Por Rafael J. Ramos Vázquez
La tauromaquia mexicana ha tenido grandes figuras que han dejado huella en su paso por los ruedos. Pero hay uno considerado por los críticos como un producto de la auténtica escuela clásica mexicana, un muletero excepcional que realizaba la lidia en un palmo de terreno, con dominio absoluto, con un toreo romántico, precioso y artístico. Tejía faenas para conservarlas en un aparador del museo taurino de cualquier plaza. En España un cronista especializado lo bautizó con el sobrenombre de “El mexicano de oro”.
Me refiero a Manuel Martínez Ancira, conocido en el mundo de los toros como Manolo Martínez.
Manolo conocía perfectamente los terrenos del astado y tenía una técnica depurada, aunada a una fuerte personalidad, arrogante y solitario, siempre dividiendo opiniones.
Para le prensa española no era un matador fuera de serie, pero eso se debió, tal vez, a que subió muy rápido y empezó a opacar figuras de la Madre Patria y fue boicoteado sutilmente. Esa fue la razón de que hiciera muy pocas temporadas en España. Pero en nuestro terruño era un ídolo para la afición, recibiendo los sobrenombres de “El milagro de Monterrey” o “El mandón”. El regiomontano tenía un gran repertorio, realizaba los naturales de forma armoniosa, rítmica, para rematar generalmente las series con el “martinete”.
Incluso a él se le atribuye la creación de una suerte con la muleta que se denominó “pase del desdén”. Sin embargo, su punto débil era la toledana y muchas orejas se le escaparon al fallar en la suerte suprema. El coso donde más triunfó fue sin lugar a dudas la Monumental Plaza México, donde apareció en la cartelera en 91 ocasiones, de las cuales cinco fueron encerronas, que lo convierten hasta la fecha en el matador que más veces ha encabezado él solo la marquesina.
En ese embudo acumuló en sus alforjas 81 apéndices y 10 rabos.
En su andar por los ruedos, desde su alternativa en noviembre de 1965 apadrinado por Lorenzo Garza, el “Ave de las Tempestades”, con el burel llamado “Traficante”, hasta su retiro definitivo en el año 90 del siglo pasado, toreo más de 1,300 festejos y recibió 15 cornadas de diferentes niveles de gravedad. Es lapidaria una frase a pregunta de un reportero: “las cornadas no las dan los toros, se las dan así mismos los toreros”.
A los 50 años de edad, una hepatitis le da la cornada mortal, pereciendo en un hospital de California, esperando un trasplante de hígado que nunca se realizó.
Manolo Martínez es para muchos la principal figura del toreo mexicano, un referente. Todavía parece escucharse a muchos años de su fallecimiento el grito en la México de la afición azteca: “Manolo, Manolo y ya”. Mérida, mayo de 2025
