Reacción melenuda
Nada, definitivamente nada, se compara con una victoria. El equipo que gana lo disfruta y sus seguidores tanto o más. Veíamos anoche a decenas de niños y adultos correr y festejar en el diamante del Parque Kukulcán luego de que los Leones —sus Leones— el equipo de sus corazones, le arrancó un triunfo valioso, vibrante, a los Diablos Rojos del México.
El score final fue 6-4. Tiene muchas lecturas. Tiene, para el anecdotario, sensaciones distintas a los juegos anteriores, especialmente a los de martes y miércoles. Y no es palabra de amargado ni de un ganador engreido.
Fue una cosa de motivaciones. Una cosa de más… Más de lo que usted quiera pensar. Porque así usted puede pensar a su antojo.
Lo cierto es que los Leones se fueron al frente temprano con bambinazo de Walter Ibarra en la segunda entrada ante Luis Alfonso Mendoza, una de las joyas del pitcheo mexicano actual.
Como un toro de lidia, Carlos Zamorano se creció al castigo en cinco entradas y un tercio y mereció esa victoria que a los relevistas se les fue de las manos.
Del gozo al pozo. La malaria volvió en la octava, en la que los Diablos silenciaron el Kukulcán otra vez. Tres carreras y vuelta al marcador. Un 4-2 que parecía irremontable, lleno de dolor para quienes pelearon para ganar.
Olvide cómo fueron esas carreras. Olvídelo bien porque los Leones se crecieron y a los valientes que se quedaron les dieron un regalo monumental, un racimo de cuatro anotaciones.
Una octava entrada que nos dejó ver a los melenudos como los jornaleros que nos llevaron a celebrar esa cuarta estrella justo un mes antes, como ayer.
Tres hits sencillos, dos de ellos de mucha paciencia y velocidad, un toque de sacrificio perfecto, sincronizado corrido de bases, un pelotazo, una base intencional y tres turnos de cuenta llena. Destaco uno que creo fue fundamental, de Humberto Sosa, pues estuvo en 2-0 y alargó al máximo la cuenta llegando a nueve pitcheos. Y luego vino el elevado de Serrano que remolcó la de la diferencia.
Aun hubo un rodado de Diego Madero que fue hit productor para el 6-4.
Maikel Clego subió a cerrar desde la octava y se le fue el partido al aceptar dos de las tres carreras. Pero en la novena, ya con ventaja, estuvo intratable con pedradas incluso de 97 millas
. Los aficionados celebraron festivos y no era para menos. No sabemos si emocionalmente o por movimientos que se avecinan y ya se hicieron (debutó ayer Jonathan Jones en el central y andaban en busca de bateadores experimentados al cierre de esta reseña), pero algo pasó. Y eso fue clave.
Cualquiera que haya sido la razón, dio para vibrar con la victoria anoche ante los Diablos. No lo digo yo, pero los aficionados vieron la pasión que no se encontró en los días previos.
Esa pasión que te lleva a ganar. Y, bien decia el sabio de la NFL Vince Lombardi, no hay nada como una victoria.— Gaspar Silveira
