(Primera Columna publicada el 1 de febrero de 2011)

La visita política de Juanes a Yucatán fue el tema del lunes en la acostumbrada reunión del doctor Vittorio Zerbbera y César Pompeyo en el parque de San Juan.

—Como en el caso de los mítines del PRI —indica Pompeyo— hubo los clásicos acarreos de gente de puntos diversos de la ciudad al Paseo de Montejo, donde se presentó la noche del sábado el espectáculo del cantante colombiano.

—Nada más que no siempre dio resultado la oferta de transporte —prosigue—. Una catequista me informó que en la comisaría donde ella da clases sólo se ocupó la mitad de los dos autobuses que envió el gobierno para llevar gente a Montejo.

—¿Por qué no quisieron ir si el traslado, la función y el regreso eran gratuitos? ¿El frío? ¿Miedo al amontonamiento? —preguntó Zerbbera.

—Nada de eso, Vittorio. La catequista cuenta que un ama de casa, al explicar a los acarreadores por qué no iría, les dijo de modo espontáneo, como si fuera la cosa más natural del mundo: “¿Para qué voy a ir si voy a estar parada todo el tiempo? ¡Sólo los amigos de la gobernadora se van a poder sentar!”.

—Sorprendente, César: por venir de quien viene, es una respuesta extraordinaria. Yo diría que notable, porque revela, en los estratos inferiores de la población, una tendencia al cambio, en los sentimientos y en el juicio del pueblo, que puede denotar, que ojalá signifique que los pobres y los marginados, carne de cañón para la política de pan y circo, que esos pobres, te repito, sin salir de su pobreza, están comenzando a salir de la miseria cívica que os tiene a vosotros, los yucatecos, en el subdesarrollo cívico, el marasmo económico y la distancia creciente que aparta entre sí a vuestras clases sociales.

—También refleja, quizá, Vittorio, otro fenómeno. Yo me atrevería a opinar que los de abajo están empezando a darse cuenta de que el circo no es gratis, que el circo lo pagan ellos, la gente de barrio, la gente de la colonia humilde, de la comisaría despreciada. Lo pagan con las obras que se dejan de hacer, con los servicios que se dejan de proporcionar con los fondos públicos que se invierten en los espectáculos.

—Espectáculos, César, que tienen un fondo y un objetivo políticos innegables. Yo, que estoy en esto de la mafia desde hace tiempo, he comprobado que los espectácu- los gratuitos son un recurso de los capos para retener el dominio sobre la clientela. Los Césares gastaban enormes sumas de plata y oro en importar animales de África, en sostener escuelas de gladiadores para los combates “gratuitos” con los que distraían a la plebe en el Coliseo. Ahora se importan artistas, como Juanes, para allegarse una popularidad que, bien lo saben, no pueden conseguir por otro medio.

—Hay otras cosas que llaman mucho la atención, Vittorio. Tal vez no sea muy exacto hablar de sabiduría popular, pero la respuesta del ama de casa, esa explicación que oyó la catequista, yo la veo como una manifestación del instinto, a veces dormido, es cierto, que tiene el pueblo para intuir quién se acerca a él con buena voluntad, con sana intención, y quién lo hace por mero interés. Un instinto que está despertando.

—Según la publicidad, el organizador de la función de Juanes fue el Ayuntamiento de Mérida. Sin embargo, Vittorio, el ama de casa no dice que deja de ir porque sólo los amigos de la alcaldesa van a estar sentados: menciona a la gobernadora. Y es que ha permeado en el pueblo el convencimiento de que quien manda en el Ayuntamiento no es Angélica. Es que ya el pueblo se da cuenta de que, dado el caso, no hay quien lo defienda contra una gobernadora autoritaria, imposicionista, porque sus llamados defensores, los diputados y los jueces, o sea, el Congreso y el Poder Judicial, obedecen, como obedece Angélica, las órdenes de Ivonne Ortega Pacheco.

—¡Los amigos de la gobernadora! Para mí, César, es lapidaria esa observación. Puede interpretarse, con muy poco temor a equivocarnos, que la señora de la comisaría considera que la gobernadora no es amiga de la gente. Yo veo aquí un distanciamiento. No es mi gobernadora: es la gobernadora. Favorece a sus amigos, no al pueblo.

—Diste en el clavo, Vittorio. Has puesto el dedo en la llaga. El hombre de a pie no habla de pueblo y gobierno: habla de ellos y nosotros. Dos polos opuestos en el modo de ver las cosas. Una distinción que marca una lejanía que, combatirla, superarla, debe ser una de las metas prioritarias de las próximas elecciones.

—Voz del pueblo, voz de Dios —recapituló don Vittorio.— Mérida, 31 de enero de 2011.

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