(Primera Columna publicada el 19 de diciembre de 2007)
La columna del domingo 16 de diciembre informa del aviso del doctor Vittorio Zerbbera en la banca de costumbre sobre el estado de alarma que priva en el cuartel general de la antimafia por los focos rojos encendidos en Yucatán. Apremiado por la hora y el deber de concluir su nota sobre las guerrillas de Chablekal, el reportero prefirió plantear sus preguntas sobre los motivos de esa inquietud internacional. Inquietud que César Pompeyo algunas veces comparte, cuando lee los expedientes del ministerio público, y en otras ocasiones reprueba, cuando recuerda, en sus visitas a la catedral, que la misericordia de Dios es infinita.
—Cree usted, dottore —empezó la entrevista—, que las inversiones en Yucatán emigran a otros lugares atemorizados por las batallas campales de Chablekal, las balaceras del Campestre, las extravagancias jurídicas del ministerio público, el ruido infernal que arman los ejidatarios y el silencio conventual que guardan los inmobiliarios?
—Dudo, señor reportero, que la dirección del periódico suyo apruebe los textos que usted me plantea. Veo en el uso de los adjetivos una tendencia a la manipulación, cuando no a la exageración. La pregunta, por ser larga, invita a respuestas extensas. Sólo una revisión a vuelo de pájaro de las extravagancias le ocuparía a usted varias de sus columnas. Y a vuelo de pájaro no se ve todo…
—Pues dichosos de los pájaros, signore, porque aquí en la tierra nosotros no vemos nada. Ni siquiera el celebérrimo expediente referenciado, ese expediente que tiene su tumba en Palacio, como la tiene el soldado desconocido en el Arco del Triunfo de París. ¿Le parece a usted, señor Zerbbera, que los triunfos de los ministeriosos en los juzgados se deban a causas desconocidas, a instrucciones cifradas que no son ni pueden ser del dominio público porque de lo contrario…
—La única contrariedad eres tú, reportero —entró Pompeyo—. ¿Por qué no te callas, como los terratenientes, y deja que el profesor comience a responder a tus preguntas?
—Gracias, César, pero yo no estoy interesado en responder a todas las preguntas. Si las inversiones huyen de Yucatán, ése es problema vuestro. A nosotros hasta nos convendría que los adinerados se asusten. A lo mejor se van a Sicilia, donde las autoridades están sujetas a la letra y el espíritu inflexibles de la ley y no la ley sujetada a los caprichos y devaneos volubles de las autoridades.
—Este comentario de usted, don Vittorio, no concuerda con el discurso de Palacio. La señora gobernadora no desperdicia la ocasión de proclamar que en su gobierno el cumplimiento de la ley es firme, no negociable y transparente.
—Eso es lo que no deja dormir al alto mando de la antimafia, amigo periodista. Les quita el sueño que en Yucatán la realidad no concuerda con los discursos. La alarma que no se cumple la palabra de Madame Ivonne. Algunas veces la signora Ortega es traicionada por su memoria. Les dijeron a los yucatecos que ese expediente referenciado es un secreto. Un secreto a pesar de que fue el argumento principal en que se basó el arraigo del prisionero Guzmán Alcocer. No entiendo en Sicilia cómo lo secreto, que lo tapado pueda ser transparente. A menos que la transparencia consiste en que por más que mires no veas nada.
—Tampoco entendemos que ustedes permitan que los motivos y las bases de una acusación queden ocultas. Una acusación que priva de su libertad a un ciudadano. Las instituciones pondrían el grito en el cielo de Palermo. Se suscitaría tal escándalo en la opinión pública que terminaría por quemar a jueces y judiciales.
—Es de jurisprudencia mundial que a confesión de parte, relevo de pruebas. Con ustedes parece que no vale la confesión. En Sicilia, cuando no vale la confesión las autoridades son relevadas. Aquí se hacen las cosas al revés. Don Patricio y sus generales van a la procuraduría, asumieron toda la responsabilidad de la venta de tierras al equipo de los inmobiliarios y juran sobre la constitución que el signore Guzmán sólo cumplió sus órdenes. Lo que el viento se llevó. La procuraduría deja en libertad a los que matan a la vaca y se detuvo al que nada más agarró una pata. Por algo así en Sicilia los procuradores se van al bote o la oposición gana las siguientes elecciones por la vía de la paliza.
—A nuestro juicio, y perdóname César por lo que voy a decir, en cuestiones judiciales ustedes están en la calle. ¿De cuántas cosas acusó el ministerio público al signore Guzmán? Se cayó como fichas de dominó. Una tras otra. Robo calificado de 505 millones que nadie ha podido contar ni encontrar. Coalición de funcionarios que casi nació muerta. Un abuso de autoridad en que el acusado resultó ser el abusado. Un peculado por distracción de tierras a un destino que el expediente tilda de ilícito pero Madame considera de supremo valor para todos ustedes ¿Quién les entiende? En Sicilia, Cerdeña, las Lípari e islas adyacentes ya estaría descalificado el ministerio, para que deje de calificar. Descoaligado, para que no siga ligando. Descuarejingado, para que no prosiga jeringando.
—Bueno, dottore, pero eso es problema nuestro, suponiendo, sin conceder, que tus diagnósticos sean acertados. ¿Por qué les quita el sueño a los caudillos de la antimafia que nuestros ministerios no pueden fundamentar ni sostener sus acusaciones? ¿Han invertido dinero ustedes en la Macroplaza? ¿Son socios anónimos de los inmobiliarios?
—Lo que nos alarma, César, lo que tiene a la antimafia al borde de un “surminage” (colapso nervioso) es que en Sicilia, con un ministerio público como el vuestro, no podríamos detener ni menos enjuiciar ni siquiera al portero del subsecretario de un capo. Con las herramientas judiciales que ustedes tienen, con los herramentosos que ustedes se mandan, Mérida no sólo va a ser la metrópoli intercontinental del tráfico de drogas, como dicen que ya lo es: aquí va estar la sede global de los barones del bajo mundo. Los “capo di tutti capo”, los amos de la camorra, los capitostes de la cosa nostra, todos los señores de horca y cuchillo, de levantados y encajuelados que nosotros los mediterráneos estamos metiendo en cintura, todos esos organizadores del crimen van a venir a este paraíso judicial que ustedes les están ofreciendo a los ejecutivos del hampa…
—Ten cuidado, reportero. Fíjate bien cómo vas a publicar eso que dice Vittorio. Son interpretaciones suyas muy personales que yo me abstengo de aplaudir o rebatir. No seas, periodista, que vayas a espantar a los adinerados más de lo que ya están. No sea que los inversionistas piensen que no están seguros con nosotros ni saben a cuál santo rezarle porque la ley, que siempre es la misma, está por debajo de las autoridades, que nunca son iguales. Porque la ley, que es una garantía inmutable, les vale un sorbete de ciruela a gobernantes mutantes que mañana nos dirán que estamos en el hoyo cuando hoy nos dicen que andamos por las nubes. Y la ciruela, como bien sabes, sólo da dos meses al año.
