“¡Bravo… bravo…!”, gritaba una dama eufórica junto a la valla en la meta. “¿Y quién es? ¿Lo conoces?”, le preguntó su acompañante.
“No, la verdad no, pero no importa. Aquí apoyamos a todos. A todo el que cruce la meta a esta hora, le aplaudimos sin importar quién es. Ya cumplió su misión”.
Fue esa una de decenas de historias que se viven en el que puede llamarse el “otro maratón” dentro del Maratón de la Ciudad de Mérida, corrido ayer.
Al fondo, a las faldas del imponente Monumento a la Patria se aprestaban a premiar a los corredores de la élite que arrasaron con medio millón de pesos en premios. Los africanos y corredores profesionales acapararon la mayoría de los cheques monetarios. Esa es una parte fundamental del fin que persigue el evento más importante de la ciudad en el atletismo.
La otra parte, o el “otro maratón”, lo vivían al máximo quienes, pasadas ya incluso cinco horas, esperaban a sus familiares o amigos para el cruce de la meta, el llegar a la tierra prometida. Aquí no importa si eres mujer u hombre, si tienes 30 u 80 años, si eres letrado o un trabajador sin profesión. Aquí lo que cuenta es que llegues a la meta.
Llegar y poder gritar a los cuatro vientos (o cuantos vientos sean) “lo logré” o el “sí se puede”. Expresiones de verdad impresionantes, gritos, rictus de dolor, de agotamiento.
Son más esos que los de la élite. Mucho más. Muy cierto lo que dijo el icónico Vince Lombardi: “ganar no es lo más importante, es lo único”, pero igual se respeta la expresión del barón Pierre de Coubertain, creador de los Juegos Olímpicos: “Lo importante no es ganar, sino participar”.
Quienes decidieron irse a la osadía de correr 42.195 kilómetros por primera vez, o para superar muchos preceptos negativos, retar a sus capacidades, fueron triunfadores por el simple hecho de decidir hacerlo. Frío, humedad, calor, llovizna, calambres, hambre…
Decía Manuel Cauich al micrófono, arengando a los maratonistas pasadas las cuatro horas: “Ellos ya corrieron 42 kilómetros y nosotros no somos capaces de ir siquiera por tres”.
Esa fue la victoria de los “otros maratonistas”. Cuatro horas, cinco, seis… Pero llegaron. El éxito es intentarlo.— Gaspar Silveira
