Imagínese todo lo que un pelotero, directivo, umpire, periodista o cualquier personaje ligada a un deporte tiene que recorrer en su vida para terminarla decorosamente. Ahora, póngale pluma (o teclee) el infinito de aportaciones que uno tiene que hacer para ser recordado, y más si se trata de un pedestal donde están solamente los grandes.

Por ello resulta satisfactorio ver entre cientos de personajes ilustres a los mejores peloteros yucatecos de la historia. Más cuando ves a otros mirando sus nichos y recordando su valía en el Salón de la Fama del Béisbol Mexicano en Monterrey.

El béisbol llevó a Grupo Megamedia y al Diario a seguirles la huella a los Leones en la Serie del Rey y como parada obligada para el que escribe estuvo el recinto de los inmortales de la pelota mexicana. La ilusión de poder detallar y difundir a las fieras desde la Sultana del Norte se fundió con el recorrido en el Salón, de forma especial viendo a seis yucatecos resaltados entre miles, o tal vez millones, de personas involucradas en el béisbol y su historia.

La nueva sede del recinto de los inmortales (abrió sus puertas como es actualmente en 2019) es una auténtica joya. Está enclavada en la zona del Parque Fundidora, un pulmón verde para esa urbe que no oculta la cruz de su parroquia: grandes industrias, pero aire contaminado, con nubes que, a ratos, tapan la visibilidad, evitando ver las imponentes montañas que la rodean, como el famoso Cerro de La Silla. Precisamente comentan sus constructores que esa fue la idea en su edificación: asemejarse a lo que es Monterrey como una ciudad industrial, por fuera, pero por dentro enseñando la grandeza de este deporte.

Y claro, emociona ver a Julio Molina (el “Diamante Blanco” fue electo en la Clase 1939), Fermín “Burbuja” Vázquez (2003), Wílliam Berzunza (1995), Juan José Pacho (2009), además de los periodistas Jorge Blanco Martínez (1992) y Jorge Menéndez Torre (2020), los yucatecos que han sido elegidos para estar en el Salón.

Orgullo yucateco

Como yucateco, qué orgullo escuchar decir: “Mira… es Juan José Pacho”, como comentan unos visitantes sinaloenses frente a la placa del “Chelo” de Oxkutzcab que brilló con los Leones, los Venados de Mazatlán, México en la Serie del Caribe. O a otros que te identifican como yucateco, quizá por el acento imperdible al hablar, y que señalan que “hay varios paisanos tuyos aquí, está Berzunza”, refiriéndose a Wílliam Berzunza León. Sí, de verdad que es orgullo.

Encontramos las placas que inmortalizan a Ray Torres y Mercedes Esquer, entronizados con la icónica gorra de la L y la Y, tras sus destacadas participaciones con los melenudos. De Esquer, un jersey original, su guante y spaics conservados de forma impecable entre las vitrinas.

Ha merecido la pena ver el recuerdo del juego perfecto del zurdo Óscar Rivera, con una foto de nuestro reportero gráfico Ramón Celis Perera cuando lanzó, en 2005, el histórico juego perfecto ante los Guerreros de Oaxaca, único en la postemporada hasta ahora. “Qué padre que esté ese detalle allí”, nos comenta “Mr. Perfecto” al recibir la foto de su recuerdo de aquella mágica noche.

Y un reconocimiento a uno de los directivos yucatecos que ha tenido trascendencia en ese ramo: Plinio Escalante Bolio, que fue presidente de los Leones dos veces, defensor a ultranza de los melenudos (años 70), y también un modelo de presidente de la Liga Mexicana.

Cada paso recorrido en el recinto de los inmortales representa un gigantesco reconocimiento a quienes hicieron del béisbol algo más que un deporte, detallando los inicios de este deporte en Estados Unidos, mucho antes de que fuera un deporte profesional, pasando por las figuras de Babe Ruth y Lou Gehrig, y el nacimiento de la Liga Mexicana con Ernesto Carmona y Fray Nano, yendo paso a paso para enseñar lo más granado que ha tenido el pasatiempo a través de los años. Además, con rincones altamente formativos y didácticos, como un mural en que aparecen los principales términos, en lo reglamentario y lo coloquial, que pueden servir para instruir a las nuevas generaciones. De lado, cómo se inicia la vida de una bola, con todos los procesos, desde la pelotita de caucho hasta los componentes que se usan para dejarla como la conocemos con las 108 costuras rojas en piel blanca. Y el bate… aparece una vitrina con un trozo de madera normal, como cualquier otro, que no parece, por nada, llegar a ser lo que es en los talleres.

En 7,548 metros cuadrados se trata de enseñar al mundo lo más sagrado que ha tenido el béisbol mexicano en esta nueva sede que es un verdadero santuario para el rey de los deportes. Abierto originalmente en 1973 en las instalaciones de la Cervecería Cuauhtémoc, en febrero de 2019 se hizo realidad un proyecto para rescatarlo y darle nueva vida. El precursor más importante fue Alfredo Harp Helú, propietario de los Diablos Rojos del México y los Guerreros de Oaxaca, y cuya idea fue hecha realidad por el despacho constructor de José Maiz García, propietario muchos años de los Sultanes y quien aparece como parte de los niños que fueron los primeros mexicanos campeones en la Serie Mundial de Pequeñas Ligas, junto con Ángel Macías.

El inmueble alberga a los casi 200 entronizados, pero pretende ser algo más que un lugar donde se vean placas alusivas. Para dar cabida a todo lo que se puede apreciar fueron utilizados 700 mil metros cúbicos de concreto, mil toneladas de acero en varillas de diferentes calibres y más de un millón de ladrillos en la edificación de muros y techos. El ladrillo es con la finalidad de dar similitud y a la vez reconocimiento a los edificios icónicos de Monterrey, como la Cervecería y la misma Fundidora.

El principal símbolo del Salón de la Fama es la flama de la inmortalidad, que perpetua a los grandes.

“Es el sueño de todo jugador y todo es por el sacrificio, disciplina, pasión, sentimiento y respeto por el juego, la consistencia día a día, y obvio, los números que hace uno que se van acumulando a través del tiempo”, destaca Juan José Pacho sobre su legado perpetuado en el Salón de la Fama.

Y eso es algo que un aficionado siente. “Como yucateca, me siento muy orgullosa de ver los nombres de gente nacida en mi tierra escritos casi casi en letras de oro. Como fan de los Leones, me encantó ver cómo el equipo ha sobresalido a lo largo de la historia aportando peloteros que han dejado una huella significativa en la evolución de la Liga y sobretodo como aficionada al rey de los deportes, es grato saber que este lugar es un paso hacia adelante para aquellas nuevas generaciones que apenas van conociendo la belleza del mismo”, comenta la joven motuleña Ileana Tuz Cárdenas, quien fue vista recorriendo el recinto.

El Salón de la Fama merece más que una visita de una hora y vale mucho más que los 50 pesos que se cobra por el acceso. Con solo imaginar que te toparás con las glorias yucatecas de este deporte entre tantos inmortales, el pase está más que pagado.— Gaspar Silveira Malaver

 

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