(Primera Columna publicada el 7 de enero de 2011)
César Pompeyo y Vittorio Cervera reanudaron ayer su evaluación de las opiniones de tres sacerdotes y los laicos de San Antonio de Padua sobre la situación comprometida de la Iglesia Católica en Yucatán, publicadas por el Diario en cinco reportajes, y al reanudar el análisis debatieron cuál puede o debe ser la respuesta de la jerarquía. Presentaremos las opciones:
1. Ignorarlas. Es el trato de la jirafa que esconde la cabeza en la arena o en el pasto para no ver el peligro que la rodea. Es la misma actitud que muestran los tres monos famosos esculpidos en una puerta del patio interior de los establos sagrados del templo imperial de Nikko, allá en Japón. Un mono se tapa los ojos: “No veo el mal”. Otro se tapa la boca: “No hablo del mal”. El último se tapa las orejas: “No oigo lo malo”. Es una reacción, la más cómoda de todas, que el mafiólogo italiano no recomienda:
—Es una manera eficaz, César, de procurar que el descontento degenere en un desaliento que debilitará, si no la extingue, la voluntad de colaborar en la solución de los problemas. Equivale a pontificar: “Digan lo que digan, ni me importa ni me interesa”. ¿Recuerdas al virrey de Croix y su frase célebre: “Ustedes nacieron para callar y obedecer”? O sea: ustedes son súbditos, no laicos. Este trato de la jirafa, más que una salida fácil de una crisis, es la entrada a una peor.
2. Un reconocimiento distante, evasivo hasta tolerante tal vez, basado en el criterio de que no hay que agrandar el escándalo echándole más leña al fuego. Un “ya veremos”. Una promesa superficial, un irse por la tangente que ensancha la brecha entre laicos menospreciados y autoridades autosuficientes, tal vez arrogantes y aislacionistas. Pompeyo subraya que el suelo del infierno está pavimentado de buenas intenciones, de promesas que no fueron cumplidas ni se querían cumplir.
3. La jerarquía, considerando que los quejosos no tienen la razón, los reprende, los coloca en cuarentena como si fueran apestados.
—No se sigue así —apunta don Vittorio— el ejemplo del pastor que deja en el redil las 99 ovejas seguras y sale al campo a buscar la que está perdida.
En esta opción no es factible el regreso del hijo pródigo: nadie sale a esperarlos como lo hace todos los días el padre amoroso en la parábola evangélica.
4. Una variante de la opción tres. Enérgicas represalias contra los críticos porque sus “ataques” ponen en riesgo la estabilidad de la Iglesia, confunden a los feligreses y afectan la evangelización y el apostolado.
—No creo que éste sea un enfoque válido —indica Pompeyo—. Los tres sacerdotes y los laicos de San Antonio no son fanáticos budistas o musulmanes fundamentalistas obstinados en degradar al adversario. Son hermanos católicos que hacen lo que creen que es mejor para su Iglesia. No buscan destruir: quieren reconstruir.
5. Un mensaje de gratitud que reconoce el valor de los críticos y la valía de sus observaciones. Hasta aquí. Es el socorrido teorema de que “algo es algo”. Se basa en la estrategia de que mañana será otro día.
6. En legítima preocupación, las autoridades eclesiásticas se apartan de las prácticas elusivas y, en presencia de la comunidad, van al fondo de las denuncias. Agarran al toro por los cuernos. Quizá lancen una convocatoria en que especialistas en conductas cristianas, o una selección de párrocos, examinen las acusaciones y rindan un dictamen comprobable, garantizado por un análisis público de los tópicos. Es camino nuevo, pero don César recuerda al poeta español Antonio Machado: “No hay camino, se hace camino al andar” y evoca también a Juan Pablo II en su “No tengan miedo”.
—Yo no soy cardenal ni arzobispo: soy mafiólogo, César. Algunas de las opciones que hemos discutido tienen para mí cierta semejanza con las tácticas de “la cosa nostra”. Cosa que no es ni será vuestra. Pajaritos a volar.
—Pues yo considero como cristiano que el problema es mío, les guste o les desagrade a los señores administradores de la religión —concluye Pompeyo—. Yo prefiero equivocarme con el Papa, que está demoliendo los tabús que alejan a los fieles mientras se afana por acercarlos abriendo de par en par las puertas de la Iglesia al trabajo y el pensamiento de los laicos. Sería un gesto de estimación y confianza muy a tono con las instrucciones vaticanas de incluir en vez de excluir, de estrechar la comunicación y las relaciones entre rebaños y pastores en vez de fracturarlas con un desprecio olímpico contrario a la caridad, madre de todas las virtudes.— Mérida, 6 de enero de 2011.
