontaba a 1,929 millones de pesos. Dos mil en números redondos.
Como a esta cifra, ya de suyo astronómica, hay que añadir el préstamo de dos mil millones aprobado en un minuto por los diputados de la mayoría con dispensa inapelable de trámites, pues resulta que los yucatecos, sin decir ni pío, ya nos adeudamos de la noche a la mañana en la cantidad estratosférica de cuatro mil millones de pesos. De ésta no vamos a salir si los que regresaron se quedan a seguir haciendo lo que hacían cuando se fueron.
¿A quiénes les debemos dos mil millones? ¿Qué o a quiénes dejamos de pagar? La explicación oficial es elocuente. Municipios, fondos, programas, documentos vencidos, cuentas por depurar, clientes, depósitos judiciales, compromisos a corto plazo, seguro social, otros papeles sin revisar… Como Joloch, le debemos a todo el mundo.
Algo sí conocemos. La señora Ortega les debe a sus proveedores 732 millones de pesos. Es la suma de las facturas recicladas, porque las originales pueden pasar de los mil millones y, si agregamos los intereses moratorios, ni llorar es bueno. ¡Ándale, para que le vuelvan a financiar sus campañas!
Hay un renglón tenebroso que la gente que entiende de finanzas ha denominado “deuda oculta”. 570 millones de pesos. ¿Qué esconden? ¡Averígüelo Vargas, porque a nosotros no nos dejan! Ahí podrían estar las camionetas regaladas, el alquiler de la catedral, los cobertores a los finados, las bicicletas, las pachangas del candidato, pepitas y cacahuates… Hay algunas filtraciones sobre las causas de la quiebra en que nos han hundido. Por ejemplo, la administración lírica, sentimental, caprichuda de los fondos públicos. En cuestión de Servicios Generales gastamos en un solo mes, septiembre, todo el presupuesto de 2009 más un 30 por ciento. En una relación prolija pero de ninguna manera limitativa, Servicios Generales incluye pago de celulares, pasajes, viáticos, imaginería, acicalamientos, ceremoniales, protocolos, orden social, honorarios y otras lindezas que en el capítulo del despacho de la gobernadora ascienden a un gasto diario de 265,000 pesos contando días festivos y fiestas de guardar. ¡Qué bonito, lindo hermoso!
Como dice el refrán, saben dónde se rascan. Hay cuentas en que el total se apoquina al contado. Los 30 millones a Televisa fueron contantes a sonantes. Así también los once y pico millones que nos cargaron por las celebraciones del segundo informe de gobierno. Pagaderos a la vista, y cobrados ipso facto, los cheques por 23 ó 25 millones para recompensar las informaciones lamisconas en un periódico en los ocho primeros meses del año. Es lo que flota sobre el agua. Por debajo, quizá, o probablemente, la mar con sus pescaditos. Entre los estados de la república ocupamos el segundo lugar en sobregiro: el 300 por ciento.
Como en el caso macabro del monje loco, nadie sabe y nadie sabrá jamás la verdadera historia de esta bancarrota, porque vivimos tiempos de ley mordaza. El señor arzobispo no quiere que se hable una palabra más sobre la entrega de la catedral a los impíos. La señora gobernadora nos advierte que no dirá una palabra sobre la deuda, porque todo lo que tenía qué decir ya se los dijo a sus diputados y lo demás le vale o le resbala. Diputados a quienes, como es público y notorio, les comió la lengua el gato. Por eso nadie sabe por qué Palacio debe tanto y por qué le prestamos la catedral a cualquiera. Una cosa es peripatética: tenemos una deuda del tamaño de la catedral.
En el códice jolochense, Juan Pagano le pregunta a la gobernadora en el primer acto.: “Pero, señora, ¿es que usted nos dijo…? Respuesta: “Bueno, ¿y qué?”. Segundo acto: “Pero, señora, es que eso que usted hace…? Respuesta: “Bueno, ¿y qué?”. Tercer acto: “Pero, señora, es que eso que usted no quiere hacer…? Respuesta: “Bueno, ¿y qué”.
Soberano en los reinados de Momo, monarca sempiterno del buen humor, Joloch Primero definiría el carnaval de gastos del gobierno de Ivonne Primera con la frase lapidaria de “Hago lo que me da la resbalada gana, ¿y que?”. ¡Pobre Yucatán, tan cerca del “crack” y la telenovela, tan lejos del catecismo y Monseñor Patrón!
¿Estará el lector a su gusto con eso de “¿y qué?” o le pone de mal humor el peligro de que en las próximas elecciones les toque “más de lo mismo”? Las dosis industriales de pepita y cacahuate no son fáciles de digerir.— Mérida, Yucatán, 24 de octubre de 2009.
