(Artículo publicado el 19 de julio  de 2009)

Si es cierto, como dice el traído y llevado proverbio, que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, no menos cierto es que el éxito de los gobiernos está en razón directa con la fortaleza de la oposición política que tenga.

A mejor oposición, mejor gobierno es una tesis comprobada por la experiencia. Tesis que debe guiar el balance que se está practicando de las elecciones del 5 de julio. Experiencia que no aconseja tirar a los vencidos al basurero de la historia por abultado que haya sido su revés.

En los análisis del descalabro de la oposición en los cinco distritos yucatecos vemos una tendencia a hacer leña del árbol caído. A no dejar piedra sobre piedra en la investigación y el avalúo de las causas del desplome. Los críticos se amontonan a formular el inventario implacable de las culpas de los derrotados. Se esfuman los amigos que estén dispuestos a tenderles la mano para levantarlos. Juzgamos, condenamos y sentenciamos: que con su pan se lo coman.

Nos podemos quedar nosotros sin pan bueno para comer si no admitimos que una oposición sana es un requisito para obtener un buen gobierno. Si no nos convencemos de que es una necesidad social que críticos y amigos se den la mano para ayudar a la oposición a enterrar a sus muertos y curar a sus heridos. Levantarla cuando ha mordido el polvo es un rescate con sentido común.

La oposición es aliada natural del ciudadano. En la canasta básica de la democracia es un artículo de primera necesidad. En las curules del Congreso y los cuadros de los partidos, la oposición ocupa posiciones de privilegio que le permiten un radio de acción amplio y resonante en su misión de vigilar la ley, ofrecer un foro a la discrepancia, abrir trincheras a la defensa de los derechos, seguirle la pista a la obra pública, proponer alternativas a los puntos de vista oficiales y, en suma, presentar segundas opiniones que, como en la medicina y otros quehaceres humanos, contribuyen a despejar horizontes y prevenir errores o rectificarlos.

La oposición puede ser también aliada invaluable del gobierno si éste la entiende como muro de contención que lo mantenga en el camino recto y lo oriente con advertencias oportunas de desviación. Una aliada que ha de ser respetable y respetada para ser útil, porque los dueños del poder, cuando no tienen el santo temor a perderlo, tarde o temprano caerán en la tentación de hacer lo que les dé la gana y aficionarse al disfrute de los abusos y excesos que caracterizan el monopolio arbitrario de la autoridad.

La misma historia nos avisa que no sería un milagro que del calvario del 5 de julio surja la oposición redimida de sus pecados. Una redención que parte de una conciencia. La conciencia plena de que la prioridad de la oposición no es la conquista del mando sino la difusión, la defensa y el predominio de la verdad, la justicia y la ley en la vida pública.

Es una prioridad que, sin embargo, no excluye la prontitud en el regreso de los derrotados al gobierno, incluso en la elección siguiente. Se equivocaron, por ejemplo, quienes estaban dispuestos a firmar el acta de defunción del PRI en los comienzos de 2000 en vista de sus colapsos electorales. Ya hemos visto cómo en un abrir y cerrar de ojos ese partido ha vuelto con holgura al primer lugar, a pesar de las hondas discordias y divisiones internas que auguraban su desmembramiento y hasta su desaparición.

El regreso a la vanguardia política se consigue a veces con la capitalización cívica de los errores y vicios en los que el partido oficial incurra en la gestión gubernativa. En otras ocasiones se logra cuando la oposición se compenetra de los cambios que ocurren en la sociedad y encuentra al líder que la guíe y encabece una propuesta que responda con acierto a las demandas de los tiempos nuevos. Esta última alternativa es preferible porque tiende al triunfo del mejor, no del menos malo.

Terminemos con un voto cordial porque la oposición, del signo político que sea, ponga pronto su casa en orden y asuma con ímpetus renacidos y renovadores el doble papel que la democracia le asigna: ayudar al gobierno a prestar al pueblo un servicio eficiente o demostrar que puede sustituirlo si es incapaz de prestarlo.

Servicio que al pueblo le será difícil o imposible obtener si la oposición no está a su lado cuando llega el momento de exigirlo.— Mérida, Yucatán.

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