Amigos aficionados…
El toreo es el juego de la vida. Pase lo que pase, digan lo que digan, ese será el principal elemento que le dé vida a la tauromaquia.
Y lo que se vivió recientemente en la Feria de San Fermín, en Pamplona, volvió a situar al rito de la fiesta de los toros como un ente que podrá disfrutarse y sufrirse a la vez. Los tradicionales encierros que se dieron en las calles del viejo casco de la ciudad de Pamplona y las corridas en el coso Monumental volvieron a poner a la Fiesta ante los ojos del mundo. Lo apuntamos semanas atrás: si Sevilla encanta con su lujo, tradición y solera, y Madrid con su sentido crítico y universal, Pamplona es el show que invita a ver. Te guste o no, si pasa por tu mirada el encierro callejero o la voltereta de un torero, ya está que te detendrás.
Y así, menudo respeto que se merecen quienes apostaron para estar en los carteles de este San Fermín y terminaron en heroica gesta. Especialmente Rafael Rubio “Rafaelillo”, con ocho costillas fracturadas por un toro de José Escolar, ganadería de las llamadas duras y que fue reconocida como la que mandó el mejor encierro (lo lidiaron igual Juan Castilla, con fuertes golpes, y Fernando Robleño).
Y estos sanfermines tuvieron de todo. Desde la posibilidad de ver triunfar, en una tarde de arrebato fenomenal, a Morante de la Puebla; el sufrimiento de la terna con los “escolares” y el gran toro que fue “Lioso”, de Cebada Gago que lidió Pepe Moral, así como el arte de Pablo Aguado ante “Histórico”, de Jandilla.
Lo que más apreciamos los taurinos, no hay duda, es que el toreo, en España, sigue tan campante, sólido, generando fiesta, economía alta, manteniendo el antiguo ritual por el que fue creado: un hombre enfrentándose al toro, jugándose la vida.
