Foto: Megamedia

Crean miniatura de una plaza en el patio de una casa

Amigos aficionados…

Me llenó de sentimientos ver en días pasados el tablado que armó en el patio de su casa un jovencito de la hacienda Subincancab.

Y ayer que veía el día en que renació el mítico Rodolfo Rodríguez “El Pana” y todo lo que he leído, mi mente unió ambos momentos.

Usted se preguntará qué tiene que ver la obra manual que realizó Josué Aguilar durante la cuarentena con el “Brujo de Apizaco”.

Rodolfo Rodríguez, sobrio, en pants y con boina, me dijo un día, antes de estar anunciado en Motul, que eso de ser torero le nació como una ilusión de niño. Que cuando era chiquillo oía que hablaban de toros y se imaginaba plazas, ruedos, ternos de torero. Que los quería dibujar, interpretarlos como su mente los imaginaba.

La última vez que le vi y saludé fue en marzo de 2013 en la Plaza México (alternativa de Lupita López). Entre el bullicio de cientos de aficionados que salíamos del embudo de Insurgentes, unos chiquillos jugaban al toro. Uno la hacía de torito y otro, capotito en manos, lanceaba a la verónica. “No te voy a decir que es el futuro de la Fiesta. Es el presente. Es la Fiesta viva”, me señaló mientras se acomodaba la flor que llevaba al pecho para verse “guapo, porque así debemos vernos los toreros”, en la foto del recuerdo.

La imagen la guardo celosamente y me la pude ver anteayer que se cumplieron cuatro años del deceso del último romántico del toreo en México.

No tengo idea cuál es la edad de Josué Aguilar, pero sí me da a pensar que el jovencito tiene una pasión enorme por los toros, por las tradiciones y por mostrarlas, que es tanto o más difícil que la primera. Porque habemos muchos que adoramos algo importante para nosotros y la comunidad y no nos decidimos a darle la difusión necesaria. A veces vamos al pueblo a sus fiestas y disfrutamos de lo pagano, pero no de lo hermoso que es lo cultural y religioso. No creamos la línea que pueda hacer que crezca.

La obra manual de Josué invita a los toros, a la fiesta del pueblo. Su tablado podría ser la envidia de miles. Yo nunca pude hacer uno así, aunque sí armaba con mis hermanos “Yuca” y “Mayo” nuestros ruedos y jugábamos al toro. Recogimos sogas cuando descartaban el monumental tablado en “La Placita” y jugamos muchas veces a lanzarnos y también toreábamos. Lo hacían decenas de chiquillos tixkokobenses y seguramente es el sentir de cada lugar donde se vive esta apasionada fiesta. Dicen que hay cerca de 2 mil festejos anuales en Yucatán, así que imagine cuántos genios escondidos habrá.

Por eso relacionaba una cosa con otra. “El Pana”, hoy llorado, tuvo esa visión, le gustó el toro desde que era un crío, fue torero único, de una pasta distinta, y al cabo de los años, pagó tributo a su pasión muriendo prácticamente en el ruedo, donde soñó morir, “pa ser una leyenda”.

Y Josué Aguilar nos dejó la sensación de que, armando casi milimétricamente su tablado, con palitos, guano, escaleras e hilos, tiene en sí una pasión desbordante por lo que vive. Se tardó quince días en hacer su plaza de toros, escribió en sus redes sociales, e invitó a los que quieran ir a jugar a que lleven sus toros y caballos de juguete, claro.

Réquiem por el querido “Brujo de Apizaco”, especialmente porque la Fiesta necesita héroes y figuras de su talla. Y Puerta Grande a Josué Aguilar porque la Fiesta también necesita de niños y jóvenes que nos muestren sus pasiones dentro de la cultura y el arte. Tan olvidados los valores así.— Gaspar Silveira Malaver

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