La tradicional Corrida de Beneficencia de Madrid se celebró sin la presencia del rey Felipe VI en el Palco Real, vacío por primera vez en la historia de este festejo, pero finalizó con la primera salida a hombros por la Puerta Grande, tras una actuación magistral, de Morante de la Puebla, auténtico rey del toreo actual.

Morante puso a la Plaza de Las Ventas de acuerdo y ratificó el momento que lo tiene como el más importante de los toreros en el mundo. El diestro de Sevilla abrió la Puerta Grande en la tradicional Corrida de la Beneficencia celebrada ayer, con lleno de “no hay billetes”.

Fueron oreja y oreja en dos faenas para la historia del coso de Madrid.

Oreja, también, para un buen Fernando Adrián en el segundo. Borja Jiménez lo intentó en un lote de Juan Pedro Domecq venido a menos y fue silenciado.

Morante hizo eco muy fuerte en una tarde cargada de torería, gusto, clasicismo, sello personal y un toreo único. Al primero lo recibió con jaleadas verónicas. Madrid estuvo con Morante desde el comienzo. Por ayudados por alto lo inició de muleta. Lo ligó con la diestra en dos series de auténtico ajuste y ceñimiento. Al natural, dejó muletazos de cartel. Una labor medida que sirvió para cortar una importante oreja tras enterrar el acero muy de verdad.

Otra obra grande dejó en el cuarto, un toro de media embestida en el que puso el corazón y le sacó muletazos de cartel. Al natural, paró el tiempo. La plaza fue un clamor, puesta en pie.

Aunque la estocada quedó desprendida, el público pidió con muchísima fuerza el trofeo que le abrió la primera Puerta Grande de su vida en Madrid.

Adrián dejó lo mejor ante el segundo, al que cortó una oreja en una labor que caló en el tendido desde los inicios de muleta rodilla en tierra. Muy entregado el madrileño ligó series de mucho mando y poder. Al natural, también dejó buenos momentos. Un final por bernardinas y una buena estocada puso en su mano el trofeo.

Al final, cientos de jóvenes se acabaron echando al ruedo entusiasmados para acompañar al maestro sevillano en una clamorosa y masiva vuelta al ruedo en volandas antes llevarle así, camino del hotel, por la gran calle de Alcalá, que en la noche relució más que nunca con la presencia deslumbrante de quien por fin logró el reconocimiento definitivo de la plaza de Madrid.

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