(Primera Columna publicada el 3 de mayo de 2011)

En un regreso a su época de alumno del colegio de Sicilia donde cursó el bachillerato, don Vittorio Zerbbera habló con César Pompeyo, en su encuentro sanjuanista de ayer, sobre los tests a que lo sometieron sus maestros, durante el último año de sus estudios, para determinar su cociente intelectual. Un ejercicio recomendado para hacer con éxito la elección de una carrera profesional.
—La palabra “test” es de origen sajón, pero es aceptada ya en vuestro idioma, César, según veo en el diccionario que tuvisteis la bondad de regalarme. En su matiz científico, el vocablo se aplica a las pruebas psicológicas que investigan la capacidad psíquica o las funciones mentales de una persona.
—Cociente intelectual —se extendió el italiano— es la cifra que expresa la relación que hay entre la edad mental de un ser humano y los años de vida que tiene.
Por cortesía, Pompeyo no interrumpió al siciliano. No por otro motivo, pues don César, discípulo también de los jesuitas, está enterado, por experiencia propia, de los exámenes preprofesionales a que se refería su interlocutor.
—Gracias, Vittorio, por tus sabias palabras. Nada más que no acierto a entender por qué las dices.
—Antes de darte una respuesta concreta, César, quiero subrayarte que estimo y respeto a los yucatecos. Me han acogido con una hospitalidad que me honra, de manera que muy lejos está de mi ánimo ofenderlos con lo que me propongo deciros, que no tiene más intención que colaborar en vuestro bienestar con avisos que yo considero oportunos.
—Si no ando equivocado, y estoy dispuesto a rectificar si lo estoy, hubo o hay una polémica en tono a la inversión de unos cien millones de pesos, anunciada por el gobierno de Ivonne Ortega, para empezar la construcción del traído y llevado Museo del Mundo Maya. Una controversia desatada porque pasaba el tiempo y no se veía ni se sabía cómo o en qué se había gastado el dinero. ¿Voy bien?
—Creo que sí, Vittorio. Los meses llegaron y se fueron sin que se supiera el destino de esos cien millones que se pidieron prestados. Se los tragó la tierra, sin dejar rastro. Un misterio más de la hacienda estatal, que ha caído en el hábito insalubre de solicitar créditos para financiar las obras, los programas y los servicios que debe costear con el presupuesto. Un misterio que es un anticipo de la manera en que nos van seguir gobernando si votamos por el PRI en las elecciones de 2012.
—La política es cuestión vuestra, César, no mía. Yo quiero referirme a la forma en que los voceros de madame Ortega han pretendido explicar el misterio de los cien millones. Una forma que tiene todo el empaque de un “test” a los yucatecos. Una explicación que tiende a medir el cociente intelectual de los yucatecos, o sea, como os dije, el nivel de su edad mental en comparación con sus años de vida.
—Esa versión oficial que leí en la prensa afirma que los cien millones fueron invertidos en la compra del terreno en que se construirá el Museo. Un terreno que está en ese conjunto de instalaciones conocido como Siglo XXI. Yo soy extranjero, pero me dicen que el propietario del Siglo XXI es el gobierno del estado.
—Entonces, César, lo que yo veo es que el gobierno de madame Ivonne, para aclarar el misterio, alega que pidió prestados cien millones, se los metió en un bolsillo y luego se los pasó al otro para comprar, con esta operación extraordinaria, un terreno que es suyo, o sea, que madame se adeudó, o los adeudó a vosotros, con cien millones para adquirir un predio que ya era suyo. ¡Genial! ¿Han sido informados vosotros cuántos metros se autocompró y a cómo decidió comprarse cada metro?
—Si lo informaron, Vittorio, la verdad es que yo no me acuerdo. Es difícil acordarse de tantas cosas que nos dicen en Palacio y luego resultan palabras que se lleva el viento a Zanzíbar, cosa que, como comprenderás, no siempre se posible comprobar.
—No me negaréis, César, que esta explicación oficial sobre el misterio tiene toda la facha de un invento que deja sin responder una pregunta: ¿a dónde se fueron, en dónde están, quién se apoderó de los cien millones? Una maquinación que yo sólo puedo entender como un examen ideado para medir la capacidad intelectual de los yucatecos.
—Yo tengo la sospecha de que los señores y señoras que acompañan a madame Ortega en la aventura de gobernaros están convencidos de que ustedes, los yucatecos, son una legión de débiles mentales, de infantes retardados que hacen cola para tragarse el primer cuento chino que se les haga. Una pregunta más, César: ¿les gusta a ustedes, los yucatecos, que los traten así, como pordioseros psíquicos?
—Lo más malo, Vittorio, no es lo que estamos tragando: lo peor es lo que viene, lo que vamos a tener que tragar si seguimos en la cola que tú señalas, si seguimos funcionando como “disfuncionamos” hoy.— Mérida, Yucatán, 2 de mayo de 2012

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