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Melancólica, cantó Isabel Pantoja un himno a “Paquirri”, su esposo, caído en una plaza de toros hace cuarenta años: “Ese barco velero cargado de sueños / Cruzó la bahía / Me dejó aquella tarde agitando el pañuelo/ Sentada en la orilla…”

Cuatro décadas de aquella celebérrima tarde de Pozoblanco y la cornada mortal de Francisco Rivera, propinada por “Avispado”, de Salayero y Bandrés, sigue siendo tema de debates.

Grabadas estuvieron sus famosas palabras al doctor: “La cornada es fuerte. Tiene al menos dos trayectorias, una para acá y otra para allá. Abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y tranquilo, doctor”. Los doctores actuaron tranquilos y con alto profesionalismo, pero Paquirri requería una mejor atención médica, en un hospital de primera o simplemente de superiores perspectivas, y en el camino que va de Pozoblanco a Córdoba, expiró.

La muerte del torero más popular y poderoso de los años 70 y 80 generó un debate en torno a las enfermerías y evidenció que las plazas de toros debían actualizar sus instalaciones sanitarias.

Desde entonces, mucho ha cambiado la atención. Las plazas tienen mejores instalaciones, la cirugía taurina ha evolucionado de manera impresionante. Y muchos han salvado la vida.

Pero así de cruel fue el fatal desenlace de un torero sumamente especial. Un matador que lo fue porque sus venas traían sangre de tauromaquia de toda la familia, que luego se casó en primeras nupcias con la entonces llamada “novia de España”, Carmen Ordóñez, hija ni más ni menos que de Antonio Ordóñez, el torero más poderoso de esa época, sobrino de Luis Miguel Dominguín. Portento de facultades físicas, sobresaliendo a la hora de clavar banderillas y en la suerte suprema, se divorció de Carmina, con quien engendró a dos hijos toreros, Francisco y Cayetano, y se casó por la iglesia luego con Isabel Pantoja.

Como Manolete en su final, Paquirri había dicho que el retiro era urgente para tener paz y vida. La de Pozoblanco, un 26 de septiembre como hoy, pero en 1984, era su última corrida de la temporada. Planeaba venirse a América a una corta campaña y luego se iría tal vez a una pausa o a marcharse en definitiva.

Tomo este párrafo del Diario de Córdoba: “Hace 40 años, uno de los matadores más poderosos de la historia, Francisco Rivera Paquirri, moría como consecuencia de la tremenda cornada que recibió cuando lanceaba a Avispado, de Sayalero y Bandrés, un toro chico y sin presencia, pero muy astifino. Entre la enfermería de Pozoblanco y el hospital más cercano, en la capital, la distancia era inmensa aquel 26 de septiembre de 1984. El impacto de aquel suceso resuena aún no sólo por la pérdida del diestro, sino por las circunstancias y por la polémica que, todavía hoy, genera. Cuatro décadas después, la vida de los toreros pende de un hilo y buscar culpables o justificaciones a sucesos de este calado quizá sea un debate estéril porque son de una simpleza arrolladora. Un toro te puede matar. Sí existen, sin embargo, consecuencias”. Te puede matar, claro, un toro, grande, chico; un novillo, un becerro. Pero hay que plantarse frente a él para jugarse la vida.

España y el mundo del toro lloraron y lloran aún por Francisco Rivera, parte de un “cartel maldito”, pues “Yiyo”, el más joven del cartel, murió al año siguiente corneado por “Burlero” en Colmenar Viejo, y “El Soro” quedó casi inválido igual por un percance en el ruedo.

La atención médica en el toreo ha cambiado, desde Paquirri en Pozoblanco en 1984. Pero Isabel Pantoja sigue esperando a su “marinero de luces”.Gaspar Silveira Malaver

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