(Artículo publicado el 21 de noviembre de 2009)

Gentil amiga me ha llamado la atención: “En uno de tus artículos le has cambiado el nombre a Francisco de Borja”. Cierto: le puse Rodrigo, el nombre de su bisabuelo. Un error que nos da pie a evocar un suceso impar.

Francisco de Borja fue el número dos de España en tiempos de Carlos V: sólo superado en poder por el emperador. Nacido en el seno de familia celebérrima, bisnieto del papa Alejandro VI, sobrino de César y Lucrecia Borgia (italiano por Borja), bisnieto del rey Fernando II el Católico, Duque de Gandía, Marqués de Lombay, magnate, multimillonario, primero de 17 hermanos y padre de ocho hijos.

Hidalgo entre los hidalgos. El mejor jinete del reino. Campeón de torneos. Espadachín sin rival en la esgrima. Cantante y compositor de música religiosa, tocada en catedrales, y canciones de amor interpretadas en serenatas o en veladas del palacio real, donde se paseaba como Pedro por su casa.

Como Grande de España tenía el privilegio de no quitarse el sombrero delante del soberano. Primo “muy querido” del monarca, era su “valido”: persona de su mayor confianza. Caballerizo titular y camarero de cabecera de Isabel de Portugal, emperatriz del Sacro Imperio, Francisco de Borja dirigía la corte en las ausencias prolongadas del esposo imperial. En los trece años de su matrimonio, Carlos V se pasó siete en los frentes de batalla.

Tenemos a la vista un retrato de Isabel pintado por Ticiano. Lo conocimos en el Museo del Prado. Grandes ojos negros, dulces y lánguidos, engastados en el contorno oval de un rostro de alabastro con pelo castaño claro cruzado de trenzas. Largo collar de perlas recogido en el busto por un broche de piedras preciosas del que cuelga otra perla, magnífica. Sus biógrafos dicen que era alta, esbelta, amable, discreta y recatada: un encanto. Considerada la princesa más hermosa de Europa. Sin duda la más acaudalada: su padre fue Manuel I el Afortunado, de Portugal, el país más rico del continente por sus posesiones en ultramar.

En crónicas de la época se subraya que Francisco de Borja sentía un amor romántico por la emperatriz. Amor devoto, fervoroso que, sin embargo, nunca pasó de platónico. “Enamorado secreto” consigna un testimonio…

Quizá en Francisco e Isabel pensaba el poeta sudamericano Diego Córdova cuando compuso los versos musicados en Yucatán por Rubén Darío Herrera: “Tener un amor secreto, un amor suave y discreto a una mujer, es como tener un nido, perfumado y escondido, en nuestro ser… Un amor que no se trunca y que no se dirá nunca a una mujer, porque se irá con la vida, como una estrella escondida, en nuestro ser”.

Regresemos al siglo XVI. La corte estaba en el palacio de Tordesillas, cerca de Valladolid, el 1 de mayo de 1539, cuando la emperatriz murió a los 39 años de edad, en la flor de su belleza, al dar a luz a su séptimo hijo. Pudorosa, prohibió que la embalsamaran. Sólo podía verla y tocarla, arreglar y vestir su cuerpo, la primera de sus damas, su favorita, Leonor de Castro, portuguesa como ella, nada más y nada menos que esposa de Francisco de Borja por iniciativa y gestión casamenteras de la propia Isabel.

Carlos V dispuso el traslado de la extinta en un ataúd de plomo a la catedral de Granada, sede de los sepulcros reales, y, claro, confió al primer caballero del reino, Francisco de Borja, a la sazón de 29 años de edad, el cuidado de la esposa muerta que le había confiado siete años mientras estuvo viva. El Duque de Gandía y Marqués de Lombay encabezó el cortejo fúnebre desde Valladolid. Viaje de dos semanas a través de algunas de las tierras ardientes de España, como las de Extremadura, donde el calor, lo hemos vivido, casi llega a los 50 grados.

En la entrega solemne del cadáver a las autoridades granadinas, el reglamento exigía abrir el féretro para la diligencia en que el presidente del cortejo debía jurar que eran los restos mortales de la emperatriz. Tenemos a la vista una reproducción de la dramática pintura de José Moreno Carbonero, obra maestra del género histórico que se conserva en el madrileño Casón del Buen Retiro: “Francisco de Borja ante el cadáver de Isabel de Portugal”.

“Cuando por fin el duque apartó el velo de la difunta —narra una de las actas—, sus ojos se enfrentaron a un rostro terriblemente desfigurado y espantoso a la vista. El cuerpo en descomposición expedía un hedor tan insoportable, que todos los presentes se apartaron presos de repugnancia y terror. Sólo Francisco resistió el espectáculo. Durante diez años había contemplado diariamente a aquella hermosa mujer y en dos semanas se había convertido en lo más espantoso que había visto”.

“No puedo jurar que ésta sea la emperatriz, pero sí juro que fue su cadáver el que aquí se puso”, exclamó Borja, y en seguida, ante el cuerpo putrefacto de su antigua señora, pronunció las palabras que son cita obligada en casi todas las antologías de frases famosas: “No quiero volver a servir a señor que se me pueda morir”.

Después del sepelio Borja comunicó a Carlos V su decisión de renunciar al mundo y abrazar la carrera religiosa, pero así, de la noche a la mañana, el soberano se negó a prescindir de los servicios de su “otro yo” y lo nombró virrey de Cataluña, con el encargo de apaciguar las revueltas de bandoleros y sus nobles protectores que ponían en peligro la estabilidad del imperio.

Carlos V, retirado ya en el monasterio de Yuste, murió en 1558 mirando el retrato que Ticiano pintó de la emperatriz, su única esposa, y un cuadro del Juicio Final. Su tumba, la primera, quedó directamente debajo del altar de la capilla donde él, desde su cama de enfermo de gota, oía misa a través de una ventana. Agonía y muerte que nosotros repasamos paso a paso, cama a ventana, altar a tumba, en visita sobrecogedora al austero recinto monacal enclavado, con estanques de cisnes, entre el verdor exuberante y lustroso que desciende de la Sierra de Gredos hasta la comunidad pequeña y amable de Jarandilla de la Vera.

Recordamos todo esto no sólo para reparar la traición de nuestro subconsciente al equivocar en un artículo el nombre del gentilhombre que nunca traicionó a su rey. Lo hacemos porque al entierro de Isabel seguiría un escándalo que conmovió a Madrid, como nos proponemos explicar en próximo artículo sobre un aniversario repleto de historia y santidad que la Iglesia Católica se apresta a conmemorar en 2010.— Mérida, Yucatán, 21 de noviembre de 2009.

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