Amigos aficionados…

Todas las épocas han tenido a su torero grande, el artista, el ídolo, el que cobra más, el que revienta la taquilla. Y no hay duda de que en estos tiempos, le llegó la hora de ser visto como tal a Morante de la Puebla. No sólo porque ha triunfado en todas las plazas, regando su arte, un día sí y otro también, que eso es muy difícil en toreros de su corte.

Cuando se fue “El Juli”, quedó un vacío que nadie se atrevía a llenar, con todo y que Julián López nunca fue llamado el mandón, pero todos le respetaban. José Tomás, el mito, se negó a hacerlo porque simplemente no quiso torear en los carteles básicos, en las ferias y ante la tele. Sus razones tuvo el de Galapagar.

Estaba, y está, Andrés Roca Rey. El peruano, que es, en los entendidos, el que más cobra, lleva una estela grande de triunfos, muy arrimado a los toros (tipo José Tomás), metiendo gente a las plazas igual. Pero algo tiene el joven Andrés que no llega a lo que es Morante.

Y el torero de La Puebla del Río no se parece, en nada, a ninguno de los ya mencionados. Aplica lo que diría Juan Belmonte. “Se torea como se es”. Viste diferente, camina como pocos, habla como nadie hace y torea como no hay copia.

Por eso, quizá, es que Morante tiene un aura especial. Ha resurgido de una cueva en la que se metió por sus problemas emocionales, y da la impresión de que simplemente se concentró en el toro, en lo suyo, y hoy en día está cincelando obras de arte como algo tan natural, como hizo el domingo pasado en la Plaza de Las Ventas de Madrid. Quizá, en el fondo, era el coso de la calle de Alcalá el que le faltaba conquistar para ascender al Olimpo de los consagrados grandes del toreo. Siempre nos preguntamos por los encumbrados de otras épocas, cómo fueron, cómo torearon. Gallito, con Belmonte Gaona, por ejemplo, o Manolete, con Arruza y Dominguín, y también “El Cordobés”, con “Machaquito”, Antonio Ortega, Curro Romero y, más adelante, Paco Camino y otros más, antes de llegar a las eras más cercanas en que dominaron Ponce, Joselito (José Miguel Arroyo), Tomás y una larga lista a la que se unió, con fuerza, el prodigio y la maestría de “El Juli”, apareciendo, de poco en poco, José Antonio Morante Camacho, con sus agridulces tardes aquí y allá, en un allá y acá que ahora han dado vuelta a la página para tenerlo en un pedestal a donde no llegará cualquiera.

Faltaba su clímax de Madrid y lo alcanzó en la Corrida de la Beneficencia. No fue algo apabullante, pero sí algo que sólo da el arte y esto puede ser pureza y emoción, una Puerta Grande que emocionó a todos y conmovió a gran parte de los aficionados taurinos. No todos van a comulgar en favor suyo, pero son más los que sí.

La apoteósica salida en hombros, cargado y vitoreado por cientos de jóvenes (entre ellos su hijo, que es un crack de selección nacional de fútbol), marcará siempre la vida de Morante.

Una vez cruzamos palabra con él después de un 12 de diciembre en la Plaza México. En su tono bajo de voz, muy sevillano, que casi hay que acercar el oído para escucharle, dijo sobre el olé nuestro esa noche: “Es lo que uno sueña”. Él, seguramente, ahora sigue soñando. Y los aficionados, también.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán