Gaspar Silveira Malaver
Menudo orgullo el de desvelarse para ver a las damas mexicanas representarnos en los Juegos Olímpicos. Desde las chicas de sóftbol que casi nos hacen ganar la medalla de bronce, hasta las clavadistas, que sí nos brindaron la emoción de verles en el podio colgándose una presea cuyo valor es tan preciado como el oro.
¿De bronce? Sí. De bronce, y tal vez ustedes no tendrán idea, pero esa medalla de bronce sabe a oro para quienes han puesto alma, vida y corazón para llegar, al menos estar allí, en unos Juegos Olímpicos.
De entrada diré que también me enfadó leer publicaciones en redes sociales señalando a México como “Raza de bronce” o “mujeres de bronce” o frases de ese tipo. Por favor. El quedar en tercer lugar en una competencia de este tipo, o cuarto o quinto, te hace ser un ganador, no un perdedor, si tomas en cuenta que ya con el simple hecho de estar en un evento así, o un Campeonato Mundial, ya triunfaste. Todos soñamos con llegar, y somos miles de millones en el planeta que hacen o hicieron deporte, y lo consiguen unos cuantos nada más.
Pero además, ¿tendrán idea de lo que hay en el camino a unos Juegos Olímpicos? Desde selectivos locales, Olimpíadas Juveniles, campeonatos nacionales, en el caso de México, Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, selectivos mundiales, más largos procesos en campamentos, concentraciones. Las horas y horas que se invierten en entrenamientos, en recuperaciones, pasar hambres, riesgos e intrigas, estar largas horas y comer y dormir en aeropuertos y aviones. La carrera comienza desde que el atleta es un niño que es llevado por papá y mamá para la iniciación, ni se diga lo que en dinero hay que sufragar. Hay sacrificios gigantescos en la vida de un deportista. Usted, y yo también, dormimos cuando ellos están entrenando; comemos rico mientras ellos están siguiendo dietas, tenemos a nuestros seres queridos cerquita en días especiales, y ellos andan en algún lugar del mundo tratando de estar serenos ante la distancia de tiempo y espacio. Si el gobierno apoya, bien, y si no, a pepenar entre amigos, iniciativa privada. Pero si logra algo, todos nos colgamos las medallas o queremos tocar el trofeo conseguido.
Solo con eso basta para que sean raza de oro. Y no, de ninguna manera, es un conformismo pensar en que con el bronce se tienen que dar por bien servidas.
Finalizo con unas frases que me permito tomar de dos personas a los que he entrevistado y me honran con su amistad, además de que lo viven o han vivido en carne propia. Una: “No aguantaban ni las dos vueltas a la cancha que los ponía a dar el maestro de educación física, y andan criticando a los atletas mexicanos”, firmada por Vicente Espadas Cervantes, preparador físico de selecciones nacionales, cuya historia comenzó en su natal Cacalchén y ha dado la vuelta al mundo. Más cierto que cualquier cosa. Todos habloteamos sin conocer. Y dos: “Lo que pasa en mi cabeza cada que amanece es ¿cómo puedo ayudar hoy?”, de Alberto Alcocer Gamboa, yucateco que es parte de la delegación tricolor precisamente en estos Juegos de Tokio. Hay que dar siempre lo mejor.
Suficiente. Me honró ver a las “gringas mexicanas” batallar por el bronce en sóftbol, a Esmeralda Falcón ser la primera mexicana en participar en el boxeo femenil, a las chicas de taekwondo y, claro, a las clavadistas Alejandra Orozco y Gabriela Agúndez subir al podio para recibir su medalla. Pero… ¿Raza de bronce?
México: sigo creyendo en ti.— Mérida, julio de 2021
