Herencia de un ganadero al padre Fausto Castillo
Amigos aficionados…
En lo personal, me causó emociones especiales mirar en las redes sociales del padre Fausto Castillo Pereyra una foto en que honra la imagen de sus padres, en el décimo aniversario de su ordenación sacerdotal.
Podría ser algo equis, pero llega a ye y a zeta, con el abecedario completo, porque los seres humanos a los que el padre Fausto Guadalupe agradece son ni más ni menos que don Juan María Castillo González, propietario de la emblemática ganadería de Sinkeuel, y doña María del Carmen Pereyra. De Maxcanú para el mundo, como ejemplo de verdad y pasión en la crianza del toro.
Sinkeuel tiene una larguísima, rica historia. Don Juan María siguió los pasos de su padre, también llamado Juan Castillo, el primero de esta estirpe que tuvo la dehesa en los pastizales de San Simón, en Chunchucmil. Tan maravilloso ese enclave yucateco, al que, aunque parezca increíble, llegas desde Maxcanú, avanzas en los montes en un camino angosto de terracería, y de pronto, estas en las marismas de San Simón, ya a unos cuantos kilómetros de Celestún. De un punto a otro enlazando campo bravo con mar, entre el revuelo de las gaviotas y el mugido del ganado de casta brava que allá pasta.
De todo esto, algo quiero comentarles: la herencia del padre Fausto Guadalupe de su señores padres.
Me hace un par de citas a propósito de esa instantánea en que aparece él entre sus padres, con la imagen del Cristo y los Arcángeles del convento de las Hermanas Capuchinas. Primero, porque le expreso detalles memorables para mí, de una visita que hicimos en 1995 a la dehesa, con Alejandro Flores Melo de reportero y Fernando Acosta Yam de fotógrafo. Entonces, tras una jornada preciosa entre corrales, toros y uno que otro capotazo suelto (allí tuve mi primera toreada y también mi primera revolcada), para despedir el día de campo doña Carmita nos preparó un verdadero banquete, complementado por un café servido en su hermosa y conservada vajilla. La greca, le digo al padre, y la sobremesa tuvieron un sabor especial que, pasados 24 años, sigo disfrutando de sus recuerdos.
¿Cuánto legado pudo tener el hijo del famoso ganadero que hoy es sacerdote?
Me responde fácil, casi sin pensar: “Yo aprendí a ser pastor viendo a mi papá ser ganadero”. “Aprendí a amar a mis ovejas viendo a don Juan amar a sus toros”.
Como diría un buen aficionado, con esa reflexión tan sentimental como empática de hijo a padre, “el boleto está pagado”. Como cuando un lance a la verónica nos deja su recuerdo a la perpetuidad.
El toro, criado con esmero y respeto impresionantes por don Juan María Castillo González, con apoyo de sus hijos (en diversas trincheras), hizo que la bandera de Sinkeuel ondeara muy alto y con tanta firmeza en su asta durante largas décadas. Pero igual hizo que aquel jovencito que estuvo en las labores de campo aquel día de noviembre de 1995, y que también compartiera la sobremesa en Maxcanú, hoy tuviera un inmenso rebaño que guiar, siguiendo las enseñanzas de su padre, que a la vez las llevó heredadas de su abuelo: todo por amor y con amor.
Quizá la razón más grande que pueda sentir un padre es ver cristalizados a sus hijos (lo sé, por eso se los digo), en el ámbito que ellos elijan. Fausto fue un niño educado al que, con sombrero, se le veía siempre al lado de don Juan, en la ganadería, en el patio de cuadrillas de la plaza, en el callejón, en los eventos importantes en noches de toros. Pero no eligió ser criador de reses bravas, sino forjador de hombres de bien desde su púlpito y a través de predicar y enseñar los valores de la palabra de Dios. El rebaño suyo es enorme.
Feliz de verle en su aniversario junto a sus apreciados padres. El toro, desde su crianza, le llevó a un sendero del que, sonriente, da gracias a Dios. Con amor.
