SEVILLA. 01/10/2023. - El Diestro madrileño Julián López '?El Juli'? visiblemente emocionado brinda al público la faena a su primer toro de esta tarde, un Garcigrande (su ganadería predilecta) en la última de las corridas de la Feria de San Miguel en la Plaza de la Maestranza de Sevilla. El diestro se despide así de los ruedos, este domingo. EFE/ Raúl Caro.

Cerca de las 9 de la noche de Sevilla, se fue caminando, modestamente sonriente, Julián López “El Juli”. Decenas de toreros, de amigos, se tiraron al ruedo tratando de sacarle en hombros por la Puerta del Príncipe.

Siete veces se fue por el umbral de la Maestranza de Sevilla, pero ayer no pudo, ante toros sin condiciones. Y, entre su vergüenza torera, de primera figura, decidió irse a pie, ovacionado por casi 13 mil espectadores que llenaron el coso del Baratillo para ver la despedida del torero más importante de este siglo. Un niño que de prodigio pasó a ser una realidad. De soñador sonriente, a un serio matador que se estableció donde solamente los privilegiados llegan. Unos cuantos, nada más.

Tomó el micrófono para brindar la muerte de su primer toro y fue un reconocimiento de su amor por un país que es su segunda patria, México, “donde por un capricho político no me pude retirar allí”.

Cuando la corrida de ayer iba a la mitad, con un Daniel Luque rotundo en el toro anterior (para dos orejas de muchísimo peso), “El Juli” tomó su capote y se fue arrastrándolo hacia la puerta de chiqueros para preparar una portagayola que sorprendió a muchos, pero que fue un amor propio y la voluntad de seguir dando la vida hasta el último momento.

Cuajó entonces una faena en la que mostró la capacidad de torero, de esos sabios de la Fiesta que contamos con los dedos y nos sobran. Porque esa fue una de las virtudes que Julián López tuvo en sus 25 años de matador de toros y los otros de novillero. Suelto, bullidor, rotundo. No era una faena de buscar un triunfo, sino un trasteo de sentirse bien consigo mismo, que es lo que hace distintos a unos para consagrarlos, sobre otros que buscan plata y gloria toreando al público.

Soltó la oreja que le concedieron y, entre presentes y flores, luego le tiraron una bandera mexicana y con ella dio toda la vuelta al largo ruedo maestrante.

Y así fue toda su trayectoria en los toros, soñando por estar entre las figuras y luego encabezando el escalafón como pocos han durado. En la transmisión en vivo, cumplida su obra torera, dijo: “Doy gracias a Dios por dejarme disfrutar del toreo en mi vida”.

¡Qué afortunado, Julián López de ser lo que quiso ser! Aquel chiquillo que se escondía para torear, el que no alcanzaba a mirar desde los burladeros por ser demasiado pequeño, y que, al paso de tres décadas de ponerse en el primer plano, sin bajarse nunca, se fue de los ruedos. De la misma forma: siempre como figura. Eso, es de privilegiados. El prodigio se fue como maestro. Se fue por pie propio, respetado por sus compañeros y los aficionados, como desde el primer día.— Gaspar Silveira Malaver