(Artículo publicado el 17 de junio de 2009) De la misa no sabemos ni la mitad. Es nuestra impresión del desarrollo extraño que ha tenido en público el caso de las jóvenes costarricenses que han servido para destapar y rastrear una telaraña de tráfico humano, incluyendo la trata de blancas, con ramificaciones en Yucatán.

Decimos ramificaciones porque hay razón para sospechar que el tronco y las raíces de este complejo de delincuencia organizada pueden estar en otros lugares distintos y más altos que los feudos de las “madames” y una delegación provinciana del Instituto Nacional de Migración.

Esta sería una manera de explicar la forma vertiginosa en que las autoridades mexicanas han borrado literalmente del mapa nacional a las dos centroamericanas. En un abrir y cerrar de ojos incomunicaron a las dos testigos principales. Nos las mostraron y se las llevaron.

El ministerio público local se zafó de ellas como si le dieran toque. Como si después de apuntar a un presunto culpable —sólo una lo hizo—, en diligencia judicial armada a la carrera, se hubiera cumplido el único objetivo de su presentación.

Las expidieron con entrega inmediata a la capital de la república, donde, con la misma velocidad, como si fueran bultos en tránsito, el gobierno federal las remitió a Costa Rica. Allá están aisladas en una burbuja diplomática, recluidas en una cuarentena que las pone a salvo de los tribunales mexicanos.

O pone a salvo a los tribunales, porque tal parece que en Mérida y en la ciudad de México se les tiene miedo. Miedo a que abran la boca en un careo u otra diligencia judicial. Temor a que canten lo que se teme que digan. A que las cosas no son así como quieren que creamos. O son peor de como las pintan.

Sin las dos costarricenses las investigaciones oficiales de este escándalo están viciadas de origen. Mutiladas por la ausencia de dos protagonistas estelares. Es difícil que el resultado final, si es que hay alguno, se pueda desprender de una etiqueta de invalidez que necesariamente afecta su credibilidad.

Credibilidad lastimada también por las versiones oficiales de dos chicas “secuestradas” cuando abundan las referencias de gente que las han visto pasear campantes por plazas comerciales y otros sitios de reunión.

Los pasos que vemos conducen a un iceberg que exhibe en la superficie un afán repentino de higiene social y puede esconder debajo la venganza, la represalia, el ajuste de cuentas, la colisión de intereses oscuros o la colusión de peces más gordos, de mucha mayor jerarquía que el chivo expiatorio zarandeado arriba y abajo en los gajes de su oficio y los rincones de su vida privada.

La vida privada vale poco. Llegamos a la conclusión de que va siendo lícito escarbarla en busca del polvo o lodo que refuerce o autorice una acusación. Nuestros funcionarios públicos deben aprender esta lección que no toma en cuenta a la familia ni el buen nombre de la mujer, que antes era tradición defenderla en el hogar y hoy, en tantas ocasiones, mercancía ofrecida en barata en los mostradores y escaparates de la mercadotecnia social que se ha puesto de moda.

No deja de tener valor el gesto de las costarricenses al taparse la cara para que su rostro no salga en la foto. Un vestigio de pudor que conviene rescatar de las columnas de policía para injertarlo en los nuevos hábitos de nuestros eventos sociales y las reseñas gráficas que los describen.

Vale también que a propósito de todo este ruido se ponga de manifiesto la extendida explotación de la mujer en prostíbulos y cantinas diseminados entre la pobreza y la ignorancia de la población rural yucateca. Vale si a la exposición sigue la sanción. Sanciones como la medida de prohibir el trabajo de meseras en las bares de Tizimín.

Terminemos con una alusión a María Micaela, la santa de festividad que celebramos a principios de semana. Francesa de familia pudiente, de posición social relevante, dejó los saraos, los viajes y las tiendas de lujo para dedicarse al auxilio y la regeneración de meretrices, primero en los hospitales y luego como fundadora (1856) de una congregación religiosa que ya tiene trayectoria internacional: las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento. Alguien debe hacer algo así por la creciente juventud yucateca que se corrompe dentro o fuera de los antros con un gusto y naturalidad que todavía son motivo de asombro.— Mérida, Yucatán. 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán