(Primera Columna publicada el 30 de septiembre de 2012)
En busca de un epitafio para el gobierno que hoy fenece, César Pompeyo recuerda la descripción que Isabel Pacheco viuda de Ortega hizo de su hija el 5 de diciembre de 2006: “Una mujer que siempre sale con la suya”.
Basado en estas palabras proféticas, en las promesas que ofreció en el estreno de su período quinquenal y en las consecuencias de su administración, harto conocidas, Pompeyo propone este epitafio: “Ivonne Ortega hizo lo que quiso menos lo que dijo”.
Dijo el 1 de agosto de 2007 en su discurso inaugural: “Tres son los principios que me guiarán. Principios firmes e innegociables. Se aplicará la ley sin cortapisas. El marco jurídico se aplicará sin distinciones ni privilegios. ¡¡¡Nadie estará por encima de la ley, absolutamente nadie!!!”.
Sucedió lo contrario. Los hombres y las mujeres del equipo de Ivonne estuvieron por encima de la ley, estimulados por una impunidad que pervierte porque es absoluta y evidente. En número, diversidad y cuantía, ningún otro gobierno nuestro ha acumulado tantas y tan precisas denuncias de delitos.
Regresemos a los juramentos de 2007: “La corrupción tampoco será tolerada. Donde hay corrupción todo se puede y todo se vale. Ningún acto de corrupción quedará impune. En ello comprometo mi palabra, palabra de mujer, palabra de gobernadora. Yo gobernaré con el ejemplo. Asumo el cargo de gobernadora con un patrimonio modesto, producto del trabajo y el esfuerzo, y así, sólo de los frutos de mi trabajo y de mi esfuerzo, dejaré el cargo”.
Para don César, todo se ha podido y se ha valido en la corrupción torrencial que circuló por las venas y las arterias de la gubernatura ivonnense, desde el despilfarro —fruto de la ineficiencia, el culto a la personalidad y el hambre insaciable de pompa y publicidad— hasta la rapacidad en el enriquecimiento ilícito a expensas de los fondos públicos. “Lo que toca Ivonne lo echa a perder”, resumió una cibernauta en juicio publicado el 7 de mayo de 2011.
“Asumo el compromiso de dirigir los destinos de Yucatán con la firme promesa de sumar, en un proyecto común, a toda la sociedad y todas las opiniones —anunció en 2007—. Un ejercicio del poder que sepa escuchar a los ciudadanos. Un gobierno que, llegado el caso, tenga la modestia, la sabiduría y, sobre todo, el valor para rectificar. Un gobierno de resultados concretos y jamás de protagonismos y lucimiento personal”.
Pompeyo considera que la gobernadora, atacada de un protagonismo sordo a las opiniones de la sociedad y reacio a la menor rectificación, se creó un Yucatán inverosímil a la medida de sus sueños de grandeza y el culto a su personalidad. En su quimera “Apadrina un sueño”, el 5 de noviembre de 2009, pidió al congreso federal 2,842 millones para 25 obras prioritarias. Un año después, en 2010, solicitó 2,326 millones para financiar las 25 iniciativas de su programa “Bordando sueños” . En 2011 duplicó sus ambiciones soñadoras: 4,000 millones para 59 proyectos.
Bastantes de los 109 sueños duermen en el limbo de la fantasía de su bordadora. Para realizarlos dispuso en cinco años de presupuestos que sobrepasaron los 100,000 millones de pesos, más que cualquier otro de sus predecesores en sus seis años, pero destinó apenas el cinco por ciento a obra pública. Parece que las publicadas denuncias de delincuencia organizada son sólo la punta de un iceberg de dineros despojados a su legítima dueña, la empobrecida población yucateca, para ser desviados hacia subsidios políticos u otros fines inconfesables.
Se diría que revisando sus promesas se entiende por qué se dice “que el suelo del infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Eso se diría si no fuera porque en su mensaje de toma de posesión ofreció que en el ejercicio del gobierno “cada paso será meditado”. A Pompeyo, por lo tanto, le parece lícito suponer que las promesas fueron mentiras deliberadas que se multiplicarían hasta instaurar en Yucatán el imperio de la farsa.
Farsa que tiene prueba elocuente en las palabras que Ivonne pronunció en presencia del señor arzobispo, el 15 de marzo de 2009, ¡después de poner la primera piedra de la iglesia del fraccionamiento Francisco de Montejo! “Cosas veredes mío Cid que farán fablar las piedras”.
“Los valores de la probidad, la ética y la moral pública y privada —se atrevió a decir la señora Ortega—; los de conducirse sin mancha o sospecha en los asuntos públicos y en el bienestar general son los que deben irradiar a toda la ciudad de Mérida… Son los valores que a veces parecen estarse perdiendo”.
Pompeyo opina que uno de los motivos de que se estén perdiendo es que su principal custodio, la cúpula del clero yucateco, guardó un silencio conventual, cuando la sociedad clamaba contra los atropellos de esos valores, y estimuló a la culpable con un trato obsequioso que fue para ella útil aliado y escudo eficaz.— Mérida, Yucatán, 30 de septiembre de 2012.
