Los expertos del béisbol dicen que la magia la muestran los mánagers cuando toman la decisión de cambiar a sus lanzadores. Ni un pitcheo antes, ni uno después.
De 1981, con Fernando Valenzuela; a 1991, con Jack Morris, que cubrieron la ruta en juegos clave en partidos vitales en Serie Mundial, a 2001, con Curt Schilling, que fue removido antes por Bob Brenly… A este 2023 en que, las cifras lo muestran, Bruce Bochy, aguantó demasiado a Nathan Eovaldi.
Raro, porque Bochy es un maestro en eso de mover sus piezas, máxime en esta época en que en el béisbol no hay consideraciones. Los Rangers de Texas vivieron esa circunstancia ayer. Directamente, no se carga al récord la labor de Nathan Eovaldi, pero sí pudo pesar.
En el lejano 1981, Tom Lasorda dos veces puso a calentar a sus relevistas mientras lanzaba Valenzuela en ese memorable Juego 3 de la Serie Mundial ante los Yanquis de Nueva York. Pero tanto el “Toro” como su piloto sabían que difícilmente harían algún movimiento en la loma. Las cartas credenciales de un Fernando Valenzuela de temporada mítica eran tan grandes, y los relevistas no eran para nada usados como se hace ahora. Por eso Lasorda dejó tiempo al de Etchohuaquila.
Alguna vez Roger Clemens dijo que los pilotos deben saber morirse con sus abridores. Como en los toros, dicen que “siempre hay una tarde para salir a morir”.
Jack Morris, un Salón de la Fama, llegó a 1991 ya siendo un veterano que había trabajado en la Serie Mundial de 1984 con los Tigres de Detroit. Los Gemelos de Minnesota lo firmaron para las gestas que iban caminando en ese año. Y llegó la batalla al Juego 7. Tocó ver lanzar a Jack Morris por los mellizos, en el ruidoso Metrodome, ante John Smoltz, otro “Fame Hall”, y el gran “Gato”, por increíble que parezca, trabajó las diez entradas que duró ese partido, ganado por Minnesota con hit de Genne Larkin. El score final: 1-0.
Al mánager gemelo Tom Kelly muchas veces le preguntaron sobre ese duelo, en que si pensó sacar a Morris. Y lógicamente dijo que “nunca me pasó por la mente”. Morris hizo 126 pitcheos y en todo momento estuvo dominante. ESPN nombró ese Juego 7 como el mejor partido de la historia de Serie Mundial. Nadie protestó cuando hizo ese reconocimiento.
Y luego, en 2001, Brenly y los Diamonbacks de Arizona tenían en la lona a los Yanquis y en la loma a Schilling en una formidable labor en las primeras siete entradas en el Yankee Stadium. Pero el piloto decidió ir por su cerrador desde la octava y trabajar dos actos de relevo para un pitcher de esta naturaleza no es nada fácil. No lo fue para Byung-Hyum Kim. Los Yanquis empataron primero con jonrón de Tino Martínez, que fue milagroso, y luego lo ganaron en la décima con el jonrón recordado de Derek Jeter, ya cuando Kim estaba lanzando en dos actos y dos tercios. Demasiado, sin duda. No hubo problema porque luego las serpientes ganaron el Clásico cuando regresaron a casa para los partidos sexto y séptimo.
Claro, habría que tomar en cuenta que “gracias” a esos cambios de Brenly llegó el jonrón de Jeter, justo la primera vez que la Serie Mundial se iba más allá de octubre. Nació “Mr. Noviembre” con el “Capitán” recorriendo las bases levantando el puño, mientras Schilling miraba en el dógaut cómo se desperdiciaba su estupenda labor.
En estos años, nadie que sea mánager aguanta tanto. A veces tres carreras y es mucho, viene el cambio. Bochy, dos veces campeón con los Gigantes en que Tim Lincecum brillaba lanzando grandes distancias, anoche confió demasiado en Eovaldi. Todo indicaba que, tras la cuarta carrera iba a mandarlo a descansar, pero lo dejó una más y le hicieron otra rayita, dejando el marcador 5-3. El jonrón de Corey Seager salvó a Bochy al empatar este drama 5-5. Se hablará menos de la decisión sobre Eovaldi.— Gaspar Silveira
